16.10.14

Turista en Nueva York V - Una noche en la ópera

A esta altura, asistir a una función de ópera tiene para mí algo de liturgia. Llegué al Metropolitan Opera House, el galpón más exquisito del mundo, con un cierto aire a centro cultural democrático y cultural de los años sesenta del siglo pasado (algo del Centro Cultural San Martín, digamos); llegué bañado en la luz de una luna lorquiana, alta, joyesca, que buscaba a su jinete entre las terrazas altísimas de Manhattan. Esta ciudad tiene algo misterioso, tiene mucho cielo, por momentos. Para llegar al Met, caminé por Park Avenue, llegué a la Columbus Pl., antes pasé por los monumentos a Bolivar, Martí y San Martín, y por debajo de las banderas sauditas de los hoteles, y desde lejos vi el resplandor demente de Times Square. Entré al teatro, qué fácil fue encontrar mi ubicación. Faltaban pocos minutos para que comenzara Die Zauberflöte, la más brechtiana de las óperas mozartinas: sus números centrales, las tres piruetas de una verdadera artista del hambre, la voz arrojada a su pura dramaticidad de la Reina de la noche (esa luna a la salida del teatro) provoca un extrañamiento y una distancia de la solemnidad y humor cabaretero de la ópera: ¿cuál es la verdad de esta obra, qué hacer? Las dos últimas óperas de Mozart presentan esta extraña conjunción de libretos disociados a la vez que ligados fraternalmente con la música (la otra ópera es La clemenza di Tito, sobre un texto de Metastasio, autor completamente fuera de moda para el momento del estreno). La liturgia del teatro me tranquilizó. Este viaje fue un viaje muy conmovedor, muy agitado, no viajé como "viajero" sino como turista; y, de alguna manera, estar en un teatro lírico es cosa de turistas, aunque, también, pienso como Sergio Pitol que para conocer un lugar diferente lo mejor es asistir a una representación de ópera (repetición). El gran narrador mexicano (en "Nocturno de Bujara") propone que en tierra ajena quisiera asistir a la presentación de una opereta, una Viuda alegre, por ejemplo, para poder conocer mejor la sociedad de un lejano pueblo del Asia Central. Estoy de acuerdo, sólo que aquí, el bárbaro era yo. Un bárbaro culto, que conoce los modos del teatro lírico. La puesta de esta Flauta mágica era de Julie Taymor, la (para mí, que ya repito ciclos de diez años) lindísima directora de Titus y The tempest. El Met es un teatro que funciona de manera muy diferente al Teatro Colón. La puesta de Taymor fue estrenada en el 2006 y tuvo muchas interpretaciones en inglés (ésta era la primera representación en alemán desde el 2010); su Zauberflöte es una favorita de la temporada de vacaciones, por lo tanto se trata de una puesta más o menos amable (pensada para niños) y, en los términos relativos a costos operísticos, barata. Para mi gusto, la escenografía fue demasiado acrílica, como si el Egipto-Oriente-sin Tiempo fuera un gran baño noventoso. Pero la dirección actoral fue magnífica. Sin movimientos espásticos, sin brazos expresivos ni manos de dedos abiertos. La serpiente fue la clave de la puesta: un cierto japonismo de utilería conjugado con una movilidad de barrilete asiático, graciosa y dinámica. El primer acto de esta ópera es -para ponerlo en términos universales- un recital de The Beatles, un hito musical detrás del otro. Pequeñas proezas líricas y un discurso bastante inconsistente, pero muy divertido. Las tres damas de la Reina de la noche compusieron un ensamble vocal delicioso. Pamino me pareció un poco bajo al comienzo, pero fue ganando color y fuerza vocal. La Reina de la noche cumplió con nerviosisimo sus apariciones: y para el aria del segundo acto ("Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen") donó toda la electricidad, furia y hartazgo que la música de Mozart le exige. La Reina de la noche es la luna, la última luminaria del cielo en tinieblas que resiste a las luces. Papageno fue un Goofy adecuado, y René Pape cantó un Sarastro espléndido, que cargó con la delirante solemnidad que esta ópera requiere (la voz de bajo es la del rey derrotado y tremendo; voz eclesiástica a la vez que solitaria). Dejé llevarme por la locura y la emoción (los jovencitos espíritus tutelares, la risa), y mordí una vez más la divina carne profana de la música (yo, que persigo la música en el canto de los pájaros, en la brisa despreocupada) en este teatro sin catacumbas.

