2.11.14

Diario del Colón 2014 IV - Wo bleibt Elektra? (Elektra, 31 de octubre)

La escucha musical quiere decir, a fin de cuentas, la música misma, la música que, ante todo, se escucha, sea escrita o no y, cuando lo es, desde su composición hasta su ejecución. Se escucha de acuerdo con las diferentes flexiones posibles de la expresión: está hecha para ser escuchada, pero es, ante todo, en sí, escucha de sí.
Jean-Luc Nancy

La noche anterior a la función de Elektra asistimos al concierto de la Filarmónica, a escuchar Das Lied von der Erde, las últimas canciones de Mahler. No es educado pensar en las circunstancias biográficas que rodearon la composición de esas canciones, pero no puedo evitarlo. Había muerto su pequeña hija, el matrimonio con Alma Schindler iba de mal en peor, lo habían expulsado de la dirección de la Ópera de Viena, pocos años después, debido a una afección cardíaca que le habían detectado para esos años, moriría. La Canción de la Tierra es una obra tardía, desde cualquier aspecto que se la analice. Un ciclo  de seis canciones, cuyo última dura casi lo que las otras cinco, envuelta en una melodía que funciona como un ritornello que va abriéndose, haciéndose más grande e intenso; las canciones tienen un tono sombrío, en general, pero hay esos momentos mahlerianos que tanto amamos, las fanfarrias enloquecidas, que para Adorno debían sonar como interpretadas por una banda de bomberos tocando en el Paraíso. Hay una canción, la cuarta, De la belleza, que a mí me parece el punto de inflexión de este ciclo. La canción, cuya letra describe a un grupo de muchachas jugando a la orilla del río (Euridices) y el encuentro con un grupo de jóvenes jinetes, comienza con una “sencilla” melodía que explota con una fanfarria a la llegada de los muchachos, para deslizarse en los últimos compases a un silencio recogido, como si se alejara de aquella escena, que parece la puesta en escena de dos duraciones históricas: el imaginario del siglo XIX y la ferocidad del siglo XX, una escena que parece ocurrir debajo del movimiento del Ángel de la Historia: la célebre alegoría benjaminiana. La Canción de la Tierra, en su intimidad y exasperación (la música de Mahler es paz y exasperación) musicaliza lo que el Ángel de la historia ve: todas las ruinas del futuro. La vida de Mahler funciona como una abstracción de la vida de cualquiera de nosotros al escuchar esta música, pero eso no importa.

A la noche siguiente, fui a escuchar Elektra. Cronológicamente, muy cercana a la obra de Mahler; pero allí donde la música de Mahler abre y cierra sus enigmas, yuxtaponiéndolos, la música de Strauss quiere seguir avanzando, no se detiene y somete a la orquesta a una intensidad deslumbrante, compleja, estridente y, por momentos, abismal. El libreto de Hofmannsthal es prodigioso, reescribe sabiamente el mito griego en clave de La Mujer Obsesionada por la Muerte de su Padre. Elektra es una larguísima canción sobre un triángulo edípico violento. La música ahoga con furia esta historia de amor imposible. En este furibundo teatro del mundo, cada uno ocupa su lugar, pero está herido de muerte; ningún poder es legítimo, ni el del centro tonal, al que esta ópera exige todo el tiempo. Hofmannsthal había abjurado de la poesía para este entonces, y Strauss, luego de esta ópera, abandonaría el camino del cromatismo intenso al que había llegado. Los libros de música cuentan que el paso “natural” de la música de Strauss eran el expresionismo y el atonalismo, finalmente. Strauss no da ese paso, y en su danza (antes de ponerse a danzar arrebatado por el Real histórico, como Salomé, como Elektra) hace un elegante giro de vals. Strauss hace como Crisotemis, quiere vivir una vida apacible. Fundar una familia, o colgar sus violines sobre los pequeños dramas humanos. Las comedias de Strauss (El caballero de la rosa, La mujer sin sombra, etc.), ya fueran de tema cortesano o maravilloso estarán cargadas, de todas maneras, por una armonía intensa y, sobre todo, una línea de voz herida por esta música que ha visto el futuro.

