🔴 Música, poesía futurista y deriva pop para una clase.
🔊 Intonarumori (L. Russolo) + F. Marinetti + KRFTWRK
🎧 [ITALIANI] Luigi Russolo, compositor, escritor y pintor que formó parte del Futurismo (la primera vanguardia que llegó a la primera plana de un diario, Le Figaro, en 1909), creo los INTONARUMORI, unos instrumentos musicales que tocaban ruido. Su ensayo "El arte de los ruidos" fue algo así como el manifiesto musical del futurismo. Lo primero que se escucha en el audio (y lo último) es el sonido producido por uno de esos nuevos instrumentos. A continuación, se escucha al "vocinglero" Marinetti leyendo el poema "El bombardeo a Adrianópolis" (1912) [TURQUI], un poema que busca dar cuenta del sonido en los campos de batalla. El libro jugaba con la distribución de las palabras en el papel, pero es la lectura de Marinetti lo que pone en voz los propósitos del futurismo. Marinetti se hará fascista, y maldecirá a DADA, una deriva hermosa de sus ideas. Del trabajo de Russolo se desprende el interés por el sonido como materia, lo que conducirá a la música electrónica y, mutatis mutandis, al synth pop. La coincidencia entre las onomatopeyas bélicas de Marinetti y las de Kraftwerk [TEDESCHI] no son meras coincidencias.
Hay
un video en YouTube. Se
trata de un ensayo del director Carlos Kleiber con la Orquesta
Sinfónica de la Radio de Stuttgart. Ensayan la obertura de Die
Fledermaus (Il
pipistrello en
italiano).
El video es una maravilla. Es
el registrode
uno de los más grandes directores que haya habido (completamente
renuente a las entrevistas),
trabajando con
una orquesta: asistimos
a la elaboración del
material musical ydel
estilo de una
lectura:
“menos pesado –pide
Kleiber– debe
sonar siempre ligero, transparente,
suave”. La
obertura es
hermosa,
y
hoy se escucha como el sonido de la Austria-Hungría literaria, de
sus
valses precipitándose al vacío.
Uno
no puede ver este
documento de los años ‘70 sin
que se le adhieran vivencias personales e imaginarias, pero que siempre se fuga hacia otra parte,
y
que
el azar quiso que fueran en italiano los subtítulos que acompañan
la clara dicción alemana de Kleiber, sumándole capas
musicales-verbales a la construcción musical. Kleiber
busca la clave de la obertura en la superficie, varias veces se
refiere a la piel, al toque suave, a
la apariencia, a
un
stimmung comediante (komödiantische):
“baila con gracia”; trabajaen
los staccaticon
precisión, como si se tratase de pasajes (micro) contrapuntísticos
–esa
claridad que exploraría la otra Escuela de Viena al producir obras
“claras” como Lulu,
de Alban Berg–; llama
la atención sobre los vibratos
y el ataque, los cambios de ánimo del drama fingido.
Kleiber,
Viena, Lulú: todo
esto, nada
menos,
lo aprendimos de Federico Monjeau. El nombre Lulú
fue el que él había elegido para su revista, casi como unashibbolet,
una inflexión americana de la música vienesa que se
expresaba
en esa tilde. Su
escucha atenta estaba siempre alerta a las tildes, a
la
pausa, al
silencio y
otras
“zozobras”
de la música. Monjeau
dedicó
una serie
de sus muchísimas y hermosas “Notas de
paso”, publicadas en el suplemento
“Extra-Show” (o algo así) del
diario Clarín
(hizo algún chiste con eso),
al
“Enigma Carlos
Kleiber”.
Lo
hizo con el pulso de una historia digna de Joseph Roth o Edgardo
Cozarinsky: el exilio, los enigmas de las huellas vitales,
los
destinos errantes. La
ligereza que busca Kleiber en la obertura de J. Strauss II es,
ciertamente, inalcanzable, destaca Monjeau.
Esta
intersección entre una vida y la música, que Monjeau desarrolla con
enorme talento crítico, por ejemplo, cuando establece una relación
entre el (lindo) cuerpo de Kleiber y su característico legato, que entiendo como una inflexión más del rhytmós que plantea Barthes (en Cómo
vivir juntos):
el paso de una vida que, en el caso de Kleiber, podemos apreciar en el
extraordinario video y que se traducía en una interpretación musical, en una forma distintiva.
