15 jun. 2020

Anoche, cuando Eloísa se quedó dormida, miré hacia oriente y, de pie, repetí unas palabras milenarias. No sé si fue un rezo, fui sincero y leí con atención lo que estaba escrito en un archivo del teléfono. Al acostarme, leí, también del teléfono, una propuesta del teatro La Fenice: escuchar, registrar y reproducir los sonidos de la noche. Me gustan los ritos, los movimientos rituales, las formas de vida.

24 may. 2020

Recuerdos de la religión

Una parte de mi infancia, la viví alrededor de una iglesia protestante. Se trataba de una pequeña comunidad cristiana, de inspiración bautista, con cierta tendencia "puritana" (lo "puritano" que se pudiera ser en un barrio del conurbano bonaerense). Con el paso del tiempo, las cosas fueron mutando hacia las formas de las llamadas iglesias evangélicas pentecostales, movimientos carismáticos, rituales cada vez más nuevos, una cosa que nunca me terminó de agradar: a los 15 años, finalmente, dejé de ir. Recuerdo los domingos a la mañana y a la tarde -mucho aburrimiento en largas reuniones- y, lo mejor: la lectura de La Biblia, además de los cuatro evangelistas, Hechos y un poco de las cartas paulinas, sobresalía la lectura del Antiguo Testamento: las aventuras del rey David en primer lugar, Ezequiel y el carro de fuego, los Salmos ("si me olvidare de ti, oh Jerusalén..."), la pelea de Jacob y el ángel, Moisés (me impresionó que no pudiera entrar a la tierra prometida), la zarza ardiente, las plagas (las pestes de Egipto), el mar Rojo y el desierto, Abraham y su hijo Isaac, la risa de Sara ante la promesa (que reencontraría mucho tiempo después en el hermoso El rosa Tiepolo, de Roberto Calasso). Leía las interminables genealogías, buscaba los nombres más raros de los reyes de Israel: todo el mundo resonaba para mí desde aquella porción de tierra en el Mediterráneo oriental. Hago el recuento de memoria, sin buscar, sin un orden cronológico: recuerdo también a Absalón, que encontró la muerte al enredarse su largo cabello en un árbol, muerto por la espada de un capitán del ejército de su padre, otra vez, el rey David, las murallas de Jericó (que, creo, de una u otra manera ha afectado a mi relación con la música), la hija de Jefté, víctima de una promesa de su padre (motivo que permanecerá en el folklore de todo el mundo), Daniel y sus amigos en el horno babilónico, Jonás debajo del ricino esperando la destrucción de Nínive, que no ocurrirá, las lamentaciones de Jeremías, la historia de Rut, que buscaba alimento en los campos segados, las pruebas de Job, libro antiquísimo, con la escena del diablo frente al Creador, la creación (las dos historias de la creación), por supuesto, la historia de Babel y la confusión de las lenguas -más un don que un castigo-. Pasaron muchos años desde entonces, ahora, ya adulto, empecé a leer La estrella de la redención, de Franz Rosenzweig, de manera más o menos metódica: las historias y las poesías bíblicas resuenan nuevamente. Se abre un camino  nuevo que, creo, sé a dónde me lleva: empezaré a estudiar.

16 may. 2020

Un sueño con dos músicos

Le conté a Luciano Azzigotti que soñé que me visitaba Oscar Strasnoy. En la luneta de su pequeño auto, un modelo italiano de los años '70, yo le dejaba de regalo una nueva traducción del segundo tomo de la Reserche: A la sombra de las muchachas en flor, el volumen de la novela de Proust en el que hacen su aparición Albertine y sus amigas ("una cuadrilla de muchachas", en la traducción de Salinas) en el balneario de Balbec. ¡Ah!, cuántas cosas se han dicho de esa aparición llena de vitalidad, gracia y displicencia adolescente -pajarillas en la rambla-, muchísimo se han referido, de una u otra manera a ellas: desde Adorno (algo así como que "las muchachas de Balbec son las niñas en flor de Parsifal", no encuentro la cita), hasta Tiqqun y su teoría de la jovencita. El narrador queda prendido de ellas y sólo desea llegar al hard-kore de la aparición nínfica, que sabe imposible, y que compromete al mismo tiempo, en una suerte de rubatto temporal que toca (o que provoca, claro: la transformación es inmanente) la escritura con el paso robado -el ryhtmos- de las jeunes filles; es también  la aparición de las chicas súper sanas y esbeltas en lo que hasta entonces eran paseos familiares costeños (así de moderna es la novela):

Por un momento, cuando pasé junto a la muchacha carrilluda que iba empujando la bicicleta, mis miradas se cruzaron con las suyas, oblicuas y risueñas, que salían de ese fondo inhumano en que se desarrollaba la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita a la que no llegaría yo nunca...
-No, no -me retaba Strasnoy-: te estás yendo, otra vez, por las ramas, estás escribiendo el libreto de una ópera sobre Kore, la idea de Azzigotti está bien, concentrate.
Estábamos en Napule (en cuyas costas, murió ahogada una sirena, cuna del canto castrato), mientras la pandemia arreciaba.

