21.5.13

Pero eso también será un error, porque el Más Allá se habita en la memoria de los otros, y tampoco en ese punto Walsh (asesinado) y los Comandantes (juzgados, castigados, devorados por su propia amargura) se ubicarán en el mismo plano de existencia virtual: Walsh vivirá siempre más, cada vez que intentemos entender las cosas que escribió para nosotros. Los otros serán ceniza y nada más, unos nombres que con el tiempo nadie recordará exactamente qué querían decir aunque al pronunciarlos, siempre, un susurro de muerte estremezca la tierra.

(Daniel Link)

18.5.13

La música y el Estado se aman

La semana que viene voy al teatro a ver dos óperas de Rachmaninov. Dos óperas del tardío romanticismo ruso. En Rusia, todo es Estado. Todo la vida está inscripta en la regulación del Estado. No hablo de la "verdadera" Rusia -no tengo idea cuál pudiera ser-, sino de la vasta llanura imaginaria que, contrastante con el clima de América del Sur, se desplaza junto a mí (desde que leí por primera vez Dostoievski, pero más Chéjov y cuando me enamoré de Boris Godunov) en la sensación de frío y las formas que tome la desolación, como pueden ser, por ejemplo, los grandes caminos circunvalantes que rodean a las ciudades capitales para perderse, como capilares nerviosos, en los barrios del conurbano donde me crié.

FOTO.

El de la izquierda es Valery Gergiev, famosísimo director de orquesta, protagonista de una "edad de oro discográfica" que se desarrolló en los tempranos ´90 con grabaciones de importantes (y no tanto) óperas rusas que iban del nacionalismo (ruso, obvio) a algunos mastodontes "soviéticos" de Prokofiev (como la  extraña Guerra y Paz), que dialogaban con aquella tradición política. Junto al director, marcha el exjefe de la KGB, Vladimir Putin. El músico le está mostrando algo del nuevo teatro Mariinsky que dirige, un armatoste caro, zarpado (ruso) que se parece a un shopping.


3.5.13

Diario del Colón. Vanidad de vanidades (Carmen, 23 de abril)

Abrumado por la cantidad de mensajes que recorren las alturas celestiales de nuestra región, entre otros: un clima que parece para siempre tibio o caluroso, un fenómeno estelar, digno de Stalker, ocurrido en Santiago del Estero, cuya estela y día instantáneo alcanzó el litoral del Paraná, un Papa argentino -quien cierra una serie, de la cual Joseph Ratzinger fue una gran pieza anacrónica, una especie de príncipe renacentista seteado en el siglo XX-, Francisco, algo así como un papa franciscano y punki (lo cual, para los pasos necesariamente lentos de la Iglesia Católica -debo la conjunción de Ratzinger y Messiaen el descubrimiento de la Fe- no estaría mal).

Señales del cielo y de la política. Hace unos treinta y siete años, fue aquel salto de tigre de la moda llamado Sex Pistols que arrojó la bella frase (el nihilismo es bello, siempre; las mariposas, las flores, la niñez son nihilistas): your future dream is a shopping scheme! Treinta y siete años, para los términos conciliares de la Iglesia son un segundo, un día: la espectacularidad (punk) de este nuevo jefe espiritual sería un logro interesante. Esta espectacularización podría entenderse como una "resistencia" al fin del mundo, y a la vez posibilidad de su realización. Las señales celestiales son bastante claras y lo suficientemente confusas: tal vez, haría falta cierta interpretación reaccionaria como para darle el volumen necesario, yo no soy capaz de hacerlo. Conservo algunos gestos supersticiosos, los suficientes como para parecer sociable y nada más.

En el medio de esta constelación de poder y gloria, yo entraba al teatro aturdido por un cansancio enorme: crisis laboral, crisis de edad, crisis espiritual. Lo cierto es que el cielo y la vida seguirán su curso, y siempre resonará, si no en la voz del poeta, en la ingenua voz de la tierra, la sentencia del Canto LXXXI de Ezra Pound: "Pull down thy vanity, pull down!". Problemas son vanidades, lo cierto es cierto que sufrimos y nos desesperamos, somos vanidosos, y nuestros problemas nos ubican en el mundo.
Así, entré a ver Carmen. La primer ópera de mi novísimo abono 2013.

Llegué tarde, no podría haber llegado temprano en esas circunstancias. Entrar tarde, ya a oscuras, al gran teatro del mundo es muy extraño. La verticalidad de las localidades altas y la oscuridad de la platea hacen pensar en un cierto vuelo (Adorno había imaginado al teatro como una suerte de esfera flotante) por sobre la vanidad (la platea) del mundo. El elemento más potente con el que se topa un recién llegado al teatro es el perfume. El teatro es un espacio espacio sodorizado: una generosa y espesa pátina de olores artificiales señalan la ubicación de los cuerpos. Olores y luz tenue  estamos en la ópera. Cuando comenzó la obertura de la mejor broma de Nietzsche pensé en que la historia (¿cuenta la música una historia?), más o menos violenta, trata sobre el choque de civilizaciones. Carmen es una "gitanerie" con un ritmo endemoniadamente divertido en algunos pasajes, y es una inteligente reflexión sobre el amor y su estructura más deseante: el vicio. Carmen es el tabaco, el rapé, es una niña, un poco trola, bastante pendenciera, creida y con carisma. En general, la ópera se dedicó a matar a muchachas en flor. Y Carmen, rojita ella en su alboroto, se entrega a esa tradición. Nietzsche había elegido a esta ópera como el signo de los tiempos solares, la música meridional y peregrina -los gitanos siempre están de gira-, opuesta a la rigurosidad de un lenguaje musical en particular, el wagneriano, cuya ensoñación podría empantanarse en una violencia de corte político y estatal (Dante ya sabía que en la música hay un desplazamiento de ese orden: cuando don José asesina a Carmen, muere un reino imposible). Aunque Carmen es espectáculo (esas melodías supercontagiosas), con sus cambios de ritmo y virulentas melodías (¡supercontagiosas!), tiene algo de descontrol productivo. Los momentos festivos, cuando los bronces tocan fuerte y las danzas y marchas ganan en volumen (algo destemplada sonó la orquesta, por momentos, pero muy graciosa y ebria en otros), uno siente el deseo de encender algo. Evidentemente, el Abono Nocturno Nuevo (el de los martes a la noche) es un abono de familiares e invitados. Mucho grito exagerado ante interpretaciones correctas, hechas con oficio, pero que no alcanzaron a atraparme, a llevarme a ese momento de extrañeza (¿vengo a buscar al teatro de ópera, acaso, la conmoción del poema de vanguardia, la experiencia del formalismo ruso?) que me hiere y arrebata, aunque me gusta ver a los músicos trabajando en el foso, en su particular lucha sindical, y a brazo partido con los poderes del material musical. Después de todo, Carmencita es una obrera.

Me contaron que en una puesta reciente de Carmen montaron el campamento gitano repleto de autos de alta gama, naves como las que veo estacionadas alrededor del Hospital Durand cuando hay, tal vez, algún jefe de clan internado.