Federico
Monjeau fue un gran crítico y maestro. Su análisis de Erlköning
de Schubert (incluido
en el imprescindible La
invención musical)
es
una lección de escucha y
pedagogía, y
plantea
una pregunta que es central, por lo menos para mí: “¿música y
poesía forman parte de un mismo sistema estético?” No importa
tanto la respuesta (es
inimportante, realmente)
como los posibles ensayos que motiva (mimetismo,
alegoría, metáfora).
No por nada, Gonzalo Rojas escribió aquello de que “las sílabas
saben más que la música”, y
Monjeau, de solidísima formación musical, buscó en la literatura,
en la poesía, aquello que la música no podía expresar pero
que
sí decía,
invirtiendo el lugar común.
Uno
de sus pasajes preferidos de la
Recherche, de A la sombra de las muchachas en flor,
en la que el narrador ve (“se le aparecen”) tres árboles en
medio del camino durante un paseo en coche por Balbec, y “siente
ante ellos la existencia de un objeto conocido pero vago. ¿En dónde
los había visto ya?”: ¿…
venían de unos años muy remotos, eran lo único que sobrenadaba de
mi primera infancia, eran imagen recién desprendida de un sueño de
la noche anterior, o quizás no los había visto nunca y ocultaban
tras su realidad una significación oscura?…
“El narrador –escribe Monjeau– no puede responder esas
preguntas , y entonces ve cómo los árboles se alejan, agitando los
brazos, como si dijeran: ‘Lo que tú no aprendas hoy de nosotros
nunca lo podrás saber. Si nos dejas caer en el camino ese de cuyo
fondo queríamos izarnos a tu altura, toda una parte de ti mismo que
nosotros te llevábamos volverá para siempre a la nada’. Eso
pronunciarían los tres árboles si les fuera dada la palabra”.
Proust,
queasocia
a
la frase de Vinteuil “con los árboles parlantes –un motivo de
cuento maravilloso– descorre una metáfora esencial: la música
remite a una suerte de momento lingüístico de la naturaleza, una
especie de lenguaje mudo, sin palabras. ‘La música es como una
posibilidad que no se ha realizado; la humanidad ha tomado otros
caminos, el del lenguaje hablado y escrito’”. Ese "resto mudo" encuentra lugar en la poesía.
Podría
seguir las derivas
de las lecturas y escuchas de Federico Monjeau, un
particular lector de la teoría estética de Adorno (habría que estudiar qué cosas y de qué manera tomaba esta teoría y cómo la incporporaba en su crítica).
Cursando con él, leí por primera vez La
filosofía de la Nueva Música y fui corriendo con la noticia a mis compañeros/as de Siglo 20, que, por supuesto, conocían bien y por cuyo hegelianismo sentían muy poca simpatía, estremecido ante el
epígrafe con que comienza (y hoy lo
leo con un poco de gracia, sin parecermetan
adecuado
para pensar la música) y que reza: “Pero
en el arte no tenemos que ver con un juguete meramente agradable,
sino con un despliegue de la verdad”. Criticaba las conclusiones de
“Stravinsky y la restauración”, a la que calificaba de “un
brillante análisis con conclusiones completamente erradas”. Leía
en las clases fragmentos de la Teoría Estética, y lo seguíamos en
las lecturas. Cada tanto, levantaba la cabeza y hacía algún
comentario muy iluminador (“epifanías” los llamó Laura Novoa,
Ayudante de Prácticos en Estética Musical y amiga de Monjeau).
La
invención musical
es un libro producto de las lecturas críticas de Adorno y que nos enseña a escuchar los avatares del “progreso”
musical y que, siempre cerca de la Segunda Escuela de Viena, pero con
una perspectiva más abarcadora, pone constantemente en tensión esa
idea.
De
sus clases, recuerdo que no le gustaba Boulez ("sus obras tienen
siempre la misma forma") ni Golijov (muy en boga aquellos años: una vez, puso en un grabador una obra, a los tres minutos adelantó,
después, lo paró y dijo: "bueno, y es todo así"). Le
encantaba Kagel.
