25.11.11

Los lectores peligrosos





(Texto leído en un encuentro con bibliotecarios de escuelas medias públicas de la Ciudad.)

Vivimos en un tiempo de peligros.

Vamos a mirar hacia atrás, o mejor dicho: vamos a leer, y leer es actualizar un texto: así que, digamos, vamos a leer un texto escrito en la década del ’30 del siglo pasado. Un texto, en primera instancia, no solo alejado en el tiempo, sino también en el espacio; pero que gracias a esta curiosa construcción de la que somos capaces -la lectura- vamos a poder traerlo a este lugar, a esto que llamamos “nuestro tiempo”.
Walter Benjamin, escritor y filósofo alemán al que podríamos llamar, como quería Nietzsche, un filósofo poeta, se preguntaba en el año 1933 qué pasaría con la capacidad humana de narrar, enseñar y realizar experiencia que había sido posible de compartir de generación en generación (a través de fábulas, cuentos, relatos),–el valor del trabajo, por ejemplo- y que se aprendía como un saber transmisible. Luego de la Primera Guerra Mundial, dice Benjamin, la gente volvía “muda del campo de batalla”; no enriquecida, sino más pobre en experiencia comunicable: ¿qué podría contarse qué fuera común, ya no a las generaciones, sino a las personas de un mismo lugar entre sí?
La atroz experiencia de la guerra había hecho enmudecer a todos y a esa ruptura de la palabra –porque la guerra se presentaba como una experiencia incomunicable- se sumaba el vertiginoso desarrollo de la técnica, que barría y transformaba día tras día el entorno en el cual se estaba viviendo.
Si la guerra había sido una experiencia hasta entonces, la guerra de trincheras la había desmentido; si la economía había tenido una experiencia, la inflación la había desmentido; si el cuerpo poseía experiencias, el hambre y las condiciones extremas las había desmentido. Si consideramos que en el año 1933 el nazismo accedía al poder, tenemos un panorama terriblemente desolador: era un tiempo de peligro.

Benjamin escribe:
Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano.

Sin embargo, en este mismo texto (“Experiencia y pobreza”), Benjamin parece retomar lo que decía un célebre poema; y ante la barbarie, él ve una posibilidad, no de una nueva cultura, sino de una nueva risa, de una nueva existencia.

En el año 1803, el poeta Friedrich Hölderlin escribió el poema "Patmos", que comienza diciendo:

Cercano está el Dios,
y difícil es captarlo;
pero donde hay peligro,
crece lo que nos salva.

Vivimos en un tiempo de peligros, ahora, en este turbulento siglo XXI (pleno de guerras, crisis, tecnología que parece arrasar con todo lo que sabemos…): ¿es todo muy diferente de aquel 1933 que hemos leído?; pienso en las nociones de Benjamin o en los versos de Hölderlin y frente al dolor y la desolación me pregunto: ¿quiénes son los lectores más peligrosos y amenazados para estos tiempos?

Leer es desplegar y abrirse a la constelación o, simplemente, al manojo de referencias, citas, vivencias que poseemos; leer es dar vida (nuestras vidas) a un texto y ponerlo en consonancia con lo que vivimos, hasta con lo que no sabemos.

A mediados de la década de 1970, Roland Barthes escribió:
¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que os habéis ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no os ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?

Para Barthes, la lectura era una toma de posición, una forma, y (paradójicamente) una forma inagotable. Barthes no estaba metaforizando: cuando estamos tomados por cierto tipo de lectura, dice, “levantamos la cabeza”. Como lectores, le damos cuerpo al texto. El lector hace ingresar el cuerpo a la lectura. Utilizada hasta el hartazgo, sin embargo la noción del cuerpo es la apropiada para pensar a los lectores; ¿qué es el lector de un libro, sino la posibilidad de un cuerpo?, ¿cuántas veces hemos leído acerca de una erótica de la lectura? Ese frágil y quebradizo cuerpo humano es el que aporta, enriquece y abre lo que la composición del texto entrega como material para su estremecimiento: la lectura aporta otras ideas, otras imágenes, otras significaciones, escribe Barthes; la lógica de la lectura es diferente a la de las reglas de la composición. La lectura se da y alcanza su forma en el cuerpo. Asociada con un rito personal e íntimo, pensar a la lectura en situaciones donde haya posibilidad de compartirla, es pensar en desplegar la voz y crear un ámbito de escucha.

Levantamos la cabeza y leemos; y leer es apropiarse de las palabras y de los discursos. Leer es construir sentido. Es aquello que Benjamin pensaba que nunca podría no perderse como capacidad humana, aunque pareciera perderse la cultura. Frente a los conflictos, el espacio que la lectura habilita es el del reconocimiento. La lectura nos permite vivenciar en palabras. Somos incapaces de hacer silencio, necesitamos a la poesía para habitar en el mundo.

