6.10.14

Turista en Nueva York I

No vine a hablar de Nueva York, la ciudad que acabo de conocer, la cual apenas vislumbré -desde la autopista, después de que un muy amable conductor indio de taxi nos trajera desde el aeropuerto JFK hacia Manhattan cruzando Queens- se mostró de un esplendor cinematográfico, y sus torres paisajísticas, de alguna manera, repusieron un esplendor bizantino o, como lo sufrió García Lorca, un esplendor plutócrata, aunque de impresionante buen gusto. Todo en Manhattan parece ser llamado y elevarse hacia el cielo (de Prada, de la disidencia sexual, del urbanismo, de la diversidad, del control, etc,). Es la ciudad prometida del capitalismo y la precisión desconcertante del atentado del 2001 fue debida al impacto en el escenario, y no el símbolo de occidente, porque esta es la ciudad soñada del liberalismo, nunca ninguna ciudad socialista podría siquiera jamás haber imaginado una Babel tan exquisita, internacional y humana como esta ciudad terrible. Tres cosas me vinieron a la cabeza, al cuerpo, digamos, a la cámara de ecos que es mi cuerpo, en estos primeros días en la ciudad. Una ya la cite: Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Hace poco, antes de conocer la ciudad, yo había pensado algo acerca del granadino, había destacado la transfiguración de la luna, por ejemplo, tan presente en su poesía previa, a partir de esta ciudad en ese poemario extasiado y furioso. Estos días, hay una gran luna llena en el cielo de Nueva York, una luna que parece andar detrás de las altas torres, como recién salida del río o de alguna joya de las modelos asiáticas que corretean por Park Av., tocadas y maquilladas por una locura esquelética y preciosa. Lorca había llegado a Nueva York en la madurez de sus recursos poéticos. El poeta “lleva consigo” una cantidad de figuras poéticas y retóricas que, más allá de mostrar algún signo de agotamiento o de ser mero recurso pintoresco, serán elementos ctónicos, potenciales de la tierra, que le permitirán transitar el viaje por la ciudad de los rascacielos, el vidrio y el acero. Erich Auerbach destaca al comienzo de su texto Figura, que la palabra misma, figura, debe su supervivencia a que “suena con la elevada distinción que le presta su expresión fonética, por lo que tantos poetas se han sentido fascinados” (p. 44). Es destacable la permanencia de ciertas figuras en el poemario de Lorca que ganan en intensidad, aun en un espacio poético muy diferente del que el poeta venía transitando. En este sentido, podemos pensar en el verso romance del Romancero gitano frente a los momentos de versificación libre, más bien versicular, de Poeta, donde el ritmo extrema la línea poética, a veces, en un movimiento que podríamos llamar de “contaminación”, hipálage, o directamente inmanente: el verso sin encabalgamiento y largo de algunos poemas parece recortarse como la silueta de los rascacielos sobre la hoja del papel, o sobre la voz exigida de quien los lea en voz alta. Sin embargo, en este contexto sustancialmente distinto de la poética del Romancero, permanece una figura como la luna, y en todo su esplendor fonético. En el poema “Luna y panorama de los insectos (Poema de amor)” hallamos un uso superlativo de la palabra/imagen/figura. Lorca hace aparecer y desaparecer la palabra: la pone a prueba, la somete a su sonido. La menciona y la oculta, la interroga: ¡La luna!/ Pero no la luna. En la conferencia sobre Poeta…, Lorca escribió:
Cansado de Nueva York y anhelante de las pobres cosas vivas más insignificantes, escribí un Insectario que no puedo leer entero pero del que destaco este principio en el cual pido ayuda a la Virgen, a la Ave María Stella de aquellas deliciosas gentes que eran católicas, para cantar a los insectos, que viven su vida volando y alabando a Dios Nuestro Señor con sus diminutos instrumentos.
Cantar a las criaturas mínimas (y, aun, más pequeñas que los insectos, las lombrices y las anémonas, frente a los rascacielos y puentes, y los ríos de dinero que condenan a los hombres), escuchar, en última instancia, a la voz de la tierra.
