29.1.14

G. Abamben - La historia como misterio

La Iglesia, al renunciar a toda experiencia escatológica de su propia acción histórica (al menos en el plano de la praxis, ya que en cuanto a la doctrina la teología del siglo XX, desde Barth hasta Moltmann y Von Balthasar, ha retomado los temas escatológicos) ha creado por sí sola el fantasma del mysterium iniquitatis. Si quiere desembarazarse de ese espectro, es preciso que vuelva a reencontrar la experiencia escatológica de su acción histórica, de toda acción histórica, como un drama en el cual el conflicto decisivo siempre está en curso. Sólo así podrá disponer de un criterio de acción que no sea subalterno, como de hecho es ahora, respecto de la política profana y del avance de la ciencia y la técnica, que parece perseguir por doquier intentando en vano ponerle límites. No se comprende, en efecto, qué ocurre hoy en la Iglesia si no se ve que ésta sigue en todos los ámbitos las derivas del universo profano que su oikonomía ha generado.
Existen en la Iglesia dos elementos inconciliables que, sin embargo, no dejan de cruzarse históricamente: la oikonomía, la acción salvífica de Dios en el mundo y en el tiempo, y la escatología, el fin del mundo y del tiempo. Cuando el elemento escatológico fue dejado de lado, el desarrollo de la oikonomía secularizada se pervirtió y se convirtió literalmente en sin fin, es decir, sin objetivo. Desde entonces, el misterio del mal, desplazado de su lugar propio y erigido en estructura ontológica, le impide a la Iglesia toda elección verdadera al mismo tiempo que le provee una coartada a sus ambigüedades.
Creo que sólo si se restituye el mysterium iniquitatis a su contexto escatológico, una acción política puede ser de nuevo posible, tanto en la esfera teológica como en la profana. El mal no es un oscuro drama teológico que paraliza y vuelve enigmática y ambigua toda acción, sino un drama histórico en el cual la decisión de cada uno está siempre en cuestión. La teoría schmittiana, que funda la política en un "poder que frena" no tiene ninguna base en Pablo, en quien el katékhon no es sino uno de los elementos del drama escatológico y no puede ser extrapolado de éste. Y es en este drama histórico, en el cual el éskhaton, el último día, coincide con el presente, con el "tiempo de ahora" paulino, y en el cual la naturaleza bipartita del cuerpo de la Iglesia como el de todas las instituciones profanas llega por fin a su develamiento apocalíptico; es en este drama siempre en curso donde cada uno es llamado a cumplir su parte, sin reservas y sin ambigüedades.

No hay comentarios.: