11.8.12

Una disciplina poética


... las muchachas que digo, con ese dominio de movimientos que proviene 
de la suma flexibilidad corporal 
y de un sincero desprecio por el resto de la Humanidad...
M. Proust

Hoy vi la definición por la medalla dorada de estas muchachas increíbles, cuya sonrisa, plasticidad y belleza es síntoma de una durísimo entrenamiento y una presión que no admite debilidades. Como ya me había pasado con la natación, el corte de las disciplinas gimnásticas para pasar al fútbol (en su versión olímpica o del campeonato nacional, el único que importa) revela la poca gracia y velocidad de este deporte. Mientras, la bellísima Evgeniya Kanaeva se hacía del oro por segunda vez,  optando por versiones virósicas  de música clásica (ritmadas con música electrónica de videojuegos, quiero decir) para acompañar sus acoples de planos y velocidades.
Kanaeva ganó el oro en Beijin 2008, tenía 17 años: una "niña", según repiten una y otra vez los presentadores. Es alta y muy hermosa. Realmente, es un peligro o está en peligro: la habilidad y la belleza la conectan directamente con las doncellas, ninfas, los espíritus más graciosos de la tierra, con las vestales, con las muchachas en flor: toda la imaginería que quiso figurar la delicada movilidad de la hierba, del agua de los arroyos, de la gracia de la luz, la levedad inmediata y trémula de lo viviente. Koré, en la que se muestra la promesa y el inframundo.
Una de las competidoras de hoy (Liubou Charkashyna) rompió en lágrimas al terminar su actuación pero, tal como debìa ocurrir en el poema renacentista (con sprezzatura), no parecía haber presión, sino una emoción desbordada ante el acontecimiento trémulo de la carne. ¡Rusas rítmicas! Muchachas de educación marciana y soviética, moviéndose en los extremos del cuerpo, contorsionando hasta la exasperación, sin órganos, lloran porque saben que aun los días del verano terminan, a pesar de sus saltos  suspendidos en un instante inolvidable (¿cómo haremos para desenamorarnos de este instante?).
En esta tierra dolorosísima y puerca, me dejo llevar por el deslumbrante espectáculo y la sorpresa ante la gracia que no se corresponde con la brutalidad que la hace posible; el marido del submundo (el mundo subterráneo, que ordena la superficie) suelta la mano de la muchacha raptada y la primavera vuelve a pasar por delante de nosotros, una vez más.


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