Salvación y memoria (un capricho)
Mientras caminaba, estuve pensando en mi historia familiar. Como
siempre: se trata más de los retazos de memoria con los que uno cuenta (y se
cuenta). Me preguntaba sobre la historia espiritual de mi familia más cercana.
Yo fui, y aún lo sigo siendo, aunque ya tan adulto todo está matizado y no me
puedo dar el lujo impertinente de “salirme por una tangente”, lo que se llama un "rebelde". Esa
actitud hizo que de muy joven me alejara de la enseñanza protestante que había
recibido. Mi mamá y mi papá eran cristianos bautistas, una de las tantas
iglesias protestantes que comenzaron a crecer, desde los años ´50, por lo menos en Argentina. En los ’70, cuando yo
nací, participaban activamente de la vida de la pequeña iglesia que estaba en
los suburbios de los suburbios, aunque ahora es un barrio de clase media
bastante promedio. Se llamaba al barrio “Cuatro vientos”, dando a entender que
quedaba tan lejos de cualquier centro que era el lugar donde se juntaban los
vientos. En esa pequeña iglesia pasé mi primera infancia. A los trece años, empecé
a alejarme; hasta romper definitivamente a los quince años, más o menos. Hasta
unos quince años después, la religión fue muy poco importante en mi vida. Luego,
como dice Dalí, me hice católico por la gracia divina, y aquí estoy. Soy
profesor de literatura, poeta, melómano profesional y activo –me interesan
todas las formas en las que la música está presente en la vida–, etc. Hace
poco, en mi trabajo principal, ocurrió una desarticulación de proyectos que
veníamos llevando adelante desde hace, por lo menos, veinte años; proyectos que
coordiné durante unos catorce. Éramos un equipo pequeño pero muy comprometido,
trabajábamos con alumnos y docentes haciendo talleres de literatura. La
relación entre la escuela y la literatura es compleja, pero no imposible en
absoluto. Dejo eso para otra de estas entradas… Pasó mucho, en el interior del
equipo y, sobre todo, en la gestión, incapaz de imaginar cómo articular nuestro
trabajo –hicimos muchas propuestas al respecto– con sus nuevos lineamientos en
los que, mutatis mutandi, podríamos haber sido considerados más allá de “recursos
disponibles”. En fin, esta situación laboral me puso reflexivo… y hoy, mientras
caminaba, me puse a repasar qué relaciones espirituales regían mi vida
familiar. Soy nieto de un abuelo napolitano, de la isla de Ischia, un hombre
duro, con poquísima educación, marinero que llegó a Argentina hace cien años,
se estableció primero en Pompeya (el barrio Nueva Pompeya) y que se dedicó a la
venta de verduras en el Mercado del Abasto; allí nacieron sus dos primeras
hijas, mi madre y su primera hermana. Luego, no sé bien de qué manera, llegaron
a ese rincón apartado de Adrogué, donde en aquel entonces, la mayoría de las
calles eran de tierra a poner un negocio (mi abuela me contaba que les dejaban
la mercadería para el almacén a unas cuatro cuadras y allí iban a buscarla). Mi
abuelo era un hombre duro, insisto, pero que me amaba: para mí, que siempre
tuve una tendencia a la ensoñación –condición primera de la rebeldía supongo–,
era lo que promete el mar, los viajes, las huertas, los patios con parras, los
quinotos, lo que después sería para mí la poesía y la literatura. Nacido
enfrente de la Madre Barroca (Nápoles, como me dijo hace poco D.B.), él me
transmitió el amor por el sol y la música. Sé que una vez, al menos eso decía
mi mamá, un cura no lo dejó entrar a la Chiessa del Soccorso, allá en Forio,
Ischia, Nápoles, y él se enojó tanto que prometió no volver a pisar una iglesia…
¡Y cumplió! Así mi madre no fue a ninguna iglesia católica y comenzó a
participar de las actividades de la iglesia protestante que estaba a unas tres
casas de la casa y almacén de mi abuelo. Después nacieron un hijo y una hija
más. Para mi abuelo, el pequeño varón lo era todo y siempre fue su orgullo,
poniendo a sus hermanas en función del pequeño. Mi mamá y una hermana se
hicieron evangelistas, mientras que mi otra tía y mi tío se hicieron católicos.
