17.12.11

La ciudad invisible de Kitezh



Es cierto que la vía encontrada vuelve a perderse rápidamente; pero también es verdad que no se pierde definitivamente y que la volvemos a encontrar en todo momento, pues la impureza nunca es un estado y ningún hombre, por haber pecado una vez, merece el adjetivo calificativo de "impuro". No hay hombre tan hastiado, por corrompido que esté, que al menos no haya entrevisto una vez en su vida, y durante un divino instante, la Ciudad invisible de Kitezh, mejor dicho: la ciudad casi invisible, apenas visible y a veces misteriosamente audible cuyas campanas repican en la inmensidad de la noche, la ciudad cándida donde el sol del mediodía ya no proyecto la sombra de las cosas y donde la virgen Fevronia, vestida de luz y de lino inmaculado, hace su entrada entre las flores y las oriflamas. "Subo..., todo es blanco" (Le Martyre de Saint Sébastien, V.2: "El paraíso"). Esta Kitezh de luz está en el fondo de nuestros corazones: cualquier hombre puede encontrarla, en el espacio de una circunstancia y en la simplicidad de un corazón virginal y revivir de este modo la primera aurora del mundo: entonces, se convierte, durante un minuto, en el que va y avanza durante el día claro como si paseara por los campos.


Vladimir Jankélévitch - Lo puro y lo impuro, trad. J. M. Fava, Buenos Aires, Las cuarenta, 2010

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