27.2.13

Tres miradas sobre J. Ratzinger (Papa emérito)

Francisco García Bazán

Si a la difusión sin trabas de la caridad responde la apertura de las voluntades, a su enfriamiento, manifestado en la hostilidad e indiferencia al amor, responde “lo que retiene” (kat’ékhon) la posibilidad de la concentración de la iniquidad en la apostasía y el Anticristo (Epístola segunda a los Tesalonicenses). Es el testimonio del misterio del mal en la historia, que el hombre de fe respeta. El acto dimitente de Benedicto XVI refleja un giro de conversión decisivo que lo lleva del agustinismo que concibe el mal como ausencia de bien en relación con el pecado original, a la lectura activa de la experiencia satánica del Mal. Percepción realista de los acontecimientos, que levantan resistencias irreductibles a la irrupción espontánea del Espíritu, la fuente única de vida.


Daniel Link

Como sea, Ratzinger volverá a sus argumentos teológicos, harto ya de tanta ceremonia pública y de la grasada inherente a la exposición sostenida ante los medios. Para él es mejor, para nosotros, que vivimos mesiánicamente el tiempo que resta, un acertijo difícil de descifrar de aquí a las Pascuas. El próximo Papa deberá o apelar al amor infinito de Cristo o a los negociados viles del Opus Dei y los poderes temporales del mundo.



La única forma de impedir, a su juicio, que el riquísimo patrimonio intelectual, teológico y artístico fecundado por el cristianismo se desbaratara en un aquelarre revisionista y una feria de disputas ideológicas era preservando el denominador común de la tradición y del dogma, aun si eso significaba que la familia católica se fuera reduciendo y marginando cada vez más en un mundo devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral.


(Y los zapatos mexicanos, que me contó Natalia.)

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