20.4.13

La música significa muertes de reyes y transmutación de reinos



El cielo de Marte se puede comparar a la Música, por dos propiedades: es la una su más hermosa relación, porque, enumerando los cielos movibles, por cualquiera que se comience, ya sea el ínfimo o el sumo, el cielo de Marte es el quinto; está en medio de todos, a saber: de los primeros, los segundos, los terceros y los cuartos. La otra es que Marte seca y enciende las cosas; porque su color es semejante al del fuego, y por eso aparece de color de fuego, cuándo más, cuándo menos, según el espesor y raridad de los vapores que le siguen; los cuales se encienden muchas veces por sí mismos, tal como está determinado en el libro primero de la Meteora. Y por eso dice Albumassar que el encendimiento de tales vapores significa muertes de reyes y transmutación de reinos; porque son efectos del señorío de Marte. Y Séneca dice por eso que en la muerte de Augusto emperador vio en lo alto una bola de fuego. Y en Florencia, al principio de su destrucción, fue vista en el aire, en figura de cruz, una gran cantidad de estos vapores secuaces de a estrella de Marte. Y estas dos propiedades existen en la música, la cual es toda ella relativa, como se ve en las palabras armonizadas y en los cantos, de los cuales resulta tanto más dulce armonía cuanto más bella es la relación; la cual en tal ciencia es más bella que ninguna, porque principalmente se la propone. Además, la música atrae a sí los espíritus humanos, que son casi principalmente vapores del corazón, de modo que casi cesan de obrar por completo; de tal modo está el alma entera cuando se la oye, y la virtud de todos ellos corre al espíritu sensible que recibe el sonido.

(Dante, Convivio)

12.4.13

Diario del Colón - Un millón de postales

En la soledad del palco yo, moderno, yo, desprovisto de prejuicios, yo, enemigo de los salones, yo, a quien el látigo de la derrota no ha extraído de la mente nada de su pretensión y altanería, meditaba que en el mundo donde el hombre se adora a sí mismo por medio de la música me convence más que el mundo donde el hombre adora a la música.
W.G.

Tengo un abono para Galería en el Teatro Colón.
Primera fila. En Galería, vi Rinaldo. Cómo me gustan esas obras barrocas, en este caso tardías, llenas de magia y omnipotencia, que querían ser una actualización de la tragedia griega, en el caso de Händel, mucho tiempo después de la aventura fiorentina y, particularmente en el caso de Händel, ya como materia espectacular. En fin. La primera vez que me senté en Galería fue en el 2012 para ver Rinaldo. La primera fila de galería del Teatro tiene mucho terciopelo, por lo tanto, tiene mucho polvo, mucho color rojo y pelitos. Este marco perspectivo (yo, que hace años escucho música rodeado por gatos) no es despreciable: la música se "aterciopela", gana en untuosidad, gracias a los demorados armónicos que se enredan en las mínimas catedrales del aire (donde, además, supongo, penden ácaros). Y la crueldad, por supuesto. Soy una persona pequeña, no me refiero a aspiraciones (no le temo a la terrible Segunda Escuela de Viena, ni tampoco a los brillantes músicos contemporáneos que se debaten entre el tango sofisticado, el mal aprendido barroco latinoamericano (algunos dicen, que el jazz sería la herencia del barroco, pero soy sordo para el jazz), sino "materialmente" hablando: mido un metro sesenta y dos centímetros, así y todo, la matriz (que estaría en correspondencia con una excelencia acústica) del teatro me resulta muy incómoda. Tal vez, parafraseando algún dictum sarmientino, quienes construyeron el teatro -aun en su afán universalista- consideraron que mujeres y pobres no necesitan espacio para la escucha ("no necesitan leer para enlazar"). Pero no es esta una crítica de Sarmiento, sin el cual, yo no estaría escribiendo esto; sino una reflexión sobre la incomodidad. Dicen que el ario teatro de Bayerut, en cuya catacumbas, a cada interpretación de Parsifal le corresponde su interpretación "negra", los asientos no son nada cómodos para los bien formados alemanes medios. Por lo pronto, me tienen sin cuidados esas cuestiones materiales. No creo que haya mucho para discutir: aquel que va a la platea, se lleva la mejor posición; el del palco presidencial, el poder y la gloria; los que van a los palcos laterales, respiran las bocandas de la consagración (junto con Mirtha Legrand) del siglo XIX, que ya merece respeto sólo por cuestiones arqueológicas; y así: mientra se sube hacia arriba, las cosas se ponen más o menos incómodas. Hay un mito urbano -que recibió de Francisco de Narváez una de las últimas actualizaciones- que dice que el teatro tiene una "acústica perfecta". Este mito, que se toca con una de las ramas de la ciencia -la acústica- tiene vigencia, justamente por eso: lo sustenta la única mitología posible, la científica. Lo cierto es que se escucha bien. Dicen que esta calidad acústica se debe, entre otras series de causas, a la crin de caballo que hay dentro de los caños que rodean las diferentes localidades. Si adscribimos la tesis de Pascal Quignard en El odio a la música (yo, en principio, lo hago), tendríamos aquí una muestra más de la violencia (la peor, la humana) que se agita en la música; aun en la música más sofisticada, Quignard relaciona el arco tensado de un cuarteto de cuerdas, con el arco del cazador del Holoceno, y que la música conserva, lleva en sí misma, algo de la atención desesperada de aquel animal que va a ser cazado. Roland Barthes, desciende a los presupuestos psicoanalíticos de la escucha para explorar, también, la relación oído/depredador/víctima: escuchar música, aun en la condición semivergonzosa del cuerpo sujetado a la incomodad y el silencio que padecemos en los teatros modernos, es un acto peligroso. Somos excitados por la persecución y la cacería de los sonidos. Además, la música crea una potencia inmensa, posee una capacidad de desterritorialización cuyas líneas de fuga son animales, intensas, imperceptibles (Deleuze).

Sobre el Teatro Colón, estaban posadas las aves de mi imaginación. Habré ido por primera vez a mis 30 años (es decir, de grande) y cuando entré, fui conmovido por las sombras rojas y las maderas que lo habitan. Fue suficiente para que yo, un hombre del conurbano, fuera poseído por lo que Lezama Lima llama la gnosis de la imagen, y que me entregara, sin más, a los arrebatos de una danza sensual de lecturas, sonidos y sabores en los que pasaban, entre otros, la lengua italiana de mi abuelo, las jóvenes enfermas de los cuentos de Poe, las maneras decadente del conde Drácula, también, algunos dardos de Gombrowicz (justamente, habla del "aficionado de la galería" para referir la pobreza de una aristocracia que ya no estaba a la altura de sus circunstancias).
Los decorados, que había visto en un millón de postales, se aparecieron ante mí como figuras conocidas, amables. El espacio encantatorio del teatro de ópera tiene que ver con  cierta gracia palaciega que a los plebeyos de siglos pasados atraía, razonablemente (sobre todo, a partir de finales del siglo XVIII). Los colores y las formas se amoldaban a espacios que yo conocía con sencillez y gracia.

Antes del cierre por refacciones en el año 2008, después de las cuales, un amigo, Juan Moreno, me dijo que ahora al Teatro le "faltaba mugre" (creo que se refería a aquello que F.G. Lorca llamó el ángel y que, para cualquier que, como me dijeron, haya subrayado textos de Benjamin con corazoncitos y signos de admiración, entendemos como el ángel de la historia sea esa "mugre" que falta), recuerdo una Muerte en Venecia, de Benjamin Britten, con puesta de Alfredo Arias. Todo era tan lúgubre (la ópera de Britten es maravillosa), el Teatro bastante apagado, que me sentí melancólico por mucho tiempo, meciéndome en las negras góndolas de una semipenumbra que parecía más real que la misma Venecia (que no conozco).

