28 dic. 2019

En la tumba de Abraham Cozarinsky




El día de la Noche Buena murió nuestra mascota:
un gato “común europeo” gordo, enfermo y bueno
que ya estaba en la casa
cuando nacieron mis hijos (niño y niña).
Murió durmiendo, probablemente ni bien se acostó
en el largo sillón que cubría de pelos.
Apareció muerto, como dormido, a la mañana,
y otra vez la muerte, imprevista.
Le escribieron cartas y le hicieron dibujos
y lo llevamos a cremar al Pasteur,
Eloísa pegó en su carta una piedrita
que guardaba del jardín.
No dijo nada, sólo la pegó.
Hoy vi Carta a un padre de Edgardo Cozarinsky,
y ante la tumba
de Abraham Cozarinsky, su nieto deja algunas piedras,
un ritual de tradición judía para honrar la memoria.
Cuando murió nuestro gato gordo y enfermo
había mucho sol. Fuimos al parque,
conversamos un poco sobre la muerte, el gatito
que habíamos conocido, el gato tranquilo
de los últimos años, vimos a los patos,
y le dimos de comer a los peces.
De pronto, un perro salió del agua,
como si saliera del fondo del lago,
Simón se río asustado, hicimos bromas:
“es un pez que evolucionó”.
Cuando volvimos a casa, nos empezamos a preparar
para hacer el viaje en tren y esperar la medianoche.

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