Su
segundo libro, Un
viaje en círculos. Sobre óperas, cuartetos y finales
es un recorrido sobre esos momentos en los que la vida y la música
se tocan, sea en una película de Jean-Marie Straub y Danièle
Huillet basada en Moses
und Aron
de Schoenberg (en ese primer capítulo del libro, Monjeau no asume
directamente el análisis de la ópera, sino que se va acercando a
ella a partir de los problemas de la representación musical
que
el film, valga lo redundante, pone en escena), como en la experiencia
de escucha del célebre cuarteto de Morton Feldman o de las
inscripciones mínimas en una partitura. También, Un
viaje en círculos,
a diferencia, en cierta medida, del analítico La
invención musical,
tiene algo de “diario musical” de una vida, cuyo andar era la
tradición musical de América y Viena (la ciudad de Schoenberg),
y cuya dicción estaría dada por el nombre Lulú,
que tanto se relaciona como se distancia de su referencia, tan
universal en su pronunciación como particular en su escritura.
Escuchar música y leer sobre música con Federico Monjeau es una experiencia que podremos conservar de sus libros (la editorial Gourmet Musical editará un libro de conversaciones con el compositor Francisco Kröpfl), sus notas y, también, algunos videos. Y es ahora una experiencia que se nos ha escapado. Su muerte nos deja irremediablemente tristes.
A la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil les muestro siempre mi rostro malo y duro, y no merecen otro mejor. Piensan entonces que soy un vigilante y policía de paisano, encargado por elevadas autoridades y organismos de vigilar a los conductores, tomar el número de los vehículos y denunciarlos después. Siempre miro sombrío a las ruedas, al conjunto, y nunca a los ocupantes, a los que desprecio, en modo alguno de forma personal, sino por puro principio; porque no comprendo ni comprenderé nunca que pueda ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos que muestra nuestra hermosa Tierra, como si uno se hubiera vuelto loco y tuviera que correr para no desesperarse miserablemente. De hecho, amo el reposo y todo lo que reposa. Amo el ahorro y la moderación y soy contrario en el nombre de Dios en lo más hondo de mi ser a toda prisa y atosigamiento. No tengo que decir más que lo que es verdad. Y seguro que por estas palabras no dejará de haber automóviles, con ese mal olor que echa a perder el aire, y que sin duda nadie estima y quiere especialmente. Sería antinatural que la nariz de alguien amara y aspirase con alegría lo que para cualquier nariz humana como es debido es a veces, según quizá el humor de que se esté, irritante y aborrecible. Basta, y no lo tome usted a mal. Y ahora a seguir paseando.
Es divinamente hermoso y bueno, sencillo y antiquísimo, ir a pie.
Suponiendo que zapatos y botas estén en condiciones.
En un bloc de notas en el teléfono estoy escribiendo una suerte de diario dedicado a un asunto personal que me afecta bastante, pero que es perfectamente intrascendente para el resto del mundo. Lo hago porque me sirve poner algunas cosas en palabras con sinceridad y, también, porque (no es para nada mi primera intención, sin embargo, dedicándome a escribir "a la manera literaria", como dice una de las frases escuchadas en mi trabajo, mi triste trabajo...), espero, secretamente, que algo suceda en un sentido poético. De todas maneras, insisto, se trata de notas catárticas, un acompañamiento escritamente personal, confiado en el devenir de la escritura como "confesión" o algo parecido.
*
Durante la pandemia, también, me dediqué al estudio del judaísmo. Una "teología minimalista" como escuché decir por ahí que me resulta muy atractiva, aunque debo conceder (para no repetir "confesar") que mi aproximación al judaísmo viene mediada por la constante lectura en ambientes universitarios de Walter Benjamin, por supuesto, y ultimamente, por pensadores como Franz Rosenzweig. Me siento errante y un poco peregrino: pescador en Galilea, comerciante por las estepas del Asia Central, poeta en Austria-Hungría y Tucumán, puras construcciones de mi imaginación que siempre me lleva de aquí para allá. He jurado por los evangelios, alguna vez. Fui sincero entonces. Lo soy ahora. Aquel juramento fue una toma de posición teológica que se tocaba con mi niñez, cuando leí una y otra vez las historias sagradas hebreas, y los evangelios, por supuesto: en mi cabeza (en mi corazón), jurar por los evangelios fue jurar por las escrituras que los prefiguraron (en la visión de los padres de la Iglesia, la que retomaba Erich Auerbach en Figura). Conté que al hacerlo me sentía como si mis palabras me llevaran hasta Góngora, un cristiano nuevo. Ahora estudio fiestas, historia, leo las parashiot (las porciones diarias de la Torá), canto Salmos, y me manejo con cierta ética basada en los preceptos: soy judí de sangres crísticas.