El teatro reabrió, finalmente. Volvieron los debates, la indiferencia, la pasión nacionalista, las grandes masas orquestales, los conflictos sindicales, pasó con pena y poca gloria el festejo del centenario (que, particularmente, me tenía sin cuidado) y ahora, nuevamente: el abierto teatro convoca a multitudes de turistas brasileros, curiosos, habitués y esas cosas que convoca un gran teatro de ópera.

Fui a comprar mi abono una de las últimas tardes del bochornoso verano, que desafió con su intensidad y sus lluvias descomunales a los que preferimos la luz y la ropa liviana antes del encierro, la oscuridad, las capas de ropa y el frío. Entré por la puerta de Libertad, aproveché para mirar, otra vez, los trajes utilizados en una puesta de Boris Godunov, el infeliz zar que se desmorona por el peso de la culpa y el poder, y vi a mi derecha una especie de cafetería destinada a agasajar, seguramente, a los compradores de bonos. No había nadie más, y una chica muy amablemente me pidió disculpas y me dijo que tenía que dirigirme a la boletería del Pasaje de los carruajes. Le agradecí y fui hacia la boletería de siempre. A mi paso, todos me abrieron las puertas. Detrás de mí, venía una mujer que había entrado a aquella confitería para abonados que a cada paso que daba, aumentaba su santa y vieja indignación, debida a este "maltrato, maltrato".. La dejamos pasar primera para que comprara sus boletos.
Yo, cristiano nuevo, compré abono de galería, finalmente.

Voy a ver ópera como si fuera socio de la cripta de los capuchinos. Un teatro de ópera es una especie de centro que alguna vez, seguramente, haya sido irradiante: la "ventana umbilical" (Lezama Lima) de la burguesía, el quincunce de una era cuya imaginación pensaba que podía morirse cantando, y que lo hacía para lucimiento del que miraba. Tal vez. Pero en este largo requiem, hay un elemento de divinidad (los primeros intentos operísticos de aquellos príncipes renacentistas querían reponer la tragedia clásica) y de sano delirio (también, en el ornamento, dicen que hay delito). En su delirio, la ópera es barroca, excesiva, cara y bastante estúpida.

Conseguí un saco muy lindo para ir (aun hay gente elegante y bien vestida por ahí).
La primera ópera de esta temporada será Carmen.


Mujeres, punks y franciscanos.

7.4.13

Iris - Eugenio Montale (Traductor: Alejandro Patat)


Cuando, de golpe, San Martín desprende
sus brasas y las atiza en el fondo del oscuro
fogón de Ontario,
estallidos de piñas verdes entre las cenizas
o el humo de una infusión de amapolas
y el Rostro ensangrentado en el sudario
que me separa de ti;

esto y poco más (si poco
es una señal tuya, un guiño, en la lucha
hacia un osario, sin
salida, mientras zafiros celestes,
palmares y cigüeñas en una sola pata no ocultan
la vista atroz al pobre
Nestoriano extraviado);

es cuanto de ti llega desde el naufragio
de mi pueblo, del tuyo, ahora que un fuego
de hielo trae a la memoria la tierra
que es tuya y que no viste; y otro rosario
entre los dedos no tengo, ni otra llama
sino ésta de resina y de bayas,
te ha alcanzado.


+++

El corazón de otros no es semejante al tuyo;
el lince no se parece al hermoso gato siriano
que acecha al pájaro mosca sobre el laurel,
más tú los crees iguales si te aventuras
fuera de la sombra del sicómoro
¿o es, tal vez, esa máscara en el lienzo blanco,
esa efigie de púrpura que te ha guiado?

Para que tu obra (que de la Suya
es una forma) floreciera en otras luces,
Iris de Canaán, desapareciste
en ese nimbo de muérdagos y bruscos
que conduce tu corazón
en la noche del mundo, más allá del espejismo
de las flores del desierto, tu familia.

Si apareces, aquí me regresas, bajo la pérgola
de vides desnudas, junto al embarcadero
de nuestro río -y la chalana no vuelve atrás,
el sol de San Martín se deslíe, negro.
Más si retornas no eres tú, ha mudado
tu historia terrenal, no esperas
la proa en tu orilla,

no tienes miradas, ni ayeres, ni mañanas;

porque la obra Suya (que en la tuya
se transforma) debe ser continuada.

1.4.13

Aquel por el que llega el escándalo

Después de leer estas palabras de Massimo Cacciari sobre Francisco, encontré esta otra entrevista, también muy interesante, sobre el venerado antecesor.

Nel giorno successivo all’annuncio inaudito di Papa Ratzinger, più voci hanno voluto sottolineare la carica “desacralizzante” di quelle sue dimissioni. “Da un punto di vista strettamente secolare – commenta Cacciari –  è indubbio che l’addio di Ratzinger possa anche essere valutato così. Il Pontefice diventa uno come noi e come tutti, qualcuno che può abbandonare la propria carica, andarsene, rinunciare. Nello stesso tempo, però, quella sua decisione può essere letta come un riattingere al significato autentico del termine ‘sacro’. In un senso più fedele al messaggio delle origini del cristianesimo, in cui non c’è divisione e nemmeno una burocratizzazione che si raccoglie in sé. Il sacro evangelico tutto si dona, non ha tempi e luoghi separati. E, in questo senso, il gesto di Ratzinger potrebbe avere in realtà un significato organico al senso profondo di quella tradizione, e dunque essere esattamente il contrario di una desacralizzazione del suo ruolo. E’ comunque un gesto paradossale, che ‘fa scandalo’ in senso buono. Per questo – aggiunge Cacciari –  lo guardo con ammirazione. Personalmente, sono più propenso a leggerlo come frutto di ‘humilitas’ cristiana, e del riconoscere la propria finitezza, il dolore, l’impotenza. Ma è un modo di ‘tramontare bene’ che sarebbe piaciuto a Nietzsche, il quale diceva di amare ‘coloro che sanno tramontare’. Ma non si può far finta che questo gesto dalla immensa carica innovativa non apra un varco, una breccia in cui potrebbero farsi largo altre innovazioni. Dopo le dimissioni, come non pensare a innovazioni anche più radicali?”.

31.3.13

1200 millones de helicópteros sanitarios




Traían un ramo de flores
nocturnas
que el agua tocaba en la hora de nuestra muerte.
Como heraldos, los helicópteros presidenciales
giraban sobre el humo negro,
mostraban el hueso
que se repetía con la misma velocidad
de las sirenas y las ninfas
que atropellan las ambulancias:
¿tiembla el reino de los cielos
en las hebras que el torbellino
de las aspas doradas acribilla?
Era un silbo callado, multitudes cortadas
por el descuido de sus manos tiernas.
¿No viste Dios, acaso
a la espiga, esa chica destinada
al fuego por lo rico de sus ropas?

