21.10.11

"No me maten, hijos míos"


Los cachetazos pasan cómo ráfagas, apenas alcanzan a verse las manos que golpean, salvo por el estremecimiento en el rostro del agredido; se pierden entre los estertores de la mala calidad de la imagen digital que da cuenta de ese momento. Como en los recitales de Justin Bieber, supongo, o en cualquier balneario, paseo turístico o parque temático: las cámaras están registrando, multiplicando los velos de la realidad, siempre, en todo el orbe. En este caso, vemos un acontecimiento trascendente a nivel mundial: los últimos instantes de la vida de un hombre que generó la movilización de las fuerzas armadas de, por lo menos, cuatro potencias políticas y económicas. Estos breves segundos de imágenes, sin embargo, muestran la juntura de varios tiempos: el de la política mundial y la guerra (cuya movilidad implica ejércitos, burocracia, ingentes cantidades de combustible, tecnología, etc., etc.), el de la vida política de una (a la mirada occidental) "extravagante" dictadura al norte de un continente cuyas aguas tocan las aguas del mare nostrum -los papas también deben ser extravagantes, supongo-, y una vida ante la insensatez de la violencia. Como una línea de Apeles (según Agamben), esta imagen separa (o limita, mejor dicho) la línea que une lo político y lo vital, y traza un cuerpo que ya no está ni adentro ni afuera. De permanecer, lo hará como un símbolo más o menos oculto; su cadáver será enterrado en un lugar secreto para evitar las procesiones. Murió no como un héroe.
El tiempo que registran estas cámaras -con imágenes borrosas y nerviosas- es un tiempo que estaba cumplido: iba a morir; como un poema, un soneto, por ejemplo, que sabemos que terminará y cuyo tiempo cumplido es tramitado por la rima. La rima de la violencia cercaba ya la vida (le daba un cerco) de quien iba a morir. Hacía tiempo que se desplazaba, se movía entre diferentes residencias. La última guarida, parece ser, la encontró en un caño de agua, una alcantarilla: acurrucado, sin ningún ethos épico. Los aviones de las naciones en guerra habían dado con la caravana en fuga: la multiplicación de las imágenes se relaciona con la precisión devastadora de la máquina de guerra mundial.
No sé qué abismo o éxtasis puede sentir quien sabe que será asesinado o que está ante una muerte violenta. Tal vez, al verse a sí mismo como un padre o una víctima, una figura, clamó aquello de "No me maten, hijos míos". ¿Palabras propias de una épica, de un poema de guerra nacional ("Muero contento..."), finalmente?
El final de cualquier poema es una pequeña catástrofe.
Nada más alejado del cuerpo envejecido, golpeado, feo y ennegrecido de sangre y arena de este dictador (que vemos en el momento de su captura) que la imagen del rapto de una koré, esas niñas fugitivas que acompañan el misterio del tiempo y la palabra: niñas prerrafaelistas, "muchachas suspendidas frente a la muerte", chicas raptadas que en el momento del rapto dejan la huella del esplendor del mundo en su falta; las muchachas en flor y las niñas japonesas de la canción de Mahler no parecerían tener nada que ver con las imágenes de este hombre viejo, a punto de ser asesinado. Pero yo estaba leyendo un libro cuando vi la noticia de la muerte del libio, y algo de sentido quise encontrar. (Ahora, antes de subir esto, leo que el cadáver está en un congelador de un shopping...)
Silvio Mattoni rastrea con sensibilidad e inteligencia en Koré (Beatriz Viterbo, 2000) las ausencias que estas muchachas dejan sobre la palabra poética, intentando iluminar el misterio de "las doncellas del minuto" (J.L. Ortiz). La muchachita que "es casi un hilo por que respira el anochecer" (p. 79). También la lengua barroca -tan extravagante- fundaba su moral en el tiempo del rapto de la belleza. Ese breve tiempo es un tiempo anteúltimo, un tiempo que se percibe en la ausencia; o que en la representación de su ausencia hace trastabillar a "aquello que se llama real, y no es sino irrealidad incesantemente desmoronándose".
En estos extremos: la muerte de un dictador viejo y las imágenes poéticas en cuyo interior se desliza el dolor del mundo hacia "una playa vacía" se puede, sin embargo, percibir el misterio de un tiempo que se precipita hacia (que reclama) algún peligro -no sé si final, porque las predicciones acerca del fin del mundo se acumulan de tres a cuatro por mes-.
A Khadafi lo custodiaba un ejército de vírgenes suicidas, dicen los diarios y lo repiten algunas páginas repletas de imágenes extravagantes; como quien buscara protegerse de la muerte violenta, tentándola con el misterio de su víctima preferida.

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