13.8.13

Babel - El folklore en el Antiguo testamento (J.G. Frazer)

Los primeros días el mundo, la humanidad hablaba un mismo lenguaje. Viajando en una larguísima caravana de nómadas, los seres humanos que poblaron la tierra llegaron procedentes del Oriente a las grandes llanuras de Sinar o Babilonia y se establecieron en ellas. Construyeron sus casas con ladrillo, que unieron con un mortero de argamasa, porque la piedra es rara en los suelos de aluvión de aquellas vastas planicies pantanosas. Pero no contentos con levantar una ciudad que los albergara quisieron construir, con los mismos materiales, una torre tan alta que su extremo llegase al cielo. Los movía el deseo de perpetuar su nombre a lo largo de las generaciones venideras y también el de impedir que los habitantes de la ciudad llegasen a dispersarse por toda la superficie de la tierra. Pues si alguien se alejaba de la ciudad y se perdía en la llanura sin límites, le bastaría volverse hacia el oeste para ver en la distancia el perfil oscuro de la esbelta torre que se recortaría contra el cielo brillante del atardecer, o en su caso volverse hacia el este para poder admirar la cúspide de la torre iluminada por los últimos rayos del sol poniente. De esa manera, habría hallado el rumbo y, guiado por el excepcional hito, reconocería el camino que habría de llevarle de vuelta al hogar. La idea era buena, pero no tuvieron en cuenta la envidia y el poder del Altísimo. Pues mientras se hallaban en plena construcción, con todas las energías puestas en el empeño, Dios descendió a la tierra para contemplar la ciudad y la torr que los hombres levantaban con tanta prisa. Lo que vio no lo dejó contento, por lo que dijo para sí: "He aquí que forman un solo pueblo y tienen todos ellos una misma lengua, y éste es el comienzo de su actuación; ahora ta no les será impracticable cuanto proyecten hacer". A lo que parece, le había asaltado el temor de que cuando la torre alcanzase el cielo, los hombres se apresurarían a subir por ella y desafiarlo en su morada, cosa que de ninguna manera podía permitirse. De modo que decidió cortar en flor el proyecto. Y se dijo a sí mismo o a sus consejeros celestiales: "Ea, bajemos y confundamos allí su lengua, a fin de que nadie entienda el habla de su compañero". Y tal como lo pensó, lo hizo; bajó y confundió el lenguaje de los hombres y los dispersó de allí por toda la faz de la tierra, y cesaron de construir la ciudad y la torre. Por ello, se la denominó la torre de Babel, que quiere decir confusión, porque allí confundió Yahvé el habla de toda la tierra.

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Los autores del Génesis no dicen nada acerca de la naturaleza del lenguaje común que hablaba toda la especie humana antes de que ocurriese la confusión de lenguas, lenguaje que según se podría suponer emplearon nuestro primeros padres para hablar entre ellos para dirigirse a la serpiente y para responder a Dios en el jardín del Edén. En épocas posteriores se dio por sentado que el hebrero había sido el lenguaje original de la humanidad. Parece ser que los padres de la Iglesia no tuvieron dudas al respecto; y en tiempos recientes, cuando la filología se hallaba aún en pañales, se hicieron esfuerzos denodados, aunque fallidos, para tratar de demostrar que todas las lenguas que se hablan en la actualidad en el mundo habían derivado de la hebrea supuestamente original. En tan ingenua pretensión los eruditos cristianos no se portaron de manera diferente a la que los sabios de otros credos religiosos, que vieron en el lenguaje de sus escritos sagrados no sólo la lengua hablada por nuestros primeros padres, sino también la empleada por los dioses mismos en sus conversaciones domésticas. El primer que en nuestros tiempos atacó con eficacia semejante error fue Leibnitz, que en una ocasión observó lo siguiente: "Existen tanto motivos para suponer que el hebreo fue la lengua original de la humanidad como los que hay para adoptar la opinión de Goropius, que en el libro que publicó en Amberes en 1580 trató de demostrar que la lengua hablada en el paraíso había sido el holandés". Otro escritor sostuvo la tesis de que Adán había hablado el vasco; mientras que otros, adelantándose a las mismas Escrituras, introdujeron la confusión de lenguas ya en el Edén, y así afirmaron que Adán y Eva hablaban en persa, que la serpiente había hablado en árabe y que el afable Arcángel Gabriel había conversado con nuestros primeros padres en turco. Pero no acaba ahí la lista de escritores excéntricos: hubo otro que sostuvo seriamente que el Todopoderoso se había dirigido a Adán en sueco, que Adán había respondido en danés a su Hacedor y que la serpiente había tentado a Eva en francés. Estamos autorizados a suponer que semejantes teorías filológicas estaban teñidas por los prejuicios nacionales y las antipatías que sentían haca otros pueblos los filólogos que las habían propuesto.

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