23.3.13

¡Mire Usted, mi estimado Señor: una pausa! (Fragmento sobre 95 tesis para la filología, de W. Hamacher)

Leemos en la Tesis 80 de las 95 tesis para la filología: "Filología es el nombre de un futuro distinto del futuro del lenguaje nombrado”. Y pensemos en César Vallejo, por ejemplo. El poema “Retablo”, incluido en Los heraldos negros, tuvo en 1917 una primera versión llamada “Simbolista”. En esta primera versión, la primera estrofa del poema decía:

Yo digo para mí: ¡por fin escapo al ruido!;/ ¡nadie me ve que voy a la nave sagrada!/ Altas sombras acuden: ¡James, Samain y Maeterlinck,/ y Darío que llora con su lira enlutada!; mientras que en la publicada en LHN se lee: Yo digo para mí: por fin escapo al ruido;/ nadie me ve que voy a la nave sagrada./ Altas sombras acuden,/ y Darío que pasa con su lira enlutada.

El segundo hemistiquio del tercer verso no está en la versión del libro: eso es lo que Hamacher llamaría una pausa filológica. Vallejo conserva el primer hemistiquio del alejandrino y luego hace un silencio significativo, que va del simbolismo al retablo, que carga a las siete sílabas con el vacío. De allí en más, la lectura (que es la poesía) vallejeana de la tradición (indígena, hispana, francesa, vanguardista) y de las lenguas someterá a esa pausa a diversos niveles de intensidad y articulaciones en la lengua poética (hasta llegar a los quiebres polifónicos de Trilce, por ejemplo). Si de ninguna manera podemos dejar de considerar a Vallejo como uno de los más importantes poetas de América Latina, los textos de Hamacher brindan una manera de auscultar esas pausas de la lengua y hacerlas sonar. Gran parte de la literatura latinoamericana parece escrita en una temporalidad, digamos, “escatológica” -pensemos en los diarios de Colón, las crónicas de Indias, las apropiaciones barrocas de Sor Juana-: la recorre una intensidad que está entre “la salvación ya llegada” y “la salvación prometida”, una tensión entre lo que ya pasó y lo que es prometido.

Estas son lecturas posibles que se desprenden del trabajo de Hamacher de poemas como los de Vallejo, ante los cuales podemos exclamar, tal Hölderlin: "¡Mire Usted, mi estimado Señor, una pausa!".

27.2.13

La lira de Orfeo

Tres miradas sobre J. Ratzinger (Papa emérito)

Francisco García Bazán

Si a la difusión sin trabas de la caridad responde la apertura de las voluntades, a su enfriamiento, manifestado en la hostilidad e indiferencia al amor, responde “lo que retiene” (kat’ékhon) la posibilidad de la concentración de la iniquidad en la apostasía y el Anticristo (Epístola segunda a los Tesalonicenses). Es el testimonio del misterio del mal en la historia, que el hombre de fe respeta. El acto dimitente de Benedicto XVI refleja un giro de conversión decisivo que lo lleva del agustinismo que concibe el mal como ausencia de bien en relación con el pecado original, a la lectura activa de la experiencia satánica del Mal. Percepción realista de los acontecimientos, que levantan resistencias irreductibles a la irrupción espontánea del Espíritu, la fuente única de vida.


Daniel Link

Como sea, Ratzinger volverá a sus argumentos teológicos, harto ya de tanta ceremonia pública y de la grasada inherente a la exposición sostenida ante los medios. Para él es mejor, para nosotros, que vivimos mesiánicamente el tiempo que resta, un acertijo difícil de descifrar de aquí a las Pascuas. El próximo Papa deberá o apelar al amor infinito de Cristo o a los negociados viles del Opus Dei y los poderes temporales del mundo.



La única forma de impedir, a su juicio, que el riquísimo patrimonio intelectual, teológico y artístico fecundado por el cristianismo se desbaratara en un aquelarre revisionista y una feria de disputas ideológicas era preservando el denominador común de la tradición y del dogma, aun si eso significaba que la familia católica se fuera reduciendo y marginando cada vez más en un mundo devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral.


(Y los zapatos mexicanos, que me contó Natalia.)

25.2.13

Música - Martí, Unamuno

José Martí - No, música tenaz, me hablés del cielo

¡Es morir, es temblar, es desgarrarme
Sin compasión el pecho! Si no vivo
Donde como una flor al aire puro
Abre su cáliz verde la palmera,
Si del día penoso a casa vuelvo...
¿Casa dije? No hay casa en tierra ajena!...
Roto vuelvo en pedazos encendidos!
Me recojo del suelo: alzo y amaso
Los restos de mi mismo; ávido y triste
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre.
¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
Pero tomad a que Virgilio os guíe...
Si no, estáos afuera: el fuego rueda
Por la cueva humeante: como flores
De un jardín infernal se abren las llagas:
Y boqueantes por la tierra seca
Queman los pies los escaldados leños!
¡Toda fué flor la aterradora tumba!
No, música tenaz, me hables del cielo!


Miguel de Unamuno - ¿Música? ¡No!

¿Música? ¡No! No así en el mar de bálsamo
Me adormezcas el alma;
no, no la quiero;
no cierres mis heridas -mis sentidos-
Al infinito abiertas,
sangrando anhelo.
Quiero la cruda luz, la que sacude
los hijos del crepúsculo
mortales sueños;
dame los fuertes; a la luz radiante
del lleno medio día
soñar despierto.
¿Música? ¡No! No quiero los fantasmas
Flotantes e indecisos,
sin esqueleto;
los que proyectan sombra y que mi mano
Sus huesos crujir haga,
son los que quiero.
Ese mar de sonidos me adormece
con su cadencia de olas.
el pensamiento,
y le quiero piafando aquí en su establo
con las nerviosas alas,
Pegaso preso,
La música me canta ¡sí! ¡si! me susurra
y en ese sí perdido
mi rumbo pierdo;
dame lo que al decirme ¡no! azuce
mi voluntad volviéndome
todo mi esfuerzo.
La música es reposo y es olvido,
todo en ella se funde
fuera del tiempo;
toda finalidad se ahoga en ella,
la voluntad se duerme
falta de peso.

10.2.13

Efebo con radio

La dinámica de las ondas de radiofrecuencia no es la dinámica del mar (donde se acumulan todos los sentidos, aun los subterráneos, las fibras ópticas que los tiburones del deseo muerden). Se trata, más bien, de la emisión fluyente de un río de llanuras (el Paraná, por ejemplo) que acaba en un estuario, en un delta. Digamos, el Río de la Plata, los grandes ríos rusos o norteamericanos, el Orinoco, donde desembocó Colón de su viaje místico y errado: ellos son la medida del murmullo tecnológico que en sus camalotes y leves pilares (juncos, varas y espigas) imaginarios nos sostenemos. Efebo con radio es una obra netamente vanguardista del gran Salvatore Sciarrino. Vanguardista en términos dogmáticos e históricos: se trata del "registro" pautado de un caos sonoro, particularmente, el de los medios de comunicación; caos que es pautado, ciertamente. La obra supone que hay en esa sonoridad infantil un registro, una vida hecha de recortes sobre el espectro sonoro. Las ondas de radio viajan a ras de la tierra (mientras que la reverberancia, por definición, no termina), y su acumulación es como un estuario.
 
 

8.2.13

Weinenden Herzens - Robert Walser

Cuando pienso en vos, siento
muchas cosas, Jesús.
Porque me enciendo
con el nombre confuso de tu beso.

Vos seguís en la nieve
firme, como quieren los pobres,
los pobres que, se dice,
te han hecho sufrir tanto.

Pero la obra nunca fue de ellos,
ni el horror de tu muerte,
ni aquellas soledades, no.
Aquello fue una furia de borrachos.

Fue el crimen de brutos bandidos,
que eran ricos y pervertidos.
La pobreza no tiene, con la fuente
de la sangre derramada, nada que ver.

