1.2.12

El rosario en el cuello de Tinelli

Las niñas están velando las armas.
Las niñas del conurbano velan,
cada una lleva un celular
encendido y esa luz tenue
repite en la vereda
que cada niña vela en la luz que le toca.
Las niñas están velando armas.
Cuando amanezca, les traerán
cajitas con comida
a estas niñas que velan.
Dos mujeres se acercan
a preguntar por el que viene
a las que aún están despiertas.
En los vestidos, ritmos
de esplendor plateado (los álamos),
letras que el viento a las espigas
hiere con besos rudos (su musiquita, que insistente
traía -a los severos templos de las catedrales más débiles-
la fortaleza de esas niñas y el brillante pliegue) del sol.
En los vestidos, ritmos
del mundo traducidos por las manos
de mujeres que miran las catástrofes
del dinero, las cuentas
del rosario en el cuello de Tinelli,
y las chicas quemadas
por el ruido sibilante
de las luces cromadas,
la silenciosa estrella Sirio
(¡ay, niños!) que en el cielo se quedaba
en la capilla de las antenas.
Nadie recuerda qué hacemos aquí.
Hemos visto a los ángeles y somos
testigos de los ministerios
de Dios. No las he visto
bajar los ojos negros, con el rimel
pintados, decir: ecce anquilla,
en los cañaverales
que brutales imitan
el esplendor de las espadas
que derrocaron a los capos
de la playa oeste.
Cualquier pastito es una ruina,
hoy no es un día cualquiera:
no ha caído ningún mercado asiático
y en occidente, una niña
ha vencido al guardaespaldas
de los anteojos espejados.
En la clínica, el ardor
de las muchachas que lloraban 
por el espíritu de su provincia:
“sostenías la luz del mundo”,
les cantaban y les cambiaba
el color de los labios; ellas: duras.
El corazón tiene la lengua
sensitiva y se vuelca
sobre cualquier pecho, telitas
de luz made in la China.
Letra, espíritu, caridad, las bikinis
y el beso. ¡Interprétenlas!,
son el mártir perfecto.
“La vimos joven, y creímos
en no sé qué de la muerte
y su dominios...”.

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