3.5.13

Diario del Colón 2 - Vanidad de vanidades (Carmen, 23 de abril)

Abrumado por la cantidad de mensajes que recorren las alturas celestiales de nuestra región, entre otros: un clima que parece para siempre tibio o caluroso, un fenómeno estelar, digno de Stalker, ocurrido en Santiago del Estero, cuya estela y día instantáneo alcanzó el litoral del Paraná, un Papa argentino -quien cierra una serie, de la cual Joseph Ratzinger fue una gran pieza anacrónica, una especie de príncipe renacentista seteado en el siglo XX-, Francisco, algo así como un papa franciscano y punki (lo cual, para los pasos necesariamente lentos de la Iglesia Católica -debo la conjunción de Ratzinger y Messiaen el descubrimiento de la Fe- no estaría mal).

Señales del cielo y de la política. Hace unos treinta y siete años, fue aquel salto de tigre de la moda llamado Sex Pistols que arrojó la bella frase (el nihilismo es bello, siempre; las mariposas, las flores, la niñez son nihilistas): your future dream is a shopping scheme! Treinta y siete años, para los términos conciliares de la Iglesia son un segundo, un día: la espectacularidad (punk) de este nuevo jefe espiritual sería un logro interesante. Esta espectacularización podría entenderse como una "resistencia" al fin del mundo, y a la vez posibilidad de su realización. Las señales celestiales son bastante claras y lo suficientemente confusas: tal vez, haría falta cierta interpretación reaccionaria como para darle el volumen necesario, yo no soy capaz de hacerlo. Conservo algunos gestos supersticiosos, los suficientes como para parecer sociable y nada más.

En el medio de esta constelación de poder y gloria, yo entraba al teatro aturdido por un cansancio enorme: crisis laboral, crisis de edad, crisis espiritual. Lo cierto es que el cielo y la vida seguirán su curso, y siempre resonará, si no en la voz del poeta, en la ingenua voz de la tierra, la sentencia del Canto LXXXI de Ezra Pound: "Pull down thy vanity, pull down!". Problemas son vanidades, lo cierto es cierto que sufrimos y nos desesperamos, somos vanidosos, y nuestros problemas nos ubican en el mundo.
Así, entré a ver Carmen. La primer ópera de mi novísimo abono 2013.

Llegué tarde, no podría haber llegado temprano en esas circunstancias. Entrar tarde, ya a oscuras, al gran teatro del mundo es muy extraño. La verticalidad de las localidades altas y la oscuridad de la platea hacen pensar en un cierto vuelo (Adorno había imaginado al teatro como una suerte de esfera flotante) por sobre la vanidad (la platea) del mundo. El elemento más potente con el que se topa un recién llegado al teatro es el perfume. El teatro es un espacio espacio sodorizado: una generosa y espesa pátina de olores artificiales señalan la ubicación de los cuerpos. Olores y luz tenue  estamos en la ópera. Cuando comenzó la obertura de la mejor broma de Nietzsche pensé en que la historia (¿cuenta la música una historia?), más o menos violenta, trata sobre el choque de civilizaciones. Carmen es una "gitanerie" con un ritmo endemoniadamente divertido en algunos pasajes, y es una inteligente reflexión sobre el amor y su estructura más deseante: el vicio. Carmen es el tabaco, el rapé, es una niña, un poco trola, bastante pendenciera, creida y con carisma. En general, la ópera se dedicó a matar a muchachas en flor. Y Carmen, rojita ella en su alboroto, se entrega a esa tradición. Nietzsche había elegido a esta ópera como el signo de los tiempos solares, la música meridional y peregrina -los gitanos siempre están de gira-, opuesta a la rigurosidad de un lenguaje musical en particular, el wagneriano, cuya ensoñación podría empantanarse en una violencia de corte político y estatal (Dante ya sabía que en la música hay un desplazamiento de ese orden: cuando don José asesina a Carmen, muere un reino imposible). Aunque Carmen es espectáculo (esas melodías supercontagiosas), con sus cambios de ritmo y virulentas melodías (¡supercontagiosas!), tiene algo de descontrol productivo. Los momentos festivos, cuando los bronces tocan fuerte y las danzas y marchas ganan en volumen (algo destemplada sonó la orquesta, por momentos, pero muy graciosa y ebria en otros), uno siente el deseo de encender algo. Evidentemente, el Abono Nocturno Nuevo (el de los martes a la noche) es un abono de familiares e invitados. Mucho grito exagerado ante interpretaciones correctas, hechas con oficio, pero que no alcanzaron a atraparme, a llevarme a ese momento de extrañeza (¿vengo a buscar al teatro de ópera, acaso, la conmoción del poema de vanguardia, la experiencia del formalismo ruso?) que me hiere y arrebata, aunque me gusta ver a los músicos trabajando en el foso, en su particular lucha sindical, y a brazo partido con los poderes del material musical. Después de todo, Carmencita es una obrera.

Me contaron que en una puesta reciente de Carmen montaron el campamento gitano repleto de autos de alta gama, naves como las que veo estacionadas alrededor del Hospital Durand cuando hay, tal vez, algún jefe de clan internado.

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