10 may. 2020

A Duck in a Tree, by :zoviet*france:

https://zovietfrance.podbean.com/ - Podcasts de una hora de música seleccionada por el extraordinario dúo de música electrónica.


9 may. 2020

15 abr. 2020

Lieder eine fahrenden Gesellen IV



Ahí, junto al camino, hay un tilo,
¡y ahí por vez primera encontré el descanso en el sueño!
Bajo el tilo,
y sus flores sobre mí.
¡No supe cómo la vida continuaba,
y todo estaba bien otra vez!
¡Todo! ¡Todo, el amor y la tristeza
y el mundo y el sueño!


10 abr. 2020

Beethoven Virus – Daniel Barenboim plays Beethoven's Diabelli Variations





Hay un poema de Natalia Fortuny que se llama Beethoven Virus. Este año, "funesto bisiesto" como declaró DL en el ya lejísimo comienzo del 2020, era (¿es?) también el Año Beethoven, al conmemorarse el 250° aniversario del nacimiento del músico.

26 mar. 2020

Almuerzo

Me acosté un día, durante el almuerzo, en el pasto, debajo de un manzano.

Robert Walser

25 mar. 2020

IV - Luis Cernuda

Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Perder placer es triste,
como la dulce lámpara sobre el lento nocturno,
aquel fui, aquel fui, aquel he sido;
era la ignorancia mi sombra.

Ni gozo, ni pena: fui niño
prisionero entre muros cambiantes;
historias como cuerpos, cristales como cielos,
sueño luego, un sueño más alto que la vida.

Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos,
las hallará vacías, como en la adolescencia
ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

13 mar. 2020

#49

Judío de Alejandría. Luterano en Roma.

5 mar. 2020

MORO (poema autobiográfico, una versión)

Una avispa roja, urticante y tensa-una lanza,
espera que la tarde del verano le deje una araña,
mientras el chico la vigila, la avispa se mueve por las hojas de parra,
y las uvas maduras
caen como gotas de sangre morada
entre las luces puntillosas del sol en el suelo,
una fuente dulce y herida de animales alertas, ¿recuerdas?


los soldados de la palabra pasaban por la puerta y predicaban algo que parecía la Doctrina,
pero no era la misma cosa,
la religión universal ha hecho de los hombres, de los varones y las mujeres,
de nuestros amigos que se vestían con túnicas y pintaban sus labios —¿los recuerdas?—:
todos son hermanos,
hermanas,  esas coordenadas difusas de aguijones
y dulces agrios se han ido transformando
en otra cosa, y la palabra de esos soldados locos


*


valiente y piadosa, la muchacha de la ballesta en la película kazaja,
ella, la muchacha kazaja con una ballesta aparece muchos años después
en la extraña luz del verano, las hojas de la higuera y las avispas que la predecían,
las guirnaldas de la tardecita eran esa imagen,
que imaginaríamos,
cuando leímos los guiones de películas rusas:


*


qué vida, qué luz, qué animal herido la memoria,
la muchacha kazaja y su ballesta: ícono de las juanas encendidas de pasión,
con los muslos hechos un carbón ardiente y la lengua picante
entre las lanzas del mañana, el polen que despertaba los fusiles del porvenir


… 
cuántas eran las luciérnagas (Lampyridae europea) que había en Roma
en el momento de la ejecución,
había grillos entre los fierros de la prisión escondida
en la ciudad romana donde Moro espera su sentencia mientras escribe cartas cifradas o no,
como si alguien fuera a recibir, en los pliegues de las palabras
otra palabra, indicio, señal o sobreimpresión que sea otra cosa, más palabras,
cartas clandestinas, cartas dictadas, cartas secretas a cielo abierto, códigos cifrados,
“viva la revolución” —en todas las lenguas del mundo—,


*


retumba la descarga en los capiteles romanos, en las tiendas de memorabilia,
en las paredes del cementerio acatólico, en las polleras de las señoritas turistas 
y resto de imágenes cinematográficas que viajan en moto,
retumba, es decir: no se oye,
solo hay un disparo, dos, tres… son muchos más,
parece que vinieran del otro lado del mundo:
disparos internacionales, ejecución de las mudas luciérnagas populares
y despavoridas por el impulso químico del abdomen,
gira el tambor, también gira la noche del 9 de mayo de 1978,