*
Pero ha muerto Maradona. En mi adolescencia, plena adolescencia, "cosa grácil, visible por penumbra y reflejo", viví el Mundial 86, yo amaba al fútbol (que había descubierto recién a los once años), iba a la cancha de Independiente en Avellaneda: Diego era uno de mis héroes, y creo que mi primera experiencia con la belleza del (des)equilibrio fue con sus jugadas. Cuando él fue a Napoles, mi imaginación se iluminó de la luz mediterránea y el poder ctónico de esa ciudad, cuya deriva llegó, gracias a participar de la cátedra Siglo 20, hasta escribir un pequeño texto que quedó inédito sobre castratos, sirenas, y una novela de César Aira, y a tener una conversación con un amigo durante una noche de música barroca, que fue publicada en un diario. Frente a esa ciudad, que no conozco, nació mi abuelo Aniello ("Daniel", en Argentina). No pude escribir mucho sobre él, no sé qué podría decir. Me alegra haber podido escribir sobre estos temas, que parecen lejanos, en principio, pero que están claramente en sintonía.
Las Noches, el Talmud, el Ultraísmo, la copla andaluza, los Salmos, la traducción, Goethe, los rusos, el versículo, Juliano "El apóstata", cierta lucidez moderna y muy antigua, metaforismo, Sevilla, Madrid, América...
*
MUY MODERNO Y MUY ANTIGUO
"Dunyasad, quieta y callada, junto a su hermana Schahrasad, la habladora, subraya precisamente el poder sugestivo del silencio, de los márgenes en los libros, de los largos espacios blancos en los poemas".
(Mallarme & Las mil y una noches)
*
LENGUA SEVILLANA
Según algunos críticos (catalanes), la traducción de Las Noches hecha por Cansinos era muy imperfecta. Sin embargo, nos regala una lengua que llamaremos sevillana, tocada por la dulzura y dureza de una musicalidad peregrina, poseedora de muchos matices y tonalidades que nos encanta con sus sonidos de (tal vez) imperfecto mudéjar.
*
PROMESAS
Adorno escribió muchas cosas. Nada como la frase que cierra su "Ensayo sobre Wagner" (1937/38): "Podría, aunque fuera débil y desfiguradamente, significar una ayuda para los desamparados y ofrecer de nuevo la antigua protesta de la música: la promesa de una vida sin angustia".
Gracias, Daniel Link por la invitación a coordinar el dossier.
15 jun 2020
Anoche, cuando Eloísa se quedó dormida, miré hacia oriente y, de pie, repetí unas palabras milenarias. No sé si fue un rezo, fui sincero y leí con atención lo que estaba escrito en un archivo del teléfono. Al acostarme, leí, también del teléfono, una propuesta del teatro La Fenice: escuchar, registrar y reproducir los sonidos de la noche. Me gustan los ritos, los movimientos rituales, las formas de vida.
