16.8.14

El rincón de los niños

(Tal vez -visa, préstamos, etc., mediante- pueda viajar, e ir a ver Die Zauberflöte al Met. Como no sé por dónde empezar, empiezo por compartir, entonces, esta pequeña nota acerca de música e infancia.)

El shock del descubrimiento
Por Pablo Gianera | LA NACION

Un musicólogo dijo en una ocasión que nunca debía estafárseles a los chicos la visión de la serpiente en el principio de La flauta mágica de Mozart. Aunque iba dirigida contra la audacia de ciertos régisseurs, que en su afán de ir al hueso prescinden de lo que juzgan innecesario, la frase tiene una validez más general: hay obras en las que la alusión al mundo de la infancia no viene desde afuera, las constituye, y prescindir de ella sería convertir la obra en cuestión en otra cosa.
Son muchas las piezas que interpelan el mundo de la infancia. El propio Mozart lo logró en Bastián y Bastiana, que por otra parte compuso a los doce años y que no es infrecuente ver representada con títeres. Pero no todas esas piezas tienen necesariamente que ser operísticas, aunque suele suceder que tengan una flexión programática. En estos días, Daniel Barenboim y Martha Argerich harán una de ellas, El carnaval de los animales, la suite de Camille Saint-Saëns, plena de gallinas, canguros y leones musicales. O Pedro y el Lobo, de Serguéi Prokófiev, también habitada por animales y destinada inicialmente -aunque sólo inicialmente- a los chicos. Incluso Peer Gynt, en la que Edvard Grieg logró una traducción sonora del universo fantástico de Ibsen. Nada de adaptaciones: el shock del descubrimiento sobreviene sin mediaciones.
Por supuesto, ¿qué chico podría resistirse a El mar de Debussy o a la vitalidad de Children's Corner, la infancia en estado absoluto, tan cercana y tan lejana de la infancia más melancólica de Ravel? Pero hay piezas que llegan más tarde, que demandan espera; hay otras que quedan encapsuladas en el universo de la infancia, y cualquier vuelta a ellas es una vuelta al tiempo perdido. Y hay por último otras que crecen y se transforman con uno. Hermann Hesse, que había conocido La flauta mágica desde chico, se preparaba, ya viejo, para ir a verla una vez más y se preguntaba si el deslumbramiento seguiría intacto, si la serpiente, podríamos agregar nosotros, depararía aún ese asombro antiguo. Hesse no escribió nada después de la función. Tampoco hacía falta: La flauta mágica es la mejor ópera (quizá, sin más, la única pieza, al margen de cualquier género) para empezar a conocer la música, y acaso también para despedirse de ella.

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