14.3.15

Diccionario Latinoamericano de la Lengua Española


http://untref.edu.ar/diccionario/uso.php

La primera vez que leí algo referido al argot fue en el libro El misterio de las catedrales. Un libro que trataba, de manera más o menos fantasiosa, acerca del conocimiento y los saberes que las catedrales exhibían en la edad media por todo el mundo europeo. El argot era definido como "la lengua de los pájaros": un lenguaje que sólo puede ser comprendido por un determinado grupo. En el caso de las catedrales, el argot tenía que ver con el mensaje cifrado acerca de la construcción de las mismas, mensaje cuya codificación se remontaba -creo recordar- hasta el templo de Salomón.
Mucho tiempo después, volví a encontrar la idea de la lengua de las aves, pero en la música de Olvier Messiaen.

La noción de argot es el punto más críptico de la idea de uso de una lengua.
El uso son aquellos aspectos de la lengua que son pulidos por los hablantes, y que pueden, durante años, tener la consistencia de un iceberg, para desvanecerse al poco tiempo como hielo al sol. Esas palabras, modismo, giros lingüísticos son aquellas que más obstrusa pueden hacernos aparecer una lengua: uno puede entender más fácilmente, digamos, a un catedrático alemán que a un verdulero alemán. Qué felicidad cuando descubrimos (o alguien nos revela) una palabra en uso, la huidiza acepción, palabras cuyas potencias están más del lado del gesto.

Recuerdo dos célebres conferencias de García Lorca. La primer acerca de las nanas infantiles; en donde vuelven a aparecer las aves, y donde nos regala una cierta idea de uso: "Animar, en su exacto sentido. Herir pájaros soñolientos"; en esta conferencia, el poeta granadino se muestra hastiado de las piedras catedralicias, ya mudas sin el uso que las animaba. La otra conferencia es la que le dedica a Góngora. En ambas, Lorca se detiene a escuchar las palabras en uso, las transformaciones lingüísticas, en una visión, no voy a decir utópica, pero si imaginaria y solidaria entre los usos populares y cultos.

El Diccionario Latinoamericano de la Lengua Española (llevado adelante por la Untref y la Maestría en Estudios literarios latinoamericanos (Dir. Daniel Link)) propone un diccionario donde el rigor de la lexicografía cede, en cierta forma, a los modos de internet:
"Este diccionario pretende que los mismos usuarios de la lengua definan las palabras que usan, que voten la adecuación de las definiciones propuestas por otros usuarios, que intervengan, por lo tanto, en la definición del mundo del que participan.
Los requisitos de intervención son mínimos: el usuario puede registrarse o no para dejar una definición, votar o recorrer la página y respetar los criterios usales en la definición de léxico."

Como podría esperarse, los términos soeces están a la orden del día, aunque ya empiezan a aparecer los primeros términos que hacen referencia al mundo académico (a sus zonas más pantanosas, por supuesto); o palabras de uso vulgar que encuentran una definición más o menos sesuda, a la manera de los diccionarios del lunfardo que Roberto Arlt acusaba de estudiar a los hermanos García Tuñón, según Borges.

El diccionario no quiere abrir las puertas a la insolencia y al desprecio (aunque las condiciones de participación son muy abiertas, claro), Rafael Spregelburd escribió a ese respecto (citando el incipit) que:
"Para ingresar palabras nuevas “no se aceptarán definiciones injuriantes o que violenten la sensibilidad de grupos étnicos, géneros, clases sociales o adhesiones políticas (se puede definir la palabra “bolita” o usarla en un ejemplo, pero no se puede usar la palabra “bolita” en una definición)”. Caramba, entonces toda palabra nueva es injuriante, ya que rasga por vez primera la corteza de otra palabra aceptada que ya no sirve más para rasparla, expandirla o anularla.

Tiene razón; sabemos que "la lengua es compañera del imperio". ¿Pero qué imperio hay aquí? Los movimientos de las lenguas son de grandeza continental, a la vez que pueden terminar en una vida (recuerdo la impresión que me causó la primera vez que escuché acerca del último hablante dalmático). Rubén Darío cambió la polaridad de la relación América Latina-España de una vez y para siempre; este diccionario, tal vez, realice algo de esas dimensiones con los diccionarios de la RAE, de manera menos arbórea, más (¡no digas la palabra!) rizomática (en fin...). Lo anima una intención política que, más que a la definición, se arriesga a la participación.

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