Sin que mi abuelo se opusiera a una cosa ni a la otra: a él no le importaba,
mientras no tuviera que entrar a ningún templo. Mi abuela era hija de asturianos,
nacida ya en Argentina. Cuando mi abuelo murió, empezó a ir un poco a la
iglesia católica y otro poco a la protestante. Finalmente, los evangelistas son
más intensos, participó varios años de las actividades de la iglesia
protestante. De parte de mi padre, sé bastante menos, porque a mi papá no le
interesaba recorrer parentescos, ni ramas familiares, nada. Él no conoció la
iglesia católica porque de chico, parte de su familia vivía al lado de ese
templo bautista, rápidamente empezó a participar de esa comunidad. Su padre, mi
abuelo que no conocí, lo abandonó de muy chico, junto a un hermano y una
hermana, a cargo de mi abuela. Esa rama familiar era la fuertemente
protestante, mi tío se hizo pastor, se fue a vivir a Córdoba, mi tía amaba a
Jesús y al Rey David, le encantaban los Salmos. El tiempo se fue llevando a
muchos de ellos, a otros los dejé de ver. Mi mamá no entiende nada del
catolicismo y prefiere hacer de cuenta que ese elefante blanco no está en la
habitación cuando nos vemos. Qué ridículo, hoy estuve pensando en su salvación:
en las de todos y todas que brevísimamente nombré. ¿Cómo sería, sería posible?
Y si no ocurriera, cosa que creo que no va a suceder, qué pasaría con ellos? No
tengo una respuesta. En este repaso encontré algunos fragmentos de mí en todas
ellas y ellos. Por eso empecé hablando de la memoria… No conté cosas dolorosas
porque quiero que estas palabras sean de gratitud. En las calles de esos días,
en la imaginación entre los árboles, en la gran higuera que había en el fondo
de la casa de mi abuela, el gallinero y los helechos que en primavera aún tenían
gotas de roció, en las noches estrelladas y el olor de la cocina hay cosas que
me salvan, diría que amor, y eso me hace pensar en la poesía. Seguí otro camino
que el de mi familia, en principio. Cuando me recibí hice un juramente que,
para mí, fue el intento de unir estas vidas y la mía.
Hace pocos días, terminé de dictar un curso de
posgrado en la Untref, curso que me resulta desafiante pero que amo hacer (es
una deriva de mi trabajo y amistad con la cátedra Siglo XX de la UBA, que me
cambió la vida) y para cerrar, además de realizar una obra de Yoko Ono (Lighting piece), leí un texto de Agamben,
cuyo final cito aquí para cerrar este pequeño texto, porque refelxiona sobre
otras cuestiones pero en su bucle final, sí, se parece a este capricho que estuve pensando:
Recuerdo que Ingeborg Bachmann me dijo una vez que no era capaz de ir con el carnicero y decirle: “Deme un kilo de bistec”. No creo que signifique que el lenguaje de la poesía es un lenguaje más puro, que se encuentra más allá de la lengua que usamos con el carnicero o para otros usos cotidianos. Creo más bien que el lenguaje de la poesía es eso indestructible que sobrevive y resiste a toda manipulación y a toda corrupción, la lengua que sobrevive incluso después del uso que hacemos de ella en los SMS y en los tweets, la lengua que puede ser infinitamente destruida y que sin embargo permanece, del mismo modo como alguien escribió que el hombre es indestructible porque puede ser infinitamente aniquilado. Esta lengua que queda, este lenguaje de la poesía ―que es también, creo, el lenguaje de la filosofía― tiene que ver con lo que, en el habla, no se dice, pero llama. Quiero decir, con su nombre. La poesía y el pensamiento atraviesan la lengua en dirección al nombre a través de ese elemento del habla que no conversa ni informa, que no dice nada acerca de algo, sino que nombra y llama. Un breve texto de Italo Calvino, que usó para dedicarlo a sus amigos como su “testamento espiritual”, cierra con una serie de frases cortas y casi jadeantes: “tema de la memoria ― memoria perdida ― el conservar y perder lo que se ha escapado ― lo que no se ha tenido ― lo que se tuvo con retraso ― lo que cargamos a espaldas ― lo que no nos pertenece…”. Creo que el lenguaje de la poesía, la lengua que permanece y llama, atrae precisamente a lo que se pierde. Ustedes saben que, tanto en lo personal como en lo colectivo, existen una gran cantidad de cosas que se pierden, esa acumulación de cosas efímeras, acontecimientos imperceptibles que olvidamos todos los días y que están tan extintos, que ningún archivo ni memoria podrían contenerlos. Lo que queda, esa parte de la lengua y de la vida que salvamos de la ruina, sólo cobra sentido si mantiene una relación íntima con lo perdido, si permanece de alguna manera por él mismo, si lo llamamos por su nombre y responde por su nombre. El lenguaje de la poesía, la lengua que nos queda, es apreciada y hermosa porque llama a lo que se pierde. Porque lo que se pierde es de Dios.

















































