6.7.14

Música porque sí, música vana. (Stimmung)

(No lo voy a usar, lo dejo acá, para compartirlo.)

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Vladimir Jankélévitch (musicólogo y filósofo francés, 1903-1985) -con un gesto digno de Anton Ego, el crítico gastronómico de la película Ratatouille (2007) que decía: "yo no disfruto de la comida, yo amo la comida”- al final del libro Lo puro y lo impuro (1960), cuyo ritornello es el tema de la última ópera de Rimski-Korsakov, escribió:

Es cierto que la vía encontrada vuelve a perderse rápidamente; pero también es verdad que no se pierde definitivamente y que la volvemos a encontrar en todo momento, pues la impureza nunca es un estado y ningún hombre, por haber pecado una vez, merece el adjetivo calificativo de "impuro". No hay hombre tan hastiado, por corrompido que esté, que al menos no haya entrevisto una vez en su vida, y durante un divino instante, la Ciudad invisible de Kítej, mejor dicho: la ciudad casi invisible, apenas visible y a veces misteriosamente audible cuyas campanas repican en la inmensidad de la noche, la ciudad cándida donde el sol del mediodía ya no proyecto la sombra de las cosas y donde la virgen Fevronia, vestida de luz y de lino inmaculado, hace su entrada entre las flores y las oriflamas. "Subo..., todo es blanco" (Le Martyre de Saint Sébastien, V.2: "El paraíso"). Esta Kítej de luz está en el fondo de nuestros corazones: cualquier hombre puede encontrarla, en el espacio de una circunstancia y en la simplicidad de un corazón virginal y revivir de este modo la primera aurora del mundo: entonces, se convierte, durante un minuto, en el que va y avanza durante el día claro como si paseara por los campos.

Jankélévitch[1] escribió este párrafo refiriéndose a una leyenda que es motivo de la ópera La leyenda de la ciudad invisible de Kítej y la doncella Fevróniya (1905). Recordamos, entonces, aquí un epígrafe: “Pues en el arte no tenemos que ver con ningún juguete meramente agradable, sino con un despliegue de la verdad”, se trata del epígrafe tremendo con que abría Filosofía de la nueva música, de Th. Adorno.  La cita corresponde a la Estética, de Hegel. Sin embargo, los materiales musicales sobre los que escribe Jankélévitch –muchos, al menos- parecen sustraerse a esta noción de estética hegeliana. En las obras de Mompou, Ravel, Satie, ni hablar de Stravinski, no oímos las potencias del Espíritu hacia su despliegue consumado, sino el murmullo de lo que deviene bajo la incierta luz de la luna. Un devenir en la repetición, más que una dialéctica. Ese devenir “que ya Aristóteles afirmaba que es casi inexistente, dado que sólo puede ser pensado con un pensamiento crepuscular y como a través de la bruma de los sueños” (Jankélévitch, La música y lo inefable, p. 149).
La imagen de pureza y redención de la ciudad de Kitej es imagen de la tierra que canta, y de que no es necesario descender a las profundidades de lo insondable para poder escucharla. Como Jankélévitch, amamos a la música, y ya que comencé haciendo una referencia que podría confundirse con la idea de “música culinaria”, quisiera aclarar que el secreto de la comida que revela a Anton Ego la naturaleza de su amor a la comida es un plato cuyo secreto es la sencillez de la composición (además, claro, de que lo cocina un ratón). Anton recupera el tiempo perdido con ese plato, que además le revela un espacio propiamente infantil. La simpleza - una espiga movida por la brisa o por el paso de un ratón de campo- es la manera pueril de la música. Jankélévitch, aun a partir de composiciones de rasgos decimonónicos, interrogaba este murmullo de lo musical en una línea posible del arte en el siglo XX: el cuarto de los niños, la intensidad sonora de la hablilla de los pájaros y los ratones, la variación humilde. La música compone una potencia inmensa, pero está atravesada por todas las minorías de la tierra. Así, Messiaen[2] pudo agenciar sus catedrales sonoras (la ópera San Francisco de Asís) con el canto de los pájaros; o Debussy, el músico que quiso mover al canto con la ondulación del habla, hizo morir a la delicadísima Mélisande por una herida que “ni a un pájaro podría matar”.

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En el origen de la música está el ritornello; y en ella, la línea de fuga hasta la abolición. El encantamiento civilizatorio de Orfeo, y la terrible música de las sirenas que menciona Jankélévitch, y sobre la cual escribió Daniel Link:

Las sirenas han sido objeto de todas las manipulaciones y todas las interpretaciones. Kafka, Adorno, Blanchot, Foucault han tratado de descifrar la (im)potencia de su canto. Constituyen, a todas luces (pero también en la línea de sombra), un problema central en la definición del esteticismo, la autonomía y, por supuesto, la imaginación in-operante en las estéticas del siglo XX. Las sirenas son no sólo monstruos: son el prototipo de funcionamiento de los fantasmas de la literatura, de la música y de la pintura.
Vladimir Jankélévitch nos recuerda que, para Platón, “el Estado debe reglamentar, en el marco de una sana ortopedia, el uso de la influencia musical”: el canto de Orfeo (en oposición a la voz sirenaica).[3]

Música en el chamamé, las misas, el aria barroca, el lied, el canto de los pájaros, etc., etc.

