15.2.12

Proust. Dos escenas de música nocturna (nuestra música)


Abrí la ventana sin hacer ruido y me senté a los pies de la cama; no me movía apenas para que no me sintieran desde abajo. Afuera también las cosas parecían estar inmóviles y en muda atención para no perturbar el claror de la Luna, que duplicaba y alejaba todo objeto al extender ante él su propio reflejo, más denso y concreto que él mismo, y así adelgazaba y agrandaba a la par el paisaje, como un plano doblado que se va desplegando. Movíase aquello que debía moverse, el follaje de algún castaño. Pero su estremecimiento minucioso y total, ejecutado hasta los menores matices y las extremas delicadezas, no se vertía sobre lo demás, no se fundía con ello, permanecía circunscripto. Expuestos sobre aquel fondo de silencio que no absorbía nada, los rumores más lejanos, que debían venir de jardines situados al otro extremo del pueblo, percibíanse detallados con tal "perfección", que ese efecto de lejanía parecía que lo debían tan solo a su pianissimo, como esos motivos en sordina tan bien ejecutados por la orquesta del Conservatorio, que, aunque no perdamos una sola nota de ellos, nos parece oirlos fuera de la sala de conciertos, y que hacían a todos los abonados antiguos -y también a las hermanas de mi abuela cuando Swann les daba sus billetes- aguzar el oído como si oyeran el lejano avanzar de un ejército en marcha que aún no había doblado la esquina de la calle de Trévise.

(Por el camino de Swann, p. 47)

*

En mí se han deshecho muchas cosas que yo creí que durarían para siempre, y se han alzado otras nuevas, preñadas de penas y alegrías nuevas que entonces no sabía prever, lo mismo que hoy me son difíciles de comprender muchas de las antiguas. Hace mucho tiempo también que mi padre ya no puede decir a mi mamá: "Vete con el niño". Para mí nunca volverán a ser posibles horas semejantes. Pero desde hace poco otra vez empiezo a paercibir, si escucho atentamente, los sollozos de aquella noche, los sollozos que tuve el valor de contener en presencia de mi padre, y que estallaron cuando me vi a solas con mamá. En realidad, esos sollozos no cesaron nunca; y porque la vida va callándose más en torno mío, es por lo que los vuelvo a oír, como esas campanillas de los conventos tan bien veladas durante el día por el rumor de la ciudad, que parece que pararon, pero que tornan a tañer en el silencio de la noche.

(Por el camino de Swann, p. 51-52)

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