26.7.12

Encarnación y música

Es muy fácil perderse en los paisajes musicales, aniquilarse en una espléndida pradera imaginaria que nos convida a volcarnos sobre su nada misma. La música -con su realidad del mundo- somete a nuestra imaginación, que se deslumbra como un animal ante la poderosa luz que resplandece en su pesebre. La música podría ser la primera víctima, su orden, sus leyes, su destino es apagarse, pasar y tributarse al silencio que ella misma hace posible. La música encarna.


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Quienquiera que haya visto una ópera wagneriana lo sabe.


Hace unos meses vi Tristán e Isolda en La Plata: el marco urbano más alejado que se me pueda ocurrir a una fantasía erótico-subliminal sublime (aunque, el centro de la ciudad de La Plata está construida sobre una base de disposiciones simbólicas y podría suponérsela como una gran puesta en escena: una densa territorialización de símbolos) sabe que el monstruo musical -el drama musical de Wagner- es una gran tormenta, una manifestación atmosférica, una textura hipnótica (la llanura de un sueño, un bosque).


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Wagner se debatía, con suerte dispar, entre el budismo y el cristianismo.


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Te pido que pienses en esos días de bruma en los cuales nos entregamos a la melancolía y al nihilismo: la bruma wagneriana es una bruma así, con sentido: una bruma dispueta por el gran demiurgo de la escena (Nietzche habrá comprendido que, en el fondo, Wagner era un hombre de teatro). Trayendo lo que escribe Cozarinsky respecto de Copi, la bruma wagneriana es "flamígera y soñadora" y se sostiene sobre una ausencia que, como se trata de teatro, no puede ocurrir; aun en el caso de Wagner, aun con las armas de la música más extremadamente dramática de Europa de finales del siglo XIX y de todos los siglos: el sinfonismo cromático, que serviría para musicalizar las primeras aventuras vanguardistas académicas, propiamente, un paisaje desolador para un siglo bastante desolador).


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Flamígera y soñadora, la paisajística musical es del orden de las iluminaciones, las epifanías: esos círculos de experiencia saturados de sentido -no por nada, la música juega un rol tan importante en la obra de Proust (el encantamiento del Viernes Santo)-, cuya permanencia en el mundo de los sentidos, nuestro mundo, es efímera pero cuya traza es permanente: estas características nos permiten pensar, también, en una realidad que es tocada por los límites, todos los límites y se hace densa (¿qué es verdad, qué es mentira?, pequeño Wang Chu) hasta sostenerse en aquella bruma, aquella luz que encendía los ojos de Baudelaire. Toda epifanía es una encarnación que está destinada a ocurrir brevemente: la carne es frágil, es transporte.


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Ante la carne, la música encuentra y exhibe su triunfo. Colores y sonidos, ondas lumínicas y máquinarias de guerra sonoras atraviesan el mundo y lo derriban: "un traslúcido entrecruzamiento de acordes " (H. Murena).


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La música se opone a la organización estatal, la música es franciscana, siempre (en última instancia, despojada de toda vestimenta, aunque se vista); aunque para ponerla en marcha, a veces, haga falta auténticas políticas públicas para realizarla: por ejemplo, la calidad de la orquesta y de los músicos que se necesitan para interpretar Saint François d'Assise, de O. Messiaen. (Esta serie de epigramas, tal vez sean un poco exagerados... )




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Los secretos más sofisticados de la música me están velados. Yo no puedo más que entregarme a la pulsión de mi cuerpo, de mi carne ante el llamado de los sonidos: para mí, la música es una voz, una llamada; me alerta (aunque pueda darme somnolencia, detener los latidos de mi corazón o acelerarlos) y me mueve como si de campanas se tratara (las campanas fueron durante mucho tiempo una llamada y aun en ellas persiste un sonido antiguo: en la guerra se fundían campanas para hacer balas y armas, es porque las campanas son producto del trabajo sobre el metal, y como la música con el sonido, son el producto de un desarrollo continuo de la forma y de la variación sobre la materia.


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Sin ese transporte de carne y latido, no podría ver lo que en la música suena. Sintestesia del cuerpo, al fin.


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Quisiera que estas notas pudieran ser un esbozo para leer la presencia de la música en la literatura. Tan esquiva y efímera, tan otra cosa y tan del mundo, ¿no es como la vida? Kafka interrogaba el murmullo del mundo (Josefina, la cantante), de las alimañas que viven alrededor y entre las ciudades de los hombres; "un niño muere, un niño juega, una mujer nace, una mujer muere, un pájaro llega, un pájaro se va": bloques de vida, de vivencias, a los que la literatura quiere tocar. Como en los paseos felices de Robert Walser, como si se tratara de un lengua extranjera, la música aparece en la literatura como una posibilidad de la vida: la voz de la tierra, el latido del mundo, las huellas en la escritura de la voz de las cigarras en el verano (aquel alfabeto); la poesía entregada al exceso musical de la lengua, de lo viviente y sus formas (las canciones de amor).


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"Devenir no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mímesis), sino encontrar la zona de vecindad, de indiscernibilidad o de diferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula...". La princesa de la Sonatina de Dario es indiscernible del hastío que la sostiene y la nada a la que se dona el poema.

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