18.5.13

La música y el Estado se aman

La semana que viene voy al teatro a ver dos óperas de Rachmaninov. Dos óperas del tardío romanticismo ruso. En Rusia, todo es Estado. Todo la vida está inscripta en la regulación del Estado. Pero no hablo de la "verdadera" Rusia -no tengo idea cuál pudiera ser- cuando pienso en Rusia, sino de la vasta llanura imaginaria que, contrastante con el clima de América del Sur, se desplaza junto a mí (desde que leí por primera vez Dostoievski, pero más Chéjov y cuando me enamoré de Boris Godunov) en la sensación de frío y las formas que tome la desolación, como pueden ser, por ejemplo, los grandes caminos circunvalantes que rodean a las ciudades capitales para perderse, como capilares nerviosos, en los barrios del conurbano donde me crié.

FOTO.

El de la izquierda es Valery Gergiev, famosísimo director de orquesta, protagonista de una "edad de oro discográfica" que se desarrolló en los tempranos ´90 con grabaciones de importantes (y no tanto) óperas rusas que iban del nacionalismo (ruso, obvio) a algunos mastodontes "soviéticos" de Prokofiev (como la extraña y larga Guerra y Paz), que dialogaban con aquella tradición política. Junto al director, marcha el exjefe de la KGB, Vladimir Putin. El músico le está mostrando algo del nuevo teatro Mariinsky que dirige, un armatoste caro, zarpado (ruso) que se parece a un shopping.


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