Creo advertir que bajo la pobreza
hay una herida silenciosa,
hombres separados, dispersos
como la nieve suave.

Y como a sí, la luz se mira,
Jesús los está viendo,
ondeando sin descanso
su rubia cabellera.

A veces, el buen Jesús ríe
al verlos, con dulzura,
y sucede un milagro
que consuela como la noche.

A la mañana, permanecen
las huellas de sus pasos en la nieve.
Como ofrenda a los pobres, los heridos
que, dicen, le han hecho sufrir.

21.1.13

Música que nos desea

El universo musical, al no significar ningún sentido en particular, está, en primer lugar, en la antípodas de cualquier sistema coherente. El filósofo que reflexiona sobre el mundo aspira al menos a la coherencia al tratar de resolver las contradicciones, reducir los irreductibles e integrar el mal de la dualidad y la pluralidad. La música desconoce estas preocupaciones, no tiene ideas que deba concordar lógicamente: la Armonía misma es menos una síntesis racional de opuestos que una simbiosis irracional de heterogéneos. Según Platón, ¿no es la armonía la que permite un perfecto acuerdo entre las virtudes contradictorias entre sí? La coincidencia viva de los opuestos es el régimen cotidiano, aunque incomprensible, de una vida repleta de música.

de "El 'esspresivo' inexpresivo". Vladimir Jankélévitch

23.12.12

Lírica japonesa de ciencia ficción y fantasía (selección)

Es primavera
son las flores de durazno
yo soy
un poco particular
uso una especie de magia
Yukito puede
hacer cualquier cosa
¡ah!
podría morir de felicidad.
Ver los corazones
algunos ven las flores
otros
perfumes.
Una nave del terror estelar
maniobrada por una chica
con la gracia de un desmayo.

¡Cuánto delirio en lujo
el malvado!
el terciopelo de sus muertos
es una guirnalda
la gran ópera del cielo.
Una japonesita
come caramelos de Tokio
es nuestro espíritu guardián
lleva en la mano derecha
una espada invisible
la sigue un perro mágico
disfrazada de luna
en un lago
puede vencer a cualquier imperio galáctico.
(Dibujos: Martín Legón)

22.12.12

Flores de las Las mil y una noches


Nietzsche y San Pablo. Lawrence y Juan de Patmos

No es el mismo, no puede ser el mismo... Lawrence irrumpe en la discusión erudita de quienes se preguntan si el Juan que escribió un evangelio y el Apocalipsis es el mismo. Lawrence interviene con argumentos muy pasionales, tanto más fuertes cuanto que implican un método de evaluación, una tipología: el mismo tipo de hombre no ha podido escribir evangelio y apocalipsis. Nada importa que cada uno de los textos sea en sí mismo complejo, o incluya elementos múltiples, y reúna tantas cosas diferentes. No se trata de dos individuos, de dos autores, sino de dos tipos de hombre, o de dos regiones del alma, de dos conjuntos del todo diferentes. El Evangelio es aristocrático, individual, suave, amoroso, decadente, bastante culto incluso. El Apocalipsis es colectivo, popular, inculto, rencoroso y salvaje. Habría que explicar cada uno de estos términos para evitar los contrasentidos. Pero ahora ya el evangelista y el apocalipsista  no pueden ser el mismo. Juan de Patmos ni siquiera adopta la máscara del evangelista, ni la de Cristo, inventa otra, fabrica otra que, en nuestra opinión, desenmascara a Cristo, o bien se superpone a la de Cristo. Juan de Patmos trabaja en el terror y la muerte cósmicos, mientras que el Evangelio y Cristo trabajan el amor humano, espiritual. Cristo inventaba una religión de amor (una práctica, una forma de vivir y no una creencia), el Apocalipsis aporta una religión del Poder, una creencia, una forma terrible de juzgar. En vez del don de Cristo, una deuda infinita. 


Gilles Deleuze. Crítica y clínica

13.12.12

Apolo de las ninfas


En todas las relaciones entre Apolo y las Ninfas -relaciones tortuosas, de atracción, persecución y fuga, felices sólo una vez, cuando Apolo se transformó en lobo durante el coito con la Ninfa Cirene- quedará esto sobreentendido: que Apolo fue el primer invasor y usurpador de un saber que no le pertenecía, un saber líquido, fluido, al cual el dios le impondrá su metro.

Roberto Calasso. La locura que viene de las ninfas

6.12.12

Parsifal - Rubén Darío


Violines de los ángeles divinos,
sones de las sagradas catedrales,
incensarios en que arden nuestros males,
sacrificio inmortal de hostias y vinos;
túnica de los más cándidos linos,
para cubrir a niños virginales,
cáliz de oro, mágicos cristales,
coros llenos de rezos y de trinos;
bandera del Cordero, azul y blanca,
tallo de amor de donde el lino arranca,
rosa sacra y sin par del Santo Graal.
¡Mirad que pasa el rubio caballero
mirad que pasa, silencioso y fiero,
el loco luminoso : Parsifal!

2.12.12

Pussy Riot


La nariz es una ópera de Shostakovich basada en el cuento homónimo de Gogol. 
En este video se puede ver un ensayo de la obra hacia el final de la vida del compositor. 
Me gusta el testimonio de la obra de Shostakovich. Más allá de la biografía genial, el caso Shostakovich parece señalar un posibilidad en la manera de comprender vida y obra: hay una posible filología del "yo" en su obra artística, vórtice de presión estatal y arte (Mandelstam, por ejemplo, quien no logró atravesarlo).
Shostakovich escribió su Cuarta Sinfonía (1969) como un ciclo de canciones para bajo (ruso, "eclesiástico", según Barthes) y soprano: muerte, ritornellos, humor desesperado y una suerte de autobiografía cuya manera de decir "yo" se presenta en el tratamiento de la voz de los poemas de García Lorca, Apollinaire, Rilke... español, francés, alemán traducidos al ruso: todos poemas sobre el dolor y la muerte. Escisiones, marcas, en las cuales, el cambio de la lengua resulta el punto de partida para la interpretación musical.
Escisiones sobre la lengua, la vida. Cosas de la política.

Cfr. Noches Rusas, de Roberto Echavarren.

29.11.12

Un hermoso ejercicio de interpretación

Cachafaz, ópera de Oscar Strasnoy sobre Cachafaz. Tragedia bárbara en dos actos, de Copi. Estrenada en 2010 en Francia. Estreno en la Argentina: 21 de noviembre de 2012 - Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea.

Operar una obra de Copi, ¿por qué, para qué? Es tradición que los compositores y los libretistas buscaran inspiración en mitos y obras literarias, tanto populares como canónicas; así, nadie (o casi nadie) recuerda El barbero de Sevilla, de de Beaumarchais, sino como la obra que inspiró la hermosa ópera de Rossini. También, hay óperas inspiradas en las obras de Shakespeare, algunas verdaderas obras maestras (Sueño de una noche de verano, de Britten), pero es muy difícil pensar que la obra melodramática se posicione alguna vez por delante de la obra literaria, en ese caso. Tampoco será este el caso, claro. Sin embargo, Oscar Strasnoy (allí están los encargos, los estrenos académicos, el mercado ínfimo y muy sofisticado de la música contemporánea; pero, por suerte, esto no importa aquí) escribió una ópera sobre Cachafaz. El resultado no podría haber sido mejor.