*


in girum imus nocte et consumimur igni,
gira la visión de las luciérnagas en el campito, a la hora en que cualquier pueblo,
en el momento en que se enciende el alumbrado, parece hermoso,
gira el molinete de entrada a las fábricas y ahora el cinturón fabril del sudeste asiático,
luce el río de la memoria su recodo y los escorzos,
los canales, las represas de llanura y las corrientes imperceptibles que apenas mueven la gramilla:


*


todo eso ve Moro y cierra los ojos para que desaparezca ese día,
en un movimiento astronómicamente inútil,
vimos muchas luciérnagas
eran como un bosquecito de fuego
dentro de un bosquecito de ramajes,
de pronto recuerda un día extraño, un día bochornoso de Pascua,
cuando vio por última vez (¿o no fue la última?) a un querido
amigo a quien había asustado con un cuchillo,
debajo de una glicina cargada de hongos y mariposas, 
era tarde y parecían santos (o tenían la actitud de los santos),
rieron y tomaron vino dulce entre moscas de la fruta
qué bella cosa pueden haber vivido los varones debajo de las ramas torcidas
del árbol que ya estaba tocada por la muerte,
y no les importaba el mundo alrededor de ellos


*


con el cuchillo abrió una incisión y todo el día se desangró
último —abre los ojos Moro— en el atardecer
cargado de hongos y mariposas y ramas moribundas y vino dulce


… 
toda la manzana está rodeada de policías, hay algunas luciérnagas en el pasto,
una tras otra en bucles de luz pequeña,
hay una pequeña música romana, un cantus firmus de los insectos
y un scherzo de ceniza y pólvora que hace picar los ojos,


*


è rapito, rapto y razón: el Estado caerá sobre la espalda de ese hombre que cierra los ojos,
un cuerpo extraño cae en la madrugada del parlamento,
fogonazos de pólvora, ardor de ojos cerrados, luces pequeñas en silencio,


*


al otro lado del mundo,
en una noche silenciosa, un chico ve pasar un grupo de luciérnagas
y un auto chilla como un enjambre de langostas,


*


restituite alla libertà, alla sua famiglia, alla vita civile l'onorevole Aldo Moro,
escribe Paulo VI,
cartas civiles, cartas públicas, cartas crueles,
las últimas cartas del humanismo:
e tutti dobbiamo temere Iddio vindice dei morti senza causa e senza colpa,
nos inclinamos como monjes cegados delante de las cartas,
de los cuerpos fotografiados en el centro de Roma, caídos


alguien lee el sintagma del Palacio en las cartas de la cárcel, 
otros, el sintagma de la barricada y de las grandes congestiones de tránsito,
escrituras apenas legibles en las grandes autopistas del capitalismo internacional,
las metáforas de pescadores pobres que navegan en un mar interior aceitoso y turbio,
mientras buscan la pesca del día, ahogadas en los bloques de cemento,
alguien lee las palabras a la luz del movimiento de las grandes masas (de peces, de personas)
y de los canales de televisión y radio,
refulgen las antenas del Vaticano al borde de la ruta,
un sol lentísimo en el atardecer entre los monoblocks,
las cartas ilegibles
bárbaras
cartas de prisioneros,
—”besos”— 
cenizas en el cielo, cenizas en la tierra,
y el sintagma de la pesca interminable, de hombres en las barcas, traídas y llevadas
por la marea de los ejércitos,
un palacio apenas legible entre las autopistas que alguien navega, en las grandes masas,
mientras un sol lentísimo cae,
las cartas de prisioneros, besadas antes de dejarlas en manos de sus guardianes
que abren y cierran las puerta de las cárceles improvisadas en primavera


la muerte civil: esa luz de un ombre
se vuelve un cuerpo extraño en la noche del Palacio,
la iridiscencia del muerto, un sudario en las revistas semanales y las pruebas de vida,
 una pasionaria civil,
pero recuerda:
cinco hombres, cinco guardias civiles han muerto antes que ti,
nadie se olvida de ellos y nadie los recuerda, también son muertos,
como los locos que apenas sabían la Doctrina
y recorrían los caminos intentando predicar las enseñanzas,
balbuciendo un parábola en las tabernas o en los estacionamientos,
sin poder decir nada de algo que todavía no había sido escuchado,
hasta que llegaban los apóstoles, ebrios de cólera o amor
     aristocráticos y delicados
     turbios y rencorosos,
lobos en pieles de ovejas que sí llevaban la palabra y recibían el martirio
que aquellos muertos locos no habían sabido decir y casi nadie recordaba,
pero sí sus palabras cómicas y sus figuras de soldados perdidos,
haciendo pactos ridículos para poder beber y santificar la casa que nunca les abriría la puerta,


*


la misma luna del desierto los vio caer, muertos de la sed última,
entre fuegos ardientes, sables o viejas espadas,
se han llevado al muerto civil, todavía vivo


