12.4.13

Diario del Colón 1 - Un millón de postales

En la soledad del palco yo, moderno, yo, desprovisto de prejuicios, yo, enemigo de los salones, yo, a quien el látigo de la derrota no ha extraído de la mente nada de su pretensión y altanería, meditaba que en el mundo donde el hombre se adora a sí mismo por medio de la música me convence más que el mundo donde el hombre adora a la música.
W.G.

Tengo un abono para Galería en el Teatro Colón.
Primera fila. En Galería, vi Rinaldo. Cómo me gustan esas obras barrocas, en este caso tardías, llenas de magia y omnipotencia, que querían ser una actualización de la tragedia griega, en el caso de Händel, mucho tiempo después de la aventura fiorentina y, particularmente en el caso de Händel, ya como materia espectacular. En fin. La primera vez que me senté en Galería fue en el 2012 para ver Rinaldo. La primera fila de galería del Teatro tiene mucho terciopelo, por lo tanto, tiene mucho polvo, mucho color rojo y pelitos. Este marco perspectivo (yo, que hace años escucho música rodeado por gatos) no es despreciable: la música se "aterciopela", gana en untuosidad, gracias a los demorados armónicos que se enredan en las mínimas catedrales del aire (donde, además, supongo, penden ácaros). Y la crueldad, por supuesto. Soy una persona pequeña, no me refiero a aspiraciones (no le temo a la terrible Segunda Escuela de Viena, ni tampoco a los brillantes músicos contemporáneos que se debaten entre el tango sofisticado, el mal aprendido barroco latinoamericano (algunos dicen, que el jazz sería la herencia del barroco, pero soy sordo para el jazz), sino "materialmente" hablando: mido un metro sesenta y dos centímetros, así y todo, la matriz (que estaría en correspondencia con una excelencia acústica) del teatro me resulta muy incómoda. Tal vez, parafraseando algún dictum sarmientino, quienes construyeron el teatro -aun en su afán universalista- consideraron que mujeres y pobres no necesitan espacio para la escucha ("no necesitan leer para enlazar"). Pero no es esta una crítica de Sarmiento, sin el cual, yo no estaría escribiendo esto; sino una reflexión sobre la incomodidad. Dicen que el ario teatro de Bayerut, en cuya catacumbas, a cada interpretación de Parsifal le corresponde su interpretación "negra", los asientos no son nada cómodos para los bien formados alemanes medios. Por lo pronto, me tienen sin cuidados esas cuestiones materiales. No creo que haya mucho para discutir: aquel que va a la platea se lleva la mejor posición; el del palco presidencial, el poder y la gloria; los que van a los palcos laterales respiran las bocandas de la consagración (junto con Mirtha Legrand) del siglo XIX, que ya merece respeto sólo por cuestiones arqueológicas; y así: mientra se va hacia arriba, las cosas se ponen más o menos incómodas. Hay un mito urbano -que recibió de Francisco de Narváez una de las últimas actualizaciones- que dice que el teatro tiene una "acústica perfecta". Este mito, que se toca con una de las ramas de la ciencia -la acústica- tiene vigencia, justamente por eso: lo sustenta la única mitología posible, la científica. Lo cierto es que en el teatro se escucha bien. Dicen que esta calidad acústica se debe, entre otras series de causas, a la crin de caballo que había dentro de los caños que rodean las diferentes localidades. Si adscribimos la tesis de Pascal Quignard en El odio a la música (yo, en principio, lo hago), tendríamos aquí una muestra más de la violencia (la peor, la humana) que se agita en la música; aun en la música más sofisticada, Quignard relaciona el arco tensado de un cuarteto de cuerdas, con el arco del cazador del Holoceno, y que la música conserva, lleva en sí misma, algo de la atención desesperada de aquel animal que va a ser cazado. Roland Barthes, desciende a los presupuestos psicoanalíticos de la escucha para explorar, también, la relación oído/depredador/víctima: escuchar música, aun en la condición semivergonzosa del cuerpo sujetado a la incomodad y el silencio que padecemos en los teatros modernos, es un acto peligroso. Somos excitados por la persecución y la cacería de los sonidos. Además, la música crea una potencia inmensa, posee una capacidad de desterritorialización cuyas líneas de fuga son animales, intensas, imperceptibles (Deleuze).

