22.6.13

Diario del Colón 4 - "He perdido por completo la capacidad de pensar o hablar de manera coherente sobre ninguna cosa". (La mujer sin sombra. 18 de junio)

Este martes pasado tendría que haber ido al teatro, pero no pudo ser.
La vida, aun la laboral, aun la nuestra, tan medida por el ritmo del trabajo, tiene algunos imprevistos. Los imprevistos no son, en general, asuntos de la alegría, sino de la contrariedad; y un imprevisto me impidió ir a ver una de mis, tal vez, 20 óperas preferidas: una suerte de Flauta Mágica hinchada de absoluto operístico (esto es musicalidad y dramatismo wagnerianos): La mujer sin sombra, de Richard Strauss, con libreto de Hugo von Hofmannsthal.
Strauss y Hofmannsthal asociados en una ópera, ya la harían, por lo menos, interesante. Además, hubo una guerra, una Gran Guerra: la Primera Guerra Mundial que se interpuso a su estreno. Hofmannsthal es el poeta que en un escrito marginal dejó escrito el gesto de la literatura del siglo veinte, y Richard Strauss fue el músico que, como cuenta cualquier historia de la música, se asomó al abismo de la atonalidad -entrevió las figuras de la carnicería expresionista, de la nueva objetividad, si quieren- y asustado, se replegó en un postromanticismo furibundo, incapaz de continuar las modulaciones “degeneradas” que el griterío histérico de Salomé le traía en bandeja de plata. Los prolijos homenajes que le rendirá el régimen nazi, lo encontrarán mudo (aceptándolos) y confundido: Strauss se quejará amargamente de que quienes le homenajeaban le impidieran trabajar con Stefan Zweig como libretista, el escritor que finalmente se suicidará en Brasil, angustiado por la desintegración del mundo, en el lecho junto con su mujer.
Brasil me parece un país bastante suicida, la verdad.
Pongamos donde pongamos la atención en esta obra, todo es decadencia, incertidumbre, espanto (histórico) y niñez: ella está concebida como un cuento de hadas, un cuento de hadas muy tardío.

De manera paradójica, o no, cuando se habla de La mujer sin sombra, se habla de "la unidad entre música y texto". Qué extraño: el autor de las palabras, Hofmannsthal, había hecho profesión de fe de la ruptura, o no tanto, sino de un malestar intenso, de la desintegración de la certeza que lo empujaba hacia una molecularización de la existencia, y que le hacia sentir empatía con los ácaros, las ratas, las vidas "menores" de la Creación. Sin embargo, podemos aceptar que el poder desintegrador de la música (Deleuze) le brindaba la posibilidad de escribir un larguísimo libreto, ya que -de todas maneras- el crujir de las maderas y el sinfonismo celestial terminaría por deshacer toda vanidad humana. Por otra parte, el primer acto de la ópera es desmesurado y de un aliento quebrado, tan puntilloso como intrincado: ¿qué unidad? Aunque, el final de ese duro primer acto feérico (digamos) parece invitarnos a confiar en "la antigua protesta de la música: la promesa de una vida sin angustia".
Esto lo escuché, o me lo contaron; no sé qué pasó esta vez, porque no pude ir a ver la ópera.
¿Vieron toda las sombras en la foto de Asia Argento?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

comento no sobre este articulo sino sobre carta abierta al poder ejecutivo. La verdad, sin ser oficialista, escribir una carta con tanta solemnidad para smejante huevada me irrita los huevos. y mas que la propongas como lectura. Saludos porque si

Anónimo dijo...

comento no sobre este articulo sino sobre carta abierta al poder ejecutivo. La verdad, sin ser oficialista, escribir una carta con tanta solemnidad para smejante huevada me irrita los huevos. y mas que la propongas como lectura. Saludos porque si