… 
éramos los últimos villanos de este tiempo,
no vivíamos en castillos, ni éramos nobles: civiles de la villa
—el chico si tiene apenas algunos familiares en el campo—,
aunque vimos a los caballos pastar toda nuestra infancia,
cargar tarros de leche en un carro, pero no vivimos en una aldea:
la pampa no tiene aldeas,


*


pero la batalla civil es mundial, internacional, como la luna menguante en diferente cielo,
furia civil: episodios de una batalla en las lejanas casas proletarias,
batallas de Roma, batallas de cristianos,
civiles muertes de mil modos,
una muerte civil y continua, esta guerra
más que civil y no menos infernal, dolorosa y civil guerra


… 
y la muchacha kazaja camina por un sendero de flores, está ebria,
lleva un carcaj y tiene los labios pintados, 
es una imagen extraña, parece la publicidad de algo que no se puede vender:
ha matado a un hombre en la puerta de su casa,
solo tomó la ballesta y espero a que entrara,
después, como una antigua caminante, salió y no volvió más,
su historia se hizo canción, lema tradicional y fue santa
o algo parecido en las habitaciones de otras chicas,
la reconocen en el camino,
le dan ropa y alimento, la quieren abusar,
pero ella tiene una ballesta (hay una canción que dice así:
“ella tiene una ballesta”) y una extraordinaria puntería,
giovinetta vestita da guerriera,
es la heroína al este del mar, al este de nuestras casas,
la canción habla de aves guardianas, de un sol rojo y un mar de oro agrícola
regado por los canales de agua pura del corazón del asia,
tiene el pelo de color amarillo como son dorados los campos
de cebada y las agricultoras que los cuidan,
no hay cielo más turquesa que el curso de agua donde descansa y limpia las flechas,
ese agua ha secado un mar para que crezca la cebada y el algodón,
mar viscoso donde navega la metáfora de los pescadores,
es la guardiana del bosque del pueblo, peregrina salvaje, se pinta los labios
o es la sangre de animales de una guerra


la muchacha en guerra que eras en la canción de cuna al borde de la alambrada,
aún varones de campamento, tratábamos de aprender los movimientos nocturnos,
la emoción de la madera y la carne y el fuego,
cantábamos canciones de estadios para darnos aliento


*


como las avispas señalan con un perfume preciso
el lugar donde las flores se abrirán para ofrecer el polen virginal
que caerá sobre ellas: somos entrañas en la oscuridad de los matorrales,
aprenderemos a ser buenos hombres —otros serán ombres y muxeres—,
para calzar nuestra memoria en la memoria de nuestros mayores que estuvieron en la guerra,


*


las pequeñas vírgenes esperan la Doctrina que las llevará lejos de estas muchachas encendidas, 
casi niñas emboscadas por soldados desesperados y muertos,
niñas machas cabalgando la yegua parida por la violencia,
a pelo, las niñas sin edad, ni tiempo: ombres-niñas-muxeres,


*


nos quedamos sin decir nada, cuando la vida se enrosca en la Doctrina
y la Comedia es apenas percibida
en los vaivenes de la muchacha en guerra
que calza un fusil y cuida del ombre cautivo


… 
la Doctrina canta, así decía uno de los soldados mientras limpiaba el fusil,
le escuchan los peregrinos y las muchachas kazajas
que viven escondidas en el bosque y las confunden con las niñas-lobo,
canta, es La Cantante que silba sobre el fuego de la liberación, la partícula
ardiente que mueve las migraciones de insectos a espalda de los hombres,
la canción del polen y el espiral que escribe
cada lunar del cuerpo todavía sin escribir —porque canta—:
el impulso irracional del que empuja un carrito lleno de chatarra y cosas encontradas en la calle,
en los autos abandonados, cuerina ajada, vidrios,
de quien estudia los movimientos de las aves, la composición de piezas musicales


*


la prolija caligrafía de la enfermera que cuida al ombre muriente.


...
antes del primer disparo, ya eras un cuerpo barroco,
cubierto de pústulas y arabescos, hablabas la lengua incendiara del cautivo (“persa en tierra escita”),
trascendías, sin embargo, el caravansary de las noches encarnadas en el jardín de mi casa,
de las plantas exóticas que crecían en el verano: las calas egipcias y los ciruelos del asia,
algo de una luz animal e ingenua
se desprendía de ese campito cercado (tu cárcel) entre cipreses altos y señoritos,
antes del primer disparo, eras cuerpo supliciado
ya volvías a la tierra, comenzabas a desintegrarte en el polvo, el humo apenas visible del arma era tan mineral como tu cuerpo ahora, sombra
—y la muerte civil sobre mi infancia última del siglo pasado,
el pesebre político, la guerra civil donde fuimos criados.


05 de marzo de 2020