11.9.13

Diario del Colón 6 – Ti confiderò che io vorrei essere scrittore di musica (Le nozze di Figaro, 20 de agosto)

Cuando llegué al teatro, la función había comenzado hacía unos veinte minutos (se había adelantado media hora sin aviso) y por lo tanto tuve que sentarme en el extremo lateral de la galería: la franja ciega del teatro, desde donde no se ve el escenario, salvo alguna mínima línea del proscenio -con lo cual se alcanza a ver el zapatito de alguna cantante (Rossina y Susanna eran encarnadas por dos hermosas mujeres)-, media orquesta (la graciosa orquesta mozartiana) y, sí, la cúpula y las localidades (los detalles del techo, las torciones del clasicismo estatal) a pleno que parece un precipicio tipo Matrix o cualquier utopía negativa de control social. Desde esa posición, el artificio y la voluptuosidad onírica de la ópera se me revelaba a pleno: ahí, al borde de la atención (y la desatención, muchos cuchichean y sacan fotos) estaba la orilla del gran espectáculo del siglo XVIII, como un ruido de fondo, la música de Mozart se me parecía a una promesa que no llegaba a articularse, aquella promesa de una vida sin angustia era un sonido que insitía ajeno a mi incomodidad y mal humor.

Al finalizar el primer acto, pude correr a mi asiento. Pero la experiencia de la distanciación había ocurrido: educado sentimentalmente por las ostranenie, el extrañamiento del formalismo ruso, ya había quedado a una prudente distancia del acontecimiento teatral y se me había presentado como una rara especie del mundo. La ostranenie es mi “nobleza”: la sin nobleza (snob) que heredé de aquel grupo de investigadores literarios que vivieron, sufrieron y pensaron en el marco de la dictadura del proletariado. Esa sensibilidad, aprendida en las lejanas primeras horas de cursada en Letras, es una unidad mínima de luz que quería acercarse a la potencia específica de lo poético. Un intento de dar con el metro que Apolo impuso al fluir de las ninfas.

Entonces, me sentí extrañado frente al fenómeno visual, sonoro y social del que estaba participando. Y estaba frente a Mozart, el menos dramático de todos los músicos que ama la pequeña burguesía. “El menos implicado” en el desastre del que hablará Pasolini. Aquellas palabras se referían a Aldo Moro en el “Artículo de las luciérnagas” (publicado en Escritos corsarios), pero la matriz de pensamiento es la misma. Mozart es el músico preferido de los teatros líricos del mundo, del gran espectáculo de la burguesía.
Las bodas de Fígaro es la más burguesa de todas las óperas de Mozart. En ella se plantean, a partir de la obra de teatro de Beaumarchais, los conflictos de la clase burguesa con los poderes de la nobleza (representados en el conflicto Fígaro/Almaviva). El libreto de Lorenzo Da Ponte, quien morirá en Estados Unidos, es un nervioso vaivén de suspicacias, veleidades, divertimentos de armario (ah, el travestismo y, más allá todavía: el devenir mujer, tan importante en esta ópera, en toda la música, por lo menos hasta 1830) y de rondas a las que la burguesía vienesa -madre de toda burguesía- sería tan afecta.

Con respecto a la relación música/letra, en un antiguo manual de música leí una vez que en Cossi fan tute (la última ópera en colaboración Mozart/da Ponte -ópera que es un destilado de deseos en el marco de jóvenes en edad de merecer, donde las máscaras de lo entrevisto son el semblante de lo que se desea) las palabras dicen todo el tiempo mentira”, mientras que la música dice verdad”.

La música nunca miente, es cierto. Y eso es terrible: Ein jeder Engel ist schrecklich (Todo ángel es terrible) escribió Rilke. Tiempo después, Pasolini escribió en Poeta de las cenizas (¿Quién soy?) que quería dedicarse a la música en una torre de Viterbo: la música no miente. Mozart no miente, Mozart (el niño, el músico, el hombre que recorrería casi toda Europa en interminables viajes para deleitar a marquesitas y emperadores) no mentía: podemos leerlo en sus cartas, y no lo hacía, tampoco, en sus óperas; no minitió frente al emperador, ni ante su padre.Desde la perspectiva pequeñoburguesa, Mozart siempre fue un “ángel”: el ángel de la música. 
Por eso me encanta cuando Pasolini escribe:

Mi madre tuvo que rebajarse a trabajar de criada por un tiempo.
Y ya nunca me curaré de este mal.
Porque soy un pequeño-burgues y no sé sonreír…
como Mozart…
En una película -que titulé “Pajarracos y pajaritos”-
intenté, es cierto, la ópera bufa, la ambición suprema de un escritor,
pero sólo lo conseguí a medias,
porque soy un pequeñoburgués
y tiendo a dramatizarlo todo.

Mozart no dramatizaba, no mentía, no era un pequeñoburgués. Y era la ambición suprema del joven Pasolini. En esto pensaba, mientras veía esta representación de Las bodas... extrañado y triste.

El final del segundo acto de esta ópera es una máquina musical extraordinaria, en esa recámara (una recámara, el espacio a donde Erich Auerbach fue a leer la técnica narrativa realista) donde el joven y caliente Cherubino, un “angelito” encendido de deseo sexual, quiere saber qué cosa es el amor (Voi che sapete), tiene lugar un juego de apariencias y acusaciones cruzadas encantador. Mozart escribió para dicha escena duos, tercetos, cuartetos... hasta un septeto para las voces, voces que se seducen, se mienten, se atraen y se disfrazan; mientras la música se mueve, sólo como la música puede hacerlo, de manera oregánica, acentuando con su ritmo natural (la música es asunto de los pájaros) lo escandido por la palabra.
En esta recámara que es el escenario de ópera, la música imprime un tiempo, si no maravilloso, inusual y hospitalario al que escucha.

Pues bien, antes de dejarte te confesaré
que me gustaría ser escritor de música,
vivir rodeado de instrumentos
en la torre de Viterbo que no consigo comprar,
en el paisaje más hermoso del mundo, donde Ariosto
habría enloquecido de dicha al verse recreado con tanta
inocencia por robles, colinas, aguas y barrancos;
y allí componer música,
la única acción expresiva
quizá, alta e indefinible como las acciones de la realidad.

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