Podemos llegar a pensar que Cachafaz es, de alguna manera, una obra en estilo tardío: allí están las convenciones, en este caso, los octosílabos, tratados de manera estructural y no funcional; la maestría de Copi hace que todo aparezca encantador y los brillantes diálogos ¿postmetafísicos? plantean inquietudes novedosas y delicadamente monstruosas: mujeres sin pito, hombres con vagina, etc. Strasnoy realizó junturas y yuxtaposiciones, estilos académicos y populares para moverse con gracia en el lenguaje musical de la composición original y en la cita transparente: sobre esa limpidez, el texto de Copi se muestra como un triunfo. La música (no sé si no será éste el estigma de la contemporaneidad musical académica) se aliena en sus materiales, pero esta torsión sobre sus recursos (y su historia, ¿cuál es el tiempo de la música?) es en y una virtud para la obra literaria.

En la ópera, las elecciones musicales de Strasnoy aparecieron perfectas, sincronizadas con el texto, pero en comunión con él. Es decir, si está en comunión, es porque hay que crear ese espacio (el del don): no se trata de la misma cosa. Como en las misas reescritas una y otra vez por compositores que han buscado en la dulce cárcel del tormento y la forma, vitalizar el texto con las expectativas de una comunidad, la contingencia de lo que permanece, Strasnoy asumió que la obra de Copi hablaba a su tiempo, a las inquietudes y transformaciones de una época y su herencia. Es que la literatura asume la necesidad de una comunión. Copi explora en Cachafaz los espacios populares del conventillo, un conventillo tardío, es cierto, que resulta ser el espacio del roce, en donde es posible la mejor mímesis: la divina, mímesis en su temblor humano (pienso en Auerbach y su lectura de la negación de Pedro en el Evangelio).

Strasnoy sabe que el texto tiene su música y con la inteligencia de un maestro, se dedicó a iluminar las palabras con el resplandor de otro mundo. Cuando la ópera (como género), venía en Cachafaz por lo suyo y tocaba la peligrosa solemmnidad que la constituye, fue con las mejores maneras: sirviendo como vehículo de historias míticas (W.H. Auden); así, el coro fue (paródicamente) hierático, y está bien: porque estamos en una tragedia. Bárbara.

Los intérpretes no podrían haber sido mejores. Víctor Torres (Raulito), además de tener una voz de leves tornasoles expresivos, es un excelente actor; evita los movimientos espásticos, los mohínes infelices y su cuerpo pareciera devenir con la música. Lo había visto yo en Rinaldo ponerse de espaldas, como el monarca árabe rechazado, a esperar a que Cangemi cantara dos veces "Lascia chio pianga" (a pedido del teatro) en una puesta de concierto de la ópera de Händel. Torres prodiga la voz con generosidad; su Raulito fue graciosa, bien cantada; y no me pareció que se haya cuidado de excesos, sino que los cometió con sinceridad. Pol González compuso un Cachafaz encantador, realmente. (La versión de YouTube es la del estreno del 2010 en Francia; creo que por timbre vocal y composición, la versión del San Martín fue, aun, mejor).

Otro logro de esta ópera -trayendo cuestiones que tienen que ver con el plano de expresión musical- fue la desclasificación edípica de las voces. Ambos barítonos entregaron sus voces a las transiciones genéricas del texto (otra vez: le dieron voz). Podría haberse aplicado la solución "inglesa": poner a cantar contratenores, o utilizar el falsete pop; sin embargo, Strasnoy eligió dos registros masculinos para travestirlos en escena y que se devoren sus timbres en el maremagnum de los timbres musicales del ensamble de instrumentos. Los músico involucrados en esta puesta conformaron una de esas sumas de músicos exquisitos, monjes seculares, hiperentrenados, campeones de interpretar, citar y desaparecer (Ensemble 2e2m, Pierre Roullier; el coro Diapasón Sur, Mariano Moruja). Como los que escuchan, los músicos que interpretan una ópera deben desaparecer para que la música haga lo que hace: tomar los cuerpos. En el entreacto, se interpreta la obertura de La forza del destino, escrita para el particular ensamble (batería, órgano eléctrico, trombón, trompeta, saxo y clarinete, violín, guitarra eléctrica y criolla) que es (¿dónde, si no en la música, podría ocurrir esto?) una yuxtaposición feliz del tiempo presente.

24.11.12

Formas de vida




































Imágenes de América Latina
del 3 al 5 de diciembre
Centro Cultural Borges
Informes y Programa: literaturayartescomparadas@untref.edu.ar

15.11.12

América Latina

Sin que ello signifique abonar la violencia de los conquistadores, no es difícil comprender la impresión que debieron de causarles los sacrificios aztecas, en los que veían una diabólica parodia del cristianismo.


René Girard. Veo a Satán caer como el relámpago

6.11.12

TODOS santos


¿Me escuchás, cuando te llamo?

27.10.12

10.10.12

Fragmento sobre Rubén Darío

...

La cantidad de operaciones que debió realizar Darío para fundar la poesía latinoamericana es enorme y se trató, por supuesto, de una tarea desgastante: en tanto que fundaba un territorio (el ruiseñor modernista) y, a la vez, garantizaba las líneas de fuga (la estética acrática); Darío tuvo que atravesar por la modernidad, el enciclopedismo rococó, el Imperio, los imperios, la lengua francesa, la tontería, la beligerancia americanista, el eros pagano,  la dulzura del Ángelus… La poesía de Darío debía ensayar, también, el salto al vacío: ya lo dijimos, fundar y reescribir y robar, y entonces, realizar la escritura sobre nada: esa utopía de fin de siglo.
De alguna manera, la escritura nihilista es origen y destino (allí, en la noche filológica canta Guilhem de Peiteus), un pliegue de la lengua en donde la forma y el contenido se acoplan en una reflexión delirante, entregadas al delito de la ornamentación o al puro goce de la desintegración (para volver en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada).  El poema acerca de nada es el artificio con el que soñaba el fin de siglo su última forma, y Darío –que está a un paso de la vanguardia, que será nombrado por Vallejo y negado por los vanguardistas criollos- tiene que acometerlo para liberar a las futuras generaciones: ese triunfo será, por supuesto, la célebre “Sonatina” [1].
Esta princesa tonta, que suspira en los límites de lo posible, esta pequeña pieza poética, es una rarita sonata de la lengua latinoamericana.