2 comentarios:

Daniel Link dijo...

Querido: lamento que no hayamos coincidido en la ópera. La sala es demasiado grande como para que las voces puedan brillar. Fijate que el aria de "La reina de la noche" no tuvo la potencia que requería, porque, con las exigencias vocales, es imposible levantar la voz a las alturas que la sala requiere. Ya la vez anterior, habíamos notado que el protagonista de Turandot se estaba reservando para "Nessun dorma", y todo lo anterior fue como canto marcado. En fin... después de la mitad de la sala, el sonido deja de funcionar adecuadamente. Por suerte, muchos turistas llegan tarde y pudimos cambiarnos de asientos más adelante, y la otra mitad se van temprano porque están allí por razones sociales.
A mí la puesta me gustó (no me pareció barata en absoluto), porque es tan disparatada y gratuita como la ópera misma. Como estaba pensando en esos asuntos, me pareció acertado todo el subrayado geométrico, la diagramatización de la trama, y los portales de acrílico funcionan bien en el segundo acto, superpuestos, como en el caso de Vitruvio y Leonardo, para tratar de resolver la cuadratura del círculo.
Sí, la directora es la del Rey León (y los títeres están sacados de allí, claramente) lo que habla a las claras de una concepción contradictoria: por un lado un conceptualismo acentuado y, por el otro, la parafernalia del teatro más comercial. Muy raro.
En cuanto al canto y los aspectos musicales, claro, "lo dejo a tu criterio", pero Sarastro fue el mejor, sin dudas.


Diego Carballar dijo...

Me habría encantado ir con ustedes.
Digo que la puesta fue "barata" en términos de costos, teniendo en cuenta la larga amortización de las sucesivas reposiciones, no en el sentido de berreta. Aunque, reconozco que me resultó un poco indiferente. Los títeres me gustaron, sí (sobre todo, y allí sólo estuvieron, para el primer acto). Tenés razón con respecto al segundo acto, no lo había pensado: esta obra es tan deliciosamente ridícula como su misterio y toda solución tiene que ser más o menos humorística (y, quizás, contradictoria, entre lo conceptual, lo sofisticado y lo comercial, tensión que estaría en su "origen").
La coloración del conjunto vocal me gustó.
El aria del segundo acto de Die Königin..., para mí, alcanzó la electricidad necesaria; también, estoy habituado a escuchar voces/cantantes que me gustan y que son, digamos, derrotados por el teatro (mi melancolía). Me llamó la atención la altura de la sala y que no estuviera abrazada por una gran herradura como la del Colón que hiciera a la vez de caja de resonancia. Y un cosa que no te mencioné: el sonido de la orquesta. Me resultó muy clínico, al punto de parecerme analítico. Podían oírse algunos instrumentos recortándose por sobre el resto de la orquesta, pero no se debía a un trabajo camarístico de la dirección, sino que me pareció una diferencia muy marcada de sonoridades que atentaba contra un "empaste" orquestal adecuado (al menos, en lo que a Mozart respecta). Tendría que volver (Dios quiera).
Lo de Broadway, me dejate pensando: el dúo de Papageno y Papagena, esa escalera... De todas maneras, la dirección de actores me pareció muy buena.
El día que pongan Die Meistersinger en el Colón, tenemos que ir. Ahí, hay de todo para discutir y divertirse.