29.4.12


Tessin captaba un punto decisivo: en Tiepolo los pobres no aparecen menos ricos que los ricos. En la masa anónima que se postra frente a Santo Domingo en el techo de la iglesia de los Jesuitas, hay un hombre joven y poderoso, extraviado en la devoción, que aprieta un guante contra el suelo como si quisiera ponerse aun más abajo, mientras en la mano derecha lleva el rosario. Si miramos sus vestidos, el ojo encuentra el rosa encendido de una camisa, sumamente delicada y elegante, que se yuxtapone a la nudosa musculatura y a los cabellos enmarañados. Por encima del hombre postrado, una magnífica mujer de pueblo -acaso su esposa- ha combinado, con la precisión de una dama de la corte, sus diversos ropajes y la tela de reayas con la que envuelve a su hijo. Ambas figuras están junto al dux, que tiende la mano para recibir el rosario de Santo Domingo. El dux no posee mayor majestad ni presencia que ellos. De hecho, los roles podrían invertirse: el dux podría ser el postulante o el hombre prominente, si no fuera porque lo denuncia el cuerno dogal, mientras que a la pareja de la gente del pueblo le estaría destinado el papel protagonista. Tiepolo inventaba así aquello con lo que hoy se podría todavía fantasear: una democracia nivelada hacia lo alto, en la que la cualidad estética permite borrar cualquier diferencia de estatus. Es el programa político más audaz y plausible, aun no comprobado, aun a la espera de ser puesto en práctica.


de El rosa Tiepolo, Roberto Calasso. 

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