En una conferencia del 8 de marzo de 1977, dijo Gilles Deleuze:

[Dominique Fernández] Lanza una fórmula que recorre todo este libro titulado La rose des Tudor. Todo el tema del libro es que la música muere hacia 1830. Muere de modo muy particular y trágicamente, como todas las cosas buenas; muere con Bellini y Rossini. Muere trágicamente porque Bellini morirá en circunstancias poco claras, quizá de una enfermedad desconocida en su época, quizá de una historia sombría. Y Rossini es la detención brusca. Ese músico de genio, en pleno éxito, decide detenerse: ya no hará más que cocinar -había tenido siempre dos amores, la música y la cocina-. Era un gran cocinero y se vuelve loco. [2]

Esta hipótesis (la muerte de la música, que no comparte) le interesa a Deleuze en tanto le permite preguntarse: ¿qué hace posible decir que la música -o cualquier otra cosa, el cine, la filosofía, la poesía- ha muerto? Fernández llama “fascista” a Wagner (“no es la primera vez que ocurre”, dice Deleuze) y a Verdi, porque con ellos muere la música, ya que estos dos músicos habrían suprimido el desbordamiento propio de la voz en la música: poder ir más allá de la diferencia de los sexos. Para Fernández, la música siempre había sido una restauración de lo andrógino. En términos de Deleuze, la voz es territorializada cuando a los sexos se le asignan sonoridades vocales particulares: la voz de mujer, la voz de hombre[3]. La voz territorializada es el triunfo del triángulo edípico, mientras que para Fernández, toda la música está atravesada por una especie de subversión de los sexos; con Verdi y Wagner, al territorizalizar la voz soprano, el capitalismo se apropia de la música. Bellini y Rossini son los últimos en agenciar la voz en el devenir niño y el devenir mujer. Las “soluciones” del plano de la expresión occidentales habían sido los castrati (en Italia) y los contratenores (en Inglaterra), sin embargo, aclara Deleuze, aunque el devenir niño y el devenir mujer no es una castración, sino que se trata de un agenciamiento maquínico “al que no le falta nada” (p. 326). De la idea de Fernández, Deleuze quiere retener que “la música es inseparable de un devenir niño, un devenir mujer, un devenir molecular”. Se trata del “devenir intenso-devenir animal-devenir imperceptible” de Mil mesetas, que se relaciona directamente con la literatura en el capítulo “La literatura y la vida” de Crítica y clínica: “Devenir no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mimesis), sino encontrar una zona de indescirnibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula…” [4]
Los avatares de la escritura de Darío son propias de un espacio en el cual, efectivamente, música y literatura y vida se tocan en una zona indiscernible. Al jugar con la sonoridad y la forma extremada hasta el sinsentido (en “Sonatina”, por ejemplo) la constante persecución de la forma (“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”), Darío canturrea “como una mujer”; con los ritornelos de Darío –y dada la condición fundante de su obra- se compone una potencia inmensa: “ritornelos de niños, de mujeres, de etnias, de territorios, de amor y destrucción”.
Ahora, bien, debemos, precisamente por estos motivos, considerar a la literatura de Darío a cierta distancia de la música de Wagner. La música de Wagner le daba a Darío el modelo de proliferación de una conciencia poética que se derramara por el mundo (así, Baudelaire), un escenario de representación cargado de verdad –muchas veces, Darío explora los espacios sacros del catolicismo-; pero no encontramos una relación directa, salvo en símbolos como el del cisne (Lohengrin), con la materia de expresión wagneriana, sino tal vez heredada por la paleta simbolista y parnasiana[5]. En términos generales, la música wagneriana aparece ajena a la materia de expresión y contenido de los poemas de Darío: más cerca de la intimidad del lied (tal como lo concibe Barthes[6]) o directamente, del género chico y la música ligera.[7]
Las figuras femeninas de la poesía de Darío -todas tan diferentes de las expresiones propias de los devenires que tienen lugar a partir de Wagner- son figuras de un devenir cuya expresión delirante, musical, la música de la  "Sonatina", por ejemplo, hace pasar a través de su escritura. 
Definitivamente, la música no había muerto "hacia 1830", pero su expresión y contenido sufrían por aquel tiempo una intensa modulación (que sería Schönberg, Berg, Webern, el grito horizontal de la tierra, pero, también, el ruidismo); podemos preguntarnos cada cuántos años se produce un devenir así, de qué depende, cuáles son las fuerzas que lo motivan... si en la novela La asesina de Lady Di no hay la expresión musical del devenir pop de estas ondas, por ejemplo.
Volvamos sobre aquel "parsifalismo", aquel "imaginar como mujer".
Darío hace aparecer en el delirio de la forma la expresión musical en su plena desnudez. La figura que Darío trae no es la desgarrada muchacha del expresionismo en la mesa de disección [8]. La princesa de la “Sonatina” o la niña flor que sufre una metamorfosis ante el pesebre [9] se parecen a la Melisande, moribunda por "una herida que ni a un pájaro habría podido matar", según el libreto de Maeterlink: la princesa tonta, triste, enigmática y virtualmente muda en el poema que suspira (“los suspiros se escapan de su boca de fresa”) y ocupa todo.
Estos “retornos de la mujer”, este suspiro, inscripción silenciosa en la forma[10], es la aparición, tal vez de una orientación sexual (como piensa Matamoro) y es el silencio que el poema usa para expresarse musicalmente. Darío, “piensa como mujer”, no imitando a una mujer; y su poesía suspira como mujer, entre otras razones, porque su escritura se encuentra en la “zona de vecindad, de indiscernibilidad o de indeferenciación...” con los devenires que convoca.
La poesía de Darío logra transportar el cuerpo presente de la música en la letra. Darío tensó la materia musical del lenguaje en lo dicho y no dicho de su poesía, y articuló así la expresión musical de la voz (“la voz sagrada de la tierra ingenua”, el argot del mundo, la voz de los pájaros) en el poema. En el juego de las temporalidades cronológicas y las duraciones intensas (duración de la rima, del metro, del género, etc.) del poema vemos, podemos oír, esta figura musical que Darío dona a los nuevos poetas en la apoyatura sonora de las palabras:

He, sí, cantado aires antiguos; y he querido ir hacia el porvenir, siempre bajo el divino imperio de la música -música de las ideas, música del verbo. ("Dilucidaciones", El canto errante)

O como escribió sobre la búsqueda de los parnasianos:
Lograr no escribir como los papagayos hablan, sino hablar como las águilas callan; tener luz y color en un engarce, aprisionar el secreto de la música en la trampa de plata de la retórica, hacer rosas artificiales que huelen a primavera, he ahí el misterio. [11]



