23.12.13

"No me maten, hijos míos…"


Los golpes pasan cómo ráfagas,
apenas alcanzan a verse las manos que golpean.
Salvo por el estremecimiento en el rostro del agredido,
todo se pierden entre los estertores
de la mala calidad de la imagen digital
que da cuenta de ese momento.

Como en los recitales de Justin Bieber, supongo,
o en cualquier balneario, paseo turístico o parque temático:
las cámaras están registrando,
multiplicando los velos de la realidad,
siempre, en todo el orbe.

En este caso, vemos "un acontecimiento trascendente
a nivel mundial" (como diría el noticiero):
los últimos instantes de la vida de un hombre
que generó la movilización de las fuerzas armadas
de, por lo menos, cuatro potencias políticas y económicas.

Estos breves segundos de imágenes,
sin embargo, muestran la juntura de varios tiempos entrecruzados:
el de la política mundial y la guerra
(ejércitos, burocracia, ingentes cantidades de combustible, tecnología, etc.),
el de la vida política de una (a la mirada occidental)
"extravagante" dictadura al norte de un continente
cuyas aguas tocan las aguas del mare nostrum
-los papas también son extravagantes -,
y una vida ante la insensatez de la violencia.

Tal una línea de Apeles (según Agamben),
esta imagen sería la línea que muestra y divide lo político y lo vital,
enredada en un cuerpo embrutecido.
(El cadáver sería enterrado en un lugar secreto para evitar las procesiones.)

El tiempo que registran estas cámaras
-con imágenes borrosas y nerviosas-
es un tiempo que estaba cumplido:
Gadafi iba a morir como un poema rimado,
un soneto, por ejemplo,
que sabemos que terminará
y cuyo tiempo cumplido es tramitado por la rima.
La rima de la violencia cercaba ya la vida
(le daba un cerco) de quien iba a morir.

Hacía tiempo que se desplazaba,
se movía entre diferentes residencias.
La última guarida, parece ser,
la encontró en un caño de agua,
una alcantarilla:
acurrucado, sin ningún ethos épico.

Los aviones de las naciones en guerra
habían dado con la caravana en fuga.

No sé qué abismo o éxtasis puede sentir
quien sabe que será asesinado
o que está ante una muerte violenta.
Tal vez, al verse a sí mismo como un padre o una víctima,
una figura, en última instancia,
clamó aquello de: "No me maten, hijos míos".
¿Palabras propias de un poema de guerra nacional
("Muero contento..."), finalmente?

El final de cualquier poema es una pequeña catástrofe.

Nada más alejado del cuerpo envejecido,
golpeado, feo y ennegrecido de sangre y arena
de este dictador (que vemos en el momento de su captura)
que la imagen del rapto de una koré,
esas niñas fugitivas que acompañan el misterio del tiempo y la palabra:
niñas prerrafaelistas, "muchachas suspendidas frente a la muerte",
chicas raptadas, que en el momento del rapto
dejan la huella del esplendor del mundo en su falta
y la promesa de su protesta;
las muchachas en flor y las niñas japonesas de la canción de Mahler
no parecerían tener nada que ver
con las imágenes de este hombre viejo,
a punto de ser asesinado.

Pero yo estaba leyendo un libro
cuando vi la noticia de la muerte del libio.

(Ahora, leo que el cadáver estuvo guardado un tiempo
en un congelador de un shopping...)

Silvio Mattoni rastreaba
con sensibilidad e inteligencia en Koré (Beatriz Viterbo, 2000)
las ausencias que estas muchachas
dejan sobre la palabra poética,
intentando iluminar el misterio de "las doncellas del minuto" (J.L. Ortiz).
La muchachita, que "es casi un hilo
por que respira el anochecer" (p. 79).

También la lengua barroca
-tan extravagante- fundaba su moral en el rapto de la belleza y la violencia
del mundo, recuerdo “los pasteles de a cuatro”
en la entrada de la ciudad castellana, los cuerpos
de los condenados.

Ese momento de peligro de la muchacha
es un tiempo ante-último,
un tiempo que se percibe en su fugacidad,
o que en la representación
hace trastabillar a "aquello que se llama real,
y no es sino irrealidad incesantemente desmoronándose".

En estos extremos: la muerte de un dictador viejo
y las figuras poéticas
en cuyo interior se desliza
el dolor del mundo hacia "una playa vacía"
pude, no sé, percibir
el paso de un tiempo o vida que se precipitan hacia el peligro.

"A Gadafi, lo custodiaba un ejército de vírgenes suicidas",
dicen los diarios y lo repiten algunas páginas
repletas de imágenes extravagantes,
como quien buscara protegerse de la muerte violenta,
tentándola con el misterio de su víctima preferida.

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