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Jankélévitch:

El universo musical, al no significar ningún sentido en particular, está, en primer lugar, en las antípodas de cualquier sistema coherente. El filósofo que reflexiona sobre el mundo aspira al menos a la coherencia al tratar de resolver las contradicciones, reducir los irreductibles e integrar el mal de la dualidad y la pluralidad. La música desconoce estas preocupaciones, no tiene ideas que deba concordar lógicamente: la Armonía misma es menos una síntesis racional de opuestos que una simbiosis irracional de heterogéneos. Según Platón, ¿no es la armonía la que permite un perfecto acuerdo entre las virtudes contradictorias entre sí? La coincidencia viva de los opuestos es el régimen cotidiano, aunque incomprensible, de una vida repleta de música. (de "El 'esspresivo' inexpresivo")

La “tentación” de la música es el encantamiento y, también, el delirio, la felicidad, la remrebranza y la melancolía. Es la posibilidad para el resto de la literatura, según la célebre formulación de Mallarmé, tan rica y vital para América Latina, a partir de Darío. La música en la literatura opera como resto, en ese resto, es adonde venimos a leer: “el resto es literatura”; “el resto es silencio”; “use lo mejor, usé el resto” (Sex Pistols).

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Podría operar una lectura atenta que preste oído a esas figuras musicales que aparecen en la escritura diciendo todo, pero no significando nada[4]:

gotas de agua sonora. ¡Qué sencillo
es a quién tiene corazón de grillo
interpretar la vida esta mañana!

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En "El hornero" (un relato escrito diez años después que Canto castrato), Aira juega con un espejo deformante de esta relación escritura/música/naturaleza, a partir de la aproximación naturalista al canto de las aves y derivando aquella utopía de la forma que decía que se debía "cantar como un pájaro". En el relato, desde el punto de vista del ave, el canto se vuelve una actividad indefinida, tan relacionada con la supervivencia como con el ornamento o la angustia animal:

Lo que salía de la garganta de los hombres era funcional, simple, manejable; lo del hornero, el canto, el pío, era un garabato onírico en el que se mezclaban caóticamente la función y lo gratuito, el sentido y el sinsentido, la verdad y la belleza. Los hombres no tenían problemas por ese lado, la Naturaleza se los había hecho fácil: desde que nacían o poco menos (desde que, en su primer año de vida caía la "persiana" del instinto), depositaban todo el sentido en el lenguaje, y lo que quedaba afuera era marginal e insignificante. ("El hornero" en Relatos reunidos, Buenos Aires, Mondadori, 2013, p. 147)

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[1]  Jankélévitch, frente a la consumación del nazismo, se deshizo de toda la tradición germánica de su pensamiento para abrazar una línea ruso-francesa. Un movimiento ético y moral que podemos asociar al de Pascal Quignard de El odio a la música; para Quignard, hay una retórica de la cacería y la muerte en un cuarteto de cuerdas, una retórica del sonido que es puro indicio de la muerte (por el arco tensado) para la presa en fuga. Esta relación musical depredador-víctima, fue reactualizada, según él, en los campos de concentración y exterminio de la Alemania nazi.

[2]  Por la mezcla de sus cantos, los pájaros hacen superposiciones de pedales rítmicos extremadamente refinados. Sus contornos melódicos, los de los mirlos sobre todo, superan en fantasía la imaginación humana. Puesto que emplean intervalos no temperados, más pequeños que el semitono, ya que es ridículo y vano copiar servilmente la naturaleza, vamos a dar algunos ejemplos de melodías tipo “pájaro”, que serán una transcripción, transformación, interpretación de los silbidos y trinos de nuestros pequeños servidores de la inmaterial alegría. (Messiaen, O. Technique de mon langage musical, citado en Willems, E. El ritmo musical, trad. Violeta Hemsy de Gainza, Buenos Aires, Eudeba, 1964)

"El cielo de Marte se puede comparar a la Música, por dos propiedades: es la una su más hermosa relación, porque, enumerando los cielos movibles, por cualquiera que se comience, ya sea el ínfimo o el sumo, el cielo de Marte es el quinto; está en medio de todos, a saber: de los primeros, los segundos, los terceros y los cuartos. La otra es que Marte seca y enciende las cosas; porque su color es semejante al del fuego, y por eso aparece de color de fuego, cuándo más, cuándo menos, según el espesor y raridad de los vapores que le siguen; los cuales se encienden muchas veces por sí mismos, tal como está determinado en el libro primero de la Meteora. Y por eso dice Albumassar que el encendimiento de tales vapores significa muertes de reyes y transmutación de reinos; porque son efectos del señorío de Marte. Y Séneca dice por eso que en la muerte de Augusto emperador vio en lo alto una bola de fuego. Y en Florencia, al principio de su destrucción, fue vista en el aire, en figura de cruz, una gran cantidad de estos vapores secuaces de a estrella de Marte. Y estas dos propiedades existen en la música, la cual es toda ella relativa, como se ve en las palabras armonizadas y en los cantos, de los cuales resulta tanto más dulce armonía cuanto más bella es la relación; la cual en tal ciencia es más bella que ninguna, porque principalmente se la propone. Además, la música atrae a sí los espíritus humanos, que son casi principalmente vapores del corazón, de modo que casi cesan de obrar por completo; de tal modo está el alma entera cuando se la oye, y la virtud de todos ellos corre al espíritu sensible que recibe el sonido".  (Dante, A. Convivio…)

[3]  Esta cita está tomada de http://linkillo.blogspot.com.ar/2009/09/esto-ha-sido.html. Para un desarrollo de la figura y el canto de la sirena ver: Link, D. Fantasmas. Imaginación y sociedad (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009)

[4]
“Las obras logradas podrían ser caracterizadas por el hecho de que dicen todo y no significan nada”, escribe W. Hamacher (95 tesis sobre la filología).

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