Si podemos leer un viejo texto de 1930, es que hay caminos, tramas que se sostienen más allá de la violencia; tramas que se desarrollan –en relatos, poemas, canciones- a través de diversos soportes (¡los nuevos soportes!). Vivimos en una sociedad saturada de medios de comunicación (¿alguien, acaso, se siente seguro si ha olvidado su celular?), vivimos en una sociedad en donde los signos -recuerdo las palabras que Juan Tapia me acercó de Marta Salotti (La lengua viva, Buenos Aires, Kapelusz, 1951)- se despliegan hasta la extenuación en su “siniestra irrealidad”; y, justamente, por este exceso, tenemos que entender que hay que leer; justamente, porque es un tiempo peligroso.

¿Quiénes son los lectores más peligrosos, entonces? Los jóvenes y los adolescentes. Ellos tienen la valentía para dejarse tentar por el canto de las sirenas, por el peligro que significa descender a los infiernos para buscar a Euridice y levantar la cabeza para buscar en el horizonte la posibilidad de ese juego. Y esa valentía, los pone en peligro. En la escuela secundaria, los dos primeros años son años de peligro –lo sabemos por las tristes estadísticas de deserción escolar, muy altas en esos años-; todavía con la niñez susurrando en la piel de un cuerpo en cambio: la sexualidad, la independencia, la tensión emocional, los dolores, los traumas, la desconfianza hacia los adultos, las nuevas tecnologías, todo es peligroso en la adolescencia. La escuela necesita crear el espacio en el cual la lectura pueda tramar, pueda susurrar “la irisada profundidad de cada frase”. La lectura sobrepasa nuestra memoria y nuestra conciencia: un texto olvidado, un texto desconocido, puede decirnos mucho. En la adolescencia, donde todo lo que sabemos lo podemos aprender, la palabra es la mejor manera de levantar la cabeza para ver. Pensamos en la voz (ya que hablamos de cuerpos) y pensemos en la voz de un joven compartiendo un texto con otro adolescente, o con algún hermano, sobrino, hasta con un hijo si llegara a suceder… ¿Cuántas posibilidades encierra esa imagen?

Vivimos en un mundo peligroso. ¿Pero de qué peligro estamos hablando aquí? No del peligro que los medios de comunicación o la industria del miedo despliega en una multitud de símbolos unívocos y cerrados. Unos de esos símbolos dice “joven” y se refiere a “peligro”. No pensamos en esos símbolos, sino en la necesidad (nos lo han enseñado Benjamin y Barthes) de convertir los signos del mundo en posibilidad, ámbitos de escucha y descubrimiento. Entonemos esos signos.

Barthes imaginaba a los textos como partituras musicales, y Daniela Azulay trabaja con los susurradores, extrañas máquinas del decir que recuperan el susurro del lenguaje que toda lectura revive. Juan Tapia narra cuentos y relatos en donde laten peligros milenarios (recordemos a Scheherezade, contando para salvarse de la muerte).

Leer es dotar de sentido, y ya en el cielo de las referencias abiertas que esta lectura me ha dado, comparto un gran poema barroco (de F. de Quevedo) sobre el cuerpo y el sentido; sobre los cuerpos que han conocido al sentido:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Leemos y fugazmente (o de manera constante, no sabemos: ¿más allá de la muerte?) damos sentido. Damos y recibimos sentido; y el mundo, que era una selva oscura, áspera y fuerte, se nos muestra oscuro, áspero y fuerte, pero por las cosas que hemos conocido, por el bien que hemos encontrado, las queremos decir -y decir es compartir, y compartir es necesariamente escuchar: y queremos que otros se acerquen para decir las cosas que entonces descubrimos, que juntos podremos descubrir. Aun, en un tiempo de peligros como este tiempo; que necesita de lectores peligrosos.

(click en la imagen)

6 comentarios:

paula p dijo...

LEER CONTRA LA INSEGURIDAD!
QUÉ LINDO TEXTO, DIEGO

carla dijo...

¡de verdad!

y ¿cómo te fue?

Diego dijo...

Gracias por leer, Paula y Carla. Me fue bien. (Por ahí, Benjamin está un poco trillado en ciertos ámbitos, tantas veces rendido en parciales...; pero me pareció que estaba bueno discutirlo con bibliotecarios de escuelas medias.) Me alegra mucho que les haya gustado.

Olienka dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Matías dijo...

Hermoso, Diego, muy hermoso. No lo había leído... En estos días lo voy a enlazar desde mi blog. Abrazo!

ns dijo...

"todavía con la niñez susurrando en la piel de un cuerpo en cambio".

hermoso texto diego