Una parte de mi infancia, la viví alrededor de una iglesia protestante. Se trataba de una pequeña comunidad cristiana, de inspiración bautista, con cierta tendencia "puritana" (lo "puritano" que se pudiera ser en un barrio del conurbano bonaerense). Con el paso del tiempo, las cosas fueron mutando hacia las formas de las llamadas iglesias evangélicas pentecostales, movimientos carismáticos, rituales cada vez más nuevos, una cosa que nunca me terminó de agradar: a los 15 años, finalmente, dejé de ir. Recuerdo los domingos a la mañana y a la tarde -mucho aburrimiento en largas reuniones- y, lo mejor: la lectura de La Biblia, además de los cuatro evangelistas, Hechos y un poco de las cartas paulinas, sobresalía la lectura del Antiguo Testamento: las aventuras del rey David en primer lugar, Ezequiel y el carro de fuego, los Salmos ("si me olvidare de ti, oh Jerusalén..."), la pelea de Jacob y el ángel, Moisés (me impresionó que no pudiera entrar a la tierra prometida), la zarza ardiente, las plagas (las pestes de Egipto), el mar Rojo y el desierto, Abraham y su hijo Isaac, la risa de Sara ante la promesa (que reencontraría mucho tiempo después en el hermoso El rosa Tiepolo, de Roberto Calasso). Leía las interminables genealogías, buscaba los nombres más raros de los reyes de Israel: todo el mundo resonaba para mí desde aquella porción de tierra en el Mediterráneo oriental. Hago el recuento de memoria, sin buscar, sin un orden cronológico: recuerdo también a Absalón, que encontró la muerte al enredarse su largo cabello en un árbol, muerto por la espada de un capitán del ejército de su padre, otra vez, el rey David, las murallas de Jericó (que, creo, de una u otra manera ha afectado a mi relación con la música), la hija de Jefté, víctima de una promesa de su padre (motivo que permanecerá en el folklore de todo el mundo), Daniel y sus amigos en el horno babilónico, Jonás debajo del ricino esperando la destrucción de Nínive, que no ocurrirá, las lamentaciones de Jeremías, la historia de Rut, que buscaba alimento en los campos segados, las pruebas de Job, libro antiquísimo, con la escena del diablo frente al Creador, la creación (las dos historias de la creación), por supuesto, la historia de Babel y la confusión de las lenguas -más un don que un castigo-. Pasaron muchos años desde entonces, ahora, ya adulto, empecé a leer La estrella de la redención, de Franz Rosenzweig, de manera más o menos metódica: las historias y las poesías bíblicas resuenan nuevamente. Se abre un camino nuevo que, creo, sé a dónde me lleva: empezaré a estudiar.
Le conté a Luciano Azzigotti que soñé que me visitaba Oscar Strasnoy. En la luneta de su pequeño auto, un modelo italiano de los años '70, yo le dejaba de regalo una nueva traducción del segundo tomo de la Reserche: A la sombra de las muchachas en flor, el volumen de la novela de Proust en el que hacen su aparición Albertine y sus amigas ("una cuadrilla de muchachas", en la traducción de Salinas) en el balneario de Balbec. ¡Ah!, cuántas cosas se han dicho de esa aparición llena de vitalidad, gracia y displicencia adolescente -pajarillas en la rambla-, muchísimo se han referido, de una u otra manera a ellas: desde Adorno (algo así como que "las muchachas de Balbec son las niñas en flor de Parsifal", no encuentro la cita), hasta Tiqqun y su teoría de la jovencita. El narrador queda prendido de ellas y sólo desea llegar al hard-kore de la aparición nínfica, que sabe imposible, y que compromete al mismo tiempo, en una suerte de rubatto temporal que toca (o que provoca, claro: la transformación es inmanente) la escritura con el paso robado -el ryhtmos-de las jeunes filles; es también la aparición de las chicas súper sanas y esbeltas en lo que hasta entonces eran paseos familiares costeños (así de moderna es la novela):
Por un momento, cuando pasé junto a la muchacha carrilluda que iba empujando la bicicleta, mis miradas se cruzaron con las suyas, oblicuas y risueñas, que salían de ese fondo inhumano en que se desarrollaba la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita a la que no llegaría yo nunca...
-No, no -me retaba Strasnoy-: te estás yendo, otra vez, por las ramas, estás escribiendo el libreto de una ópera sobre Kore, la idea de Azzigotti está bien, concentrate.
Estábamos en Napule (en cuyas costas, murió ahogada una sirena, cuna del canto castrato), mientras la pandemia arreciaba.
Ahí, junto al camino, hay un tilo,
¡y ahí por vez primera encontré el descanso en el sueño!
Bajo el tilo,
y sus flores sobre mí.
¡No supe cómo la vida continuaba,
y todo estaba bien otra vez!
¡Todo! ¡Todo, el amor y la tristeza
y el mundo y el sueño!
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aún ahí me alcanzo a ver
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hoy 23 de febrero participaremos con los amigos Pablo Magne ( visuales) y
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