Sobre el Teatro Colón, estaban posadas las aves de mi imaginación. Habré ido por primera vez a mis 30 años (es decir, de grande) y cuando entré, fui conmovido por las sombras rojas y las maderas que lo habitan. Fue suficiente para que yo, un hombre del conurbano, fuera poseído por lo que Lezama Lima llama la gnosis de la imagen, y que me entregara, sin más, a los arrebatos de una danza sensual de lecturas, sonidos y sabores en los que pasaban, entre otros, la lengua italiana de mi abuelo, las jóvenes enfermas de los cuentos de Poe, las maneras decadente del conde Drácula, también, algunos dardos de Gombrowicz (justamente, habla del "aficionado de la galería" para referir la pobreza de una aristocracia que ya no estaba a la altura de sus circunstancias).
Los decorados, que había visto en un millón de postales, se aparecieron ante mí como figuras conocidas, amables. El espacio encantatorio del teatro de ópera tiene que ver con  cierta gracia palaciega que a los plebeyos de siglos pasados atraía, razonablemente (sobre todo, a partir de finales del siglo XVIII). Los colores y las formas se amoldaban a espacios que yo conocía con sencillez y gracia.

Antes del cierre por refacciones en el año 2008, después de las cuales, un amigo, Juan Moreno, me dijo que ahora al Teatro le "faltaba mugre" (creo que se refería a aquello que F.G. Lorca llamó el ángel y que, para cualquier que, como me dijeron, haya subrayado textos de Benjamin con corazoncitos y signos de admiración, entendemos como el ángel de la historia sea esa "mugre" que falta), recuerdo una Muerte en Venecia, de Benjamin Britten, con puesta de Alfredo Arias. Todo era tan lúgubre (la ópera de Britten es maravillosa), el Teatro bastante apagado, que me sentí melancólico por mucho tiempo, meciéndome en las negras góndolas de una semipenumbra que parecía más real que la misma Venecia (que no conozco).

El teatro reabrió, finalmente. Volvieron los debates, la indiferencia, la pasión nacionalista, las grandes masas orquestales, los conflictos sindicales, pasó con pena y poca gloria el festejo del centenario (que, particularmente, me tenía sin cuidado) y ahora, nuevamente: el abierto teatro convoca a multitudes de turistas brasileros, curiosos, habitués y esas cosas que convoca un gran teatro de ópera.

Fui a comprar mi abono una de las últimas tardes del bochornoso verano, que desafió con su intensidad y sus lluvias descomunales a los que preferimos la luz y la ropa liviana antes del encierro, la oscuridad, las capas de ropa y el frío. Entré por la puerta de Libertad, aproveché para mirar, otra vez, los trajes utilizados en una puesta de Boris Godunov, el infeliz zar que se desmorona por el peso de la culpa y el poder, y vi a mi derecha una especie de cafetería destinada a agasajar, seguramente, a los compradores de bonos. No había nadie más, y una chica muy amablemente me pidió disculpas y me dijo que tenía que dirigirme a la boletería del Pasaje de los carruajes. Le agradecí y fui hacia la boletería de siempre. A mi paso, todos me abrieron las puertas. Detrás de mí, venía una mujer que había entrado a aquella confitería para abonados que a cada paso que daba, aumentaba su santa y vieja indignación, debida a este "maltrato, maltrato".. La dejamos pasar primera para que comprara sus boletos.
Yo, cristiano nuevo, compré abono de galería, finalmente.

Voy a ver ópera como si fuera socio de la cripta de los capuchinos. Un teatro de ópera es una especie de centro que alguna vez, seguramente, haya sido irradiante: la "ventana umbilical" (Lezama Lima) de la burguesía, el quincunce de una era cuya imaginación pensaba que podía morirse cantando, y que lo hacía para lucimiento del que miraba. Tal vez. Pero en este largo requiem, hay un elemento de divinidad (los primeros intentos operísticos de aquellos príncipes renacentistas querían reponer la tragedia clásica) y de sano delirio (también, en el ornamento, dicen que hay delito). En su delirio, la ópera es barroca, excesiva, cara y bastante estúpida.

Conseguí un saco muy lindo para ir (aun hay gente elegante y bien vestida por ahí).
La primera ópera de esta temporada será Carmen.

2 comentarios:

Linkillo dijo...

Te envidio.

Diego Carballar dijo...

Tu diario sería genial.