4 sept 2023

El deseo de ser un...


    Tenía una gracia irónica en el trato: una levita como Carroll, de santo jasídico o de duende romántico; una fantasía caprichosa, suspendida y errante - delicias de la poesía oriental, deliciosos marivaudages, juegos con el humo, el corazón y la muerte. 

    Tan pronto como terminaba la velada, Kafka regresaba a casa con su ligereza de pájaro. Caminaba con paso rápido, ligeramente inclinado, la cabeza un poco inclinada, balanceándose como si ráfagas de viento lo arrastraran de un lado a otro del camino: llevaba las manos cruzadas en la espalda; y su largo paso, combinado con el color oscuro de su rostro, hizo que a veces lo confundieran con un indio mestizo. Así, a altas horas de la noche, absorto en sus pensamientos, frente a palacios, iglesias, monumentos y sinagogas, se adentraba en las pintorescas y oscuras calles laterales que atravesaban Praga. Era su manera de despedirse de la vida y tomar fuerzas ante la infelicidad segura del día siguiente. 

Kafka - Pietro Citati


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