El segundo "ritornello" fue el gran lastre argentino, Borges, quien en su poema de los dones, agradece por "las altas torres de Manhattan", moderno de toda modernidad, Borges integra el contorno de esta ciudad a la abstracción algebraica, la astronomía, etc. Cosas de Borges.
La tercera es un asunto muy personal: Beastie Boys, Una banda de rap neyorquina que escuché durante mi adolescencia y que, prácticamente, nunca dejé de escuchar. Hay una canción, "So What'cha Want" del disco Check your head, el disco de la costa oeste de la banda. Existe toda una cuestión acerca del hipo hop de la costa este y de la costa oeste que se me escapa completamente, en el de la costa oeste, según la versión Beastie Boys, habría más Nuevo México, más latinismos, pero no sé. En fin, no importa. La imagen que yo tenía de Nueva York era producto de la música y los videos de Beastie Boys, ellos eran el "tapiz provenzal" que, industria cultural mediante, yo tenía de Nueva York. Pero, tratándose de esta ciudad, casi toda la música pop le dedica una línea, ese tapiz es universal, tal como el margen del universo estaba poblado de unicornios para Colón: Nueva York es como un bosque encantado para quien la ve desde afuera y la recorre por primera vez. Los bosques encantados son peligrosos, también, y algunas de sus esquinas, mienten. Estoy leyendo mucho, ya que iba a hacer, por primera vez en mi vida, un viaje muy largo en avión (pero, de ninguna manera, el viaje más largo que hice en mi vida) a Sergio Pitol. Antes de partir, leí El viaje, una fuga de motivos eslavos en lengua mexicana y velocidad aeronáutica, porque yo utilizo, lo reconozco a esta altura de mi vida, a la literatura como un manual de autoayuda, y Pitol se la pasa viajando. La verdad de su literatura está en el viaje, así que compré un libro del mexicano universal y me lo llevé al avión. Adam Yauch (QEPD) dice en "So What'cha Want" que se siente como una lechuga en una fuente de salsa picante, no tiene causa, pero sí razón y rima. Y la verdad de este viaje es desconcertante. Viajé muy de turista, tan turista que avergonzaría a los que viajan como viajeros o quienes viajan por trabajo. Viaje porque se trata de NY, Viajé con mis dos pequeños hijos (uno y una, Dios me libre de la obsesión por el género, madre mía). Con el mayor, hablamos un rato de Drácula, y me preguntó: "¿Drácula es malo?". Y yo le dije, que sí, que es malo; pero enseguida recordé las disidencias, la amenaza de ser un "padre macho", y le dije que no, que Drácula, según algunos, no es malo.
Hasta ahora, vi una iglesia anglicana, una metodista, una bautista, una presbisteriana, varias "de Cristo", una católica, un par que no pude reconocer, se trata de iglesias, en su mayoría, neogóticas. Una de ellas tenía un estilo muy, no sé cómo decirlo, saber tan poco de arquitectura en esta ciudad es un pecado, pero digámosle modernista, muy linda, no sé de qué confesión. Vi, también, una iglesia del espíritu santo francés, algo así. Mucho (poco, en verdad) protestantismo, por supuesto. No sé quién puede estar atento a las iglesias en una ciudad como ésta; hacerlo no tiene sentido, ya que es adorablemente laica (sí, judía, por supuesto, encantadoramente) y las iglesias son de los edificios menos altos de todos. Las terrazas, maravillosas, repletas de arcos, bóvedas, jardines edénicos, metales preciosos, reclamaban un Olimpo, y allí está el imaginario de los superhéroes, transitando la urbe supra arborea, más allá del vuelo de los pájaros, en el contorno del cielo. El superhéroe reclama, exige, aun desde debajo de la tierra, en los vagones del subterráneo, en los carteles de una ortodoncia que promete mejorar la sonrisa y las relaciones sociales ("¿sabés cómo me hice esta cicatriz?"). Y, además del llamado a la gloria, lo freak: todos, por un momento al menos, nos hemos sentido tan humillados como Batman,

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