[1] Todas son las hipótesis del texto de Daniel Link citado arriba.
[2] Deleuze, G. "El plano de consistencia sonoro" en Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia, Buenos Aires, Cactus, 2005, p. 319
[3] En la “Palabras liminares” Darío escribe: “y el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de carne, varona inmortal…”. Aunque la concepción sea la de la tradición judeocristiana, Eva creada de una costilla de Adán, esta expresión (“varona”) es lo suficientemente andrógina.
[4] Deleuze, G. Crítica y clínica, trad. T. Kauf, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 11
[5] El único estudio que en el Centro Virtual Cervantes se dedica a la cuestión de la música en Rubén Darío (“Rubén Darío en la música”, de Federico Ibañez Sopeña, Edición digital a partir de Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 212-213 (agosto-septiembre 1967), pp.519-522) comienza diciendo que frente a la verdadera musicalidad, su “verborrea hiere”; y afirma que: “Rubén tenía la ‘obligación’ de ser wagneriano… Rubén cita a Wagner no de ‘oídas’ sino de ‘leídas’ (..) y, al menos como ´tema’ literario, el eco le llega a Rubén”.
[6] En Historia de mis libros, Darío se refiere a los poemas “Mía” y “Dice Mía” como dos “juegos para música, propios para el canto, lieds, que necesitan modulación”. Es interesante pensar en qué consiste la voz del lied para Barthes, en relación con estos dos poemas y esta “modulación” o ritmado entre palabra y música que Darío propone. Para Barthes, el lied se escucha e interpreta interiormente, asumiendo en el propio cuerpo, el de un “ser humano complejo, cuya castración interior, está interiorizada”. El lied aparece como un espacio en donde vuelve a plantearse la indiferenciación de los sexos, a través de una tesitura (sin estridencias) que permita a intérprete y oyente desplegar “sus fantasmas acerca de la tranquilizadora unidad de su cuerpo” (Barthes, R. “La canción romántica” en Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos, voces…  p. 281). El nombre de la amada se confunde con el pronombre posesivo que se halla vacío en la imagen sonora de la que comienza a ser ausencia: “Tu sexo fundiste/ con mi sexo fuerte/ fundiendo dos bronces.// Yo triste, tu triste… ¿No has de ser entonces/ mía hasta la muerte?”
[7] “… a medida que Nietzsche se va separando del viejo falsificador, Wagner, el encantador: la música es la Ligera, pura ingravidez” (Deleuze, G. Crítica y clínica… p. 147)
[8] No se trata de escuelas literarias, sino de planos de contenidos y expresión: los poetas del expresionismo transportan estas figuras, pero transfiguradas en otras. La expresión musical (intensa, animal, imperceptible)  había Melisande (la mujer-niña-pájaro que muere "dos veces" de la ópera de Debussy), la bandada de muchachas de Balbec, la princesa tonta de la "Sonatina" de Darío; pero ya en el libro Morgue, de G. Benn, por ejemplo, aparece muerta o será la Lulu del Espíritu de la tierra de Frank Wedekind, la terrible Lulu de Berg.
[9] La metamorfosis fue santa aquel día/ (la sombra lejana de Ovidio aplaudia),/ pues la dulce niña ofreció a Señor, que le agradecía y sonreía,/ en la melodía de la Epifanía,/ su cuerpo hecho de pétalos y su alma hecha de olor. (“Niña flor”, 1912)
[10] En el siglo XVIII, cuando todavía se consideraba a la música desde una perspectiva fuertemente vocal (“cuando la máquina musical era primordialmente vocal”, en términos de Deleuze), en su Diccionario de música, Rousseau define a los pequeños silencios (desde la negra a la semifusa) como suspiros. (Rousseau, J.J. Diccionario de música, edición a cargo de José Luis de la Fuente Charfolé, Madrid, Akal, 2007)
[11] Darío, R. El modernismo y otros textos críticos, edición digital Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2003

4.10.12

Laudes creaturarum - San Francisco de Asís


Dios bueno, omnipotente, altísimo Señor,
a ti las alabanzas, a ti las bendiciones, la gloria y el honor.

A ti solo, Señor, son debidas, y ningún hombre es digno de nombrarte.

Bendito seas mi Señor, y todas tus criaturas, especialmente nuestro hermano el sol,
que nos da el día,
y por el cual nos iluminas.
Es hermoso y radiante en su esplendor,
y nos habla de Dios.

Bendito seas mi Señor por nuestra hermana la luna y las estrellas,
por hacerlas tan claras, luminosas y bellas.

Bendito seas mi Señor por nuestro hermano el viento,
por el buen y el mal tiempo,
por el aire en el que nos sostenemos.

Bendito seas mi Señor por nuestra hermana el agua,
porque es útil y humilde, porque es valiosa y casta.

Bendito seas mi Señor por nuestro hermano el fuego,
que ilumina la noche, y es fuerte, alegre y bello.

Bendito seas mi Señor por nuestra hermana, madre Tierra,
que nos dirige y nos sustenta,
y da frutos y flores de colores y hierba.

Bendito seas mi Señor por los que saben perdonar por tu amor,
y se mantienen fieles en la tribulación.
Benditos los que sufren con paciencia y en paz,
tú, Dios omnipotente, los recompensarás.

Bendito seas mi Señor por nuestra hermana la muerte corporal
de la que ningún hombre vivo puede escapar.
Desdichados los que ella halle en pecado mortal,
felices los que encuentre en tu fidelidad,
pues la segunda muerte no los podrá dañar.

Alabemos a Dios, démosle gracias, bendigámoslo,
con humildad sirvámoslo.


(Hermosa traducción de Alejandro Crotto.)

21.9.12

Canción de otoño en primavera

Un antiguo cuento recopilado por los hermanos Grimm ("El rey rana") comienza con una fórmula que hoy me pone melancólico: En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla... Hoy comienza la Primavera, la más linda, la estación de la resurrección de la cebada, el rescate de Kore, la estación del matrimonio del cielo y la tierra. No sé si alguna vez estuvieron los dioses en la tierra, lo cierto es que vivimos con una nostalgia de aquella lengua que desaprendimos desde la infancia. La Primavera, con su paso delicado, abre las flores de nuestros corazones y aquellos tiempos remotos, cada vez más maduros, vuelven a girar, la voz de Deméter a llamar y nos encuentra. Aquí estamos, una vez más. Hemos leído hasta el cansancio aquella fábula en la que un hombre moribundo le cuenta a sus hijos que en la tierra de su propiedad se encuentra un tesoro... Y cuando me paro a contemplar mi estado, descubro qué poco he aprendido, miro al cielo y no sé reparar ninguno de los objetos que me rodean, no se labrar el campo y, tampoco, se programar (ni siquiera uso Linux). Intento, sin embargo, cuidar lo que me ha tocado.
El sábado pasado fui a ver Don Giovanni, la ópera de Mozart. Hace unos años, hubo un pequeño escándalo de provincia en Salzburgo por una representación que abundaba en un imaginario sado-masoquista. Viendo la ópera (las óperas de Mozart son de las últimas, la risa de Mozart no es la risa pequeño burguesa, aunque se ría de esa moral), es fácil darse cuenta que se trata de una obra sobre el deseo y, siguiendo a Deleuze, mal pero siguiéndolo, podemos decir que las voces se acoplan y desacoplan ante las emanaciones del deseo que mueven al libertino, de aquí para allá. Un momento dramático, pero también terriblemente cómico, es la relación con Zerlina: el desborde del libertino sobre la buena gente del campo. La relación de frontera entre campo y ciudad o, mejor dicho, entre campo y palacio; el abuso y la curiosa danza de la picardía. Tengo entendido que Pasolini abjuraba de la cultura del teatro de ópera, aunque me imagino que esta obra (es Mozart) le debe haber resonado al realizar una obra como Saló. Don Giovanni es SM. Don Giovanni quiere perpetuarse en los tiempos remotos en los que bastaba desear algo para poseerlo. El error es un exceso ante la memoria de los muertos; ese será el toque trágico, la confusión de la vida (libertina) y la comunidad de los muertos. Allí se rompe el círculo mágico de las corridas de Don Giovanni. 
Pero, si estaba escribiendo una canción de otoño en primavera, ¿por qué recordé esta ópera? Ah, sí, por lo que escribió Pasolini (en "Poeta de las cenizas", trad. A. Carrera. El poema completo está en el sitio de la cátedra de Siglo XX, UBA):

Y bien, te confiaré, antes de dejarte,
que quisiera ser compositor de música,
vivir con instrumentos
en la torre de Viterbo que no logro comprar,
en el más bello paisaje del mundo, donde Ariosto
estaría loco de alegría al sentirse recreado
con toda la inocencia de las encinas, montes, aguas y hondonadas 
y allí  componer música,
la única acción expresiva 
acaso, alta, e indefinible
como las acciones de la realidad.

La Primavera vuelve a cantar, la luz del mundo es triste, a veces. Daré vueltas alrededor del sol con ella, he olvidado los misterios de la agricultura. Contemplaré el cielo y trataré de pensar en cosas buenas.