27.9.11

¿Música? ¡No! No cierres mis heridas -mis sentidos- al infinito abiertas, sangrando anhelo.



Algunos de mis amigos han muerto. Otros, como yo, están cansados; bastante lastimados por una pésima combinación de drogas baratas y mal alcohol en la primera juventud. A mí, tal vez, me hayan rescatado (digo "rescatado" como esa noción mínima, no tanto como salvado, sino como alguien que está de pie en el medio de una catástrofe) algunos buenos libros (o textos), poemas y una que otra canción a los que les presté la atención debida.
Muchos de mis amigos están bien, son divinos.

Hará unos, digamos, diez años, comencé a escuchar música "clásica". Música que podríamos llamar académica. Coincidió con mi (pésimo) recorrido por la Facultad de Filosofía y Letras. Un pobre recorrido debido a mi lentísima inteligencia adaptativa, y cierta insana