11.3.14

Diario del Colón (2014) I - Nuevo museo del chisme

Atención, que vamos a empezar. 
Cuando hayamos llegado al final de esta parte 
sabremos más que ahora...

Este año no tendré el dorado abono de ópera.

No puedo pagarlo, no puedo sostenerlo. Dos hijos, estudios, una carrera universitaria muy atrasada, un "escándalo" (un pequeño escándalo) vinculado a mis estudios a fines del 2013 que enturbió mi (amada) dedicación a la lectura del siglo veinte, un trabajo difícil (coordino un programa de lectura en el Ministerio de Educación de la Ciudad) con compañeros excelentes y otros no tanto: todo esto me lleva a no poder contar con las secretas noches del teatro.
Digo "un trabajo difícil" porque me considero poco capacitado para llevar adelante semejante desafío, pero los escasos recursos destinados, me hacen pensar que quien veraderamente estaría capacitado para semejante tarea, no aceptaría este trabajo en serio. Tomármelo en serio, me llevó a perder dinero: mis ahorros, que en su momento alcanzaban para compar un auto pequeño, se esfumaron. No me quejó, aprendí mucho, y así y todo, hay compañeros de trabajo (durante años anduve por muchas escuelas con ellos) que son generosos o, dicho de manera positiva, son ambiciosos.

Cumplí cuarenta y tres años. Cualquier poeta que se precie, ya ha dado lo que tenía que dar a esta edad. Pero la poesía es otra cosa. Seguiré escribiendo, con cuidado, amor y alegría.
Hace algunos años -bajo el reinado de Benedicto XVI-, me he convertido en católico. Sin embargo, mi vida amorosa está constituida junto a una mujer hermosa que se considera atea. Ella fue bautizada por la Iglesia Católica, yo no. Pero como fui bautizado (por el rito protestante) "en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", me considero hijo de la Iglesia. Mi relación con los sacramentos es bastante imaginaria, digamos. Me encanta escuchar misa; y en cierto sentido, considero que mi fe tiene mucho de religión, no tanto de "re-ligar", sino de relegere, de releer. Al hacerme católico, he vuelto a leer mi vida, a través de un cristal terrible, es cierto. Pero no puedo dejar de pensar en Joseph Roth y su fidelidad a un mundo, también imaginario y universal que, sin embargo, se desmoronaba. Lo de Roth es más delicado que convertirse a la fe catóilica: se trata de la fidelidad a una -ay, no sé si decirlo así- "utopía", la de un emperador capaz de contener a todos los súbditos, a los bordes de un imperio (sobre todo, la posibilidad de los bordes).
En fin, si esto falla, me haré budista. La personalidad religiosa de Ratzinger me resultó verdaderamente encantadora. Su religiosidad a prueba de balas, sus zapatos, su gusto musical y su impecable apostolado.
Esto me trae problemas y contradicciones, aun en el seno mismo de mi vida familiar. Soy un cristiano nuevo, como Góngora (tal como acusaba a Góngora el noble venido a menos de Quevedo). Esta deriva barroca me entusiasma. He estado en innumerables conversaciones con gente educada en colegios palotinos o colegios de monjas, todas ellas portadoras de una tradición que aborrecen o no, pero que se les cuela por todas partes en una discursividad acrítica. Yo no sé. La idea de una religión no pura, un reindo de este mundo, me seduce, me parece seria.

¿Qué tiene que ver todo esto con la música y mi asiento en el teatro de ópera? Mi querido amigo, tiene que ver con las ruinas (aun las pulidas ruinas) y con la naturaleza que se abre paso, muere y vive, con el ritmo del mundo, el trino de las aves, la canción de la tierra.

Este año, la primera obra que iré a ver se llama La vendedora de fósforos, de Helmut Lachermann, basada en el célebre cuento de H.C. Andersen. Ahí tienen toda la moralidad escandalosa de la música. Ya fuera por el citarista afeminado, por los arabescos inmorales cuyo paso irritaba a Platón (y a Tolstói), la música posee una tensión moral que es difícil de asir y controlar (¿Orfeo o las sirenas?). ¿Qué significa la música? Significa muerte de reyes y transmutación de reinos. Ya sea transmutaciones de la voz o las mil mesetas del ritornello y su peligrosa línea de fuga. Esa tensión que encantaba a W.H. Auden ("No, Plato, no..."), por ejemplo. Nada menos.
No conozco esta obra de Lachermann, pero recuerdo "La reina de las Nieves" de Andersen (cuento sobre el que está basado Frozen, de los estudios Disney).
No soy yo, es César Aira quien revindica para su estética la conjunción del cuento de hadas y la imaginación dadaísta (la sorpresa ante el artefacto moderno). Si me preguntan, diré que para mí, las mejores óperas modernas, las que más justifican el uso de una convención tan delirante como el escandaloso parlar cantando, son aquellas que están basadas (insipiradas, digamos) en cuentos de hadas, como, por ejemplo, la extraordinaria Cachafaz de Oscar Strasnoy basada en el gauchesco de hadas homónimo de Copi.
En esa delirante alegría de un mundo peligroso, tiene lugar la posibilidad de una muchacha que muere cantando, o de dos amigos que se aman como hermanos recorren todo el mundo para encontrarse.
En esos fragmentos de un cristal terrible, como los cuentos, como los fragmentos de ópera, hay una lengua (que son muchas lenguas, como las fronteras de un vasto territorio) hecha de muchísimos cuentos que quiero volver a escuchar.

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