7.2.12

Hacer verdaderamente sonoras las potencias de la tierra

La canción de las muchachas de Das Lied von der Erde expresa la alegre emoción que siente un paseante "oriental" ante la presencia (la sombra) de unas muchachas en flor que juegan despreocupadas bajo el abismo de la luz del sol.
Esta encarnación tiene su antecedente “clásico”: el canto de las sirenas como llamada hacia la tierra (el peñasco que hace encallar); la promesa de una primavera desmoronada.
Th. Mann, en Doktor Faustus, también cuenta la historia de una demolición a partir de lo que sería, en el siglo XIX, un “canto de las sirenas”: Leverkühn es contagiado –la metáfora de la enfermedad es ineludible para pensar a la música tocada por el delirio de la forma- por una muchacha enferma de sífilis. (A sus canciones de amor loco, Wilcock las llamará con el nombre de un ciclo de canciones de Hugo Wolf: lo angelical trae el delirio, la confusión ("Pensé que era parte de Tu Reino, no me puedes culpar porque la amé").
Orfeo, la figura que inicia la ópera y que, de alguna manera todavía domina las legislación del arte, deja morir a la muchacha porque la necesita muerta para hacer (poetizar) su música (Puccini, etc.).
Es hacia oriente (no podía ser de otra manera: de allí es el misterio) que Mahler escribe su canción de los dolores sobre un Oriente imaginario (para de Certeau, siempre habría un oriente, aun sin dirigirnos hacia el Océano Pacífico y todos sus levantes).

Las niñas de la canción de la tierra sufren en su desventura feliz. Es evidente: morirán, serán abandonadas o mutiladas por aquellos que cuentan su historia o los poetas que programan sus desdichas. Bueno, siguen bailando en un manojo de eventos espectaculares y estúpidamente delirantes.


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