19.12.11

Ritmos íntimos


Hace poco, en una cena divina, dos jovencísimos y brillantes licenciados (un joven y una joven) me pedían -después de haber oído mi lectura- que no cayera en las "palabras" cuando persiguiera ciertos temas (básicamente, esa imaginaria relación compuesta por Literatura y Música). Pensé que las palabras no eran un problema en mi planteo; pero como hablé de "música verbal" di lugar a una interpretación algo diferente a lo que quise decir. Hacer entrar a las "palabras" -me decían- sería dejar el plano de la inmanencia para caer en el oscuro reino de "lo conceptual". Me quedé pensando... 
En un momento, hablé de retórica -básicamente, de un figura retórica: la hipálage- para intentar explicar cómo Clarice Lispector "rozaba" la escritura de su última novela con una vida; lo hizo, dije, a partir de las posibilidades formales que la música le brindaba en espléndido (y terrible) vórtice que rozaba la escritura de la novela, en rica sinestesia, "contaminando" los atributos de la forma del relato con la vida inscripta en esa forma tocada por lo vivo
También, había yo citado un hermosísimo fragmento de Mil mesetas, en el cual leemos una aproximación a lo que sería el contenido de la música. Esto último es una apuesta muy alta de Deleuze & Guattari: fue ponerle el cascabel a la "esquiva" música, conceptualmente hablando, y lo hicieron de una manera contradictoria, pero con cierta luz que necesita de las palabras para decir su misterio (una luz mínima, porque salvo el mediodía de Kitezh, entrevisto en la noche oscura del alma, toda Lumière excesiva mata) .
No se trata, necesariamente, de una vía negativa ("muero porque no muero"): pero es con palabras que se puede transportar e iluminar ese misterio. ¿Cuál es el contenido de la música?. Las palabras son como el canto de las aves, si sabemos oír con atención. Solo por las palabras podemos creer que dominamos el flujo del lenguaje. No somos capaces de hacer verdaderamente silencio, decía Heidegger (que supo callar). No puedo, aun cuando quiera, si estudio literatura dejar de usar palabras. Aunque comparta lo que me ellos me decían -yo busco una voz-, también siento que sobre las palabras se inscriben las ondas lumínicas y sonoras (la idea es de Daniel Link) que sólo la literatura puede realizar. La fuerza y la intensidad de esas ondas (Clarice lo hizo en A hora da estrela) es lo que permite inscribir una vida en la literatura. Como ocurrió con ciertas obras religiosas a las que se les puso música (el Stabat Mater, bueno, la Misa): la música descorre los sucesivos velos que las palabras ponen en escena. En algunas formas fijas, como el ordinario, cada época inscribe su drama, patetismo, dolor y alegría, en formas musicales que leen, tal como nosotros leemos, las palabras. 
Es en el borde de las palabras (en el balbuceo, tal vez, en los deícticos que hacen entrar al lenguaje signos del afuera, en las figuras retóricas haciendo "sonar" al discurso sobre la extraña cuerda que hay entre las cosas) donde los cantos a ellas adheridos, como un resto latente de la canción de la tierra, la voix sacrée de la terre ingenue, rozan con particular intensidad -de las ondas a los rayos- el lenguaje semiótico de la humanidad y aparece así una voz (que es vida). (Quignard, en Butes, que es un lindo libro, aunque parece  una parodia de sí, describe a este sonido -el de un grillo, en Mallarmé- como el "viejo registro oral akritos soprano del mundo primero".) 
En el silencio entre las palabras -la segmentación es la herida de la vida en la escritura- es donde se puede inscribir una vida, dice Clarice. Ella sabía que no sería fácil, por eso estructura una imagen trinitaria en su última novela, una voz que es tres y es una (Clarice, Rodrigo SM y Macabea): para encarnar una imagen se debe recurrir a cierta retórica (en este caso, religiosa). Macabea, la pequeña ninfa nordestina de Clarice, es algo estúpida y principalmente musical, como Melisande: está hecha de fulgores mínimos, sonidos que son como la inminencia del sonido o la explosión supersónica -más veloz que el sonido-; Melisande y Macabea mueren sin pronunciar mas que palabras cuya densidad es la de la intermitencia de la luz impresionista.
Yo persigo una forma, chicos, y no hallo sino la palabra que huye... que lleva y oculta la vida, el ritmo de la tierra que salta en el tiempo del mundo. No quiero dejar la inmanencia, pero necesito la estética: la palabra rozada por la vida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

q buen discurso sobre las palabras y su imposibilidad y su potencia y nuestra necesidad de atrapar o transmitir, y el misterio amigo del silencio. beso. rober