¿Y qué ocurre aquí, con todo esto, en el Teatro Colón, a más de cien años del estreno de la ópera? A pocas cuadras del Teatro, un amigo, Pablo Katchadjian, estaba estrenando una ópera basada en una de sus novelas, La libertad total. No pude ir a ninguna de las dos representaciones porque estas dos noches las tenía tomadas desde hacía tiempo. Me llama la atención cómo la ópera –nacida en ruinas desde siempre- vuelve una y otra vez como arte “prestigioso”. Se han escrito anti óperas, se la ha denostado como mayor o menor razón, y permanece, tal vez, como uno de los ritos sociales de la burguesía más establecidos (lo cual queda evidenciado por la enorme cantidad de perfume por metro cuadrado). En definitiva, no es difícil escuchar una ópera; y quien lo hace, está haciendo algo que tiene un valor muy alto en la circulación de los bienes culturales. En este sentido, algo extraño pasa cuando una obra de estas características de pone en el Colón. No puede hablarse de museificación, porque en el momento de su estreno, la ópera ocupaba, socialmente, más o menos el mismo lugar que en la actualidad (con las decadencias del caso). Strauss y Hofmannsthal escribieron esta obra para ser representada en un teatro de ópera. Es algo inherente a la música lo que ocurre.

Al escuchar Elektra, nuestros oídos son el mundo, o nuestros cuerpos, digamos, son el mundo de esos sonidos. Toda la parafernalia estatal, las enormes cantidades de dinero y recursos destinados a una puesta en escena de una ópera (las dos noches, la Filarmónica y la gran Orquesta Estable mostraron carteles con la leyenda “Basta de maltratos”) tiene su justificación por algo evanescente, la potencia inmensa del sonido musical y su promesa. De la terrible verdad y tragedia de Elektra, nos protege la música; la música no nos abandona a la locura, aunque sea estridente y violenta, por momentos. Aunque quedemos agotados, y nuestros cuerpos tiemblen. Las vanguardias, sí, buscarían ése Real, que la tragedia alcanzara a la música, y que fuera desgarrada como desgarrada es Elektra.
Cuando la Orquesta Estable del Teatro Colón interpreta así una obra, cuando es cantada de esta manera, algo sucede en el mundo comparable a la salida del sol. Nosotros estamos en el medio de eso que ocurre, nos habita como nos habita la vida. Y en las figuras –las composiciones ritmadas sonoras y dramáticas- hay una resonancia que no necesita de nuestra escucha, pero como ocurre en las antiguas fábulas orientales, sólo en nosotros se realiza, en esa extensión de la superficie de nuestro cuerpo que es el oído (así, con el canto de los pájaros y el movimiento de las olas o la luz del mundo).
Así ocurrió, cuando Elektra (Linda Watson) pasó delante de las doncellas y lanzó su mirada bestial, ninguno de sus movimientos me gustó; y sin embargo, cuando comenzó a cantar, yo sabía que gozaría con ella toda la obra. La pequeña Chrysothemis (Manuela Uhl), es virgen y casandera, quiere un esposo, no vengar la muerte de su padre: ella es la voz ingenua de la tierra. No la ideal, la ingenua, la que Pasolini escucharía agonizante en los años ’70, por eso canta y tensionada hasta la maldición, grita al final. Klytemnestra (Iris Vermillion), la adúltera que todas las sopranos dramáticas interpretarán antes de romper su voz, es la mujer adúltera. Este trío matriarcal desplazado, amenazante (todas las mujeres son una especie de desvío de la norma) y disuelto por el deseo a flor de piel es el ajuste de cuentas del psicoanálisis con la música.
Strauss y Hofmannsthal volverán sobre los amores, pero lo harán con un ojo puesto en las posibilidades inter-genéricas que la música ofrece, y su Octavian y la Mariscala serán portentosas mujeres, poniendo en la superficie todas los recursos de la voz femenina, aun su manera de ser muchacho.
En 1923, el mismo Richard Strauss dirigió esta obra en el Teatro Colón.

Elektra - Ópera en un acto (1909)

Música: Richard Strauss
Libreto: Hugo von Hofmannsthal
Dirección musical: Roberto Paternostro
Dirección de escena: Pedro Pablo García Caffi
Diseño de escenografía e iluminación: Pedro Pablo García Caffi
Vestuario: Alejandra Espector
Reparto: Klytemnestra: Iris Vermillion / Elektra: Linda Watson / Chrysothemis: Manuela Uhl / Orest: Hernán Iturralde / Aegisth: Enrique Folger.

1 comentario:

Daniel Link dijo...

cashate, querés, que yo voy el martes...