13.5.12

Verbo y letra

Alguna vez, han anotado mal el nombre de mi familia y no me importa. Como se trata de un tema de escrituras, me apoyo en esas tres terribles vocales, esas tres "a" para la cantabilidad de mi historia. Vocales latinas. Te invoco, sol latino.
Mi apellido (paterno) está mal escrito, pertenece a una región de España pero hay una última consonante que me separa de cualquier tradición o que me coloca (a mí, a mi hijo y a mi padre y hermanos) en una tierra más o menos incógnita (como Nápoles en el siglo XVIII, región de donde era mi abuelo materno: no se a qué reino pertenezco).
Soy un paria, vivo el exilio de la modernidad documental; solo, pequeños núcleos incandescentes me contienen y una bellísima idea en la cual elegí creer me integra (así lo quiero, esa es mi elección) a los claroscuros barrocos, a la tradición helénica, a la religión ordenada. Las cuestiones espirituales me parecen oceánicas, no voy a andar por ahí enfrentándome a las potestades angélicas sin la sabiduría que se halla tensionada entre el saber de Grecia y la voz de occidente en Roma. No cumplo con los dogmas (no con todos): soy de los que se dejan llevar por la música; amo a Scarlatti y toda la verdad que se desprende de los jóvenes que estudian y que, como monjes, dedican todo los años de su vida a hacer música: esas misas llenas de luz y sonidos divinos que sobreviven en algunos sofisticados centros de estudio, en las manos de sus intérpretes. Credo. La voz que se recorta entre la obra de los siglos (Oh ruido divino,/ oh ruido sonoro!). La palabra, lo que queda en el error de una transcripción: mi apellido acaba en una rótica múltiple alveolar sonora, allí se cifra mi color preferido, canción siempre nueva que cantaban mis abuelos y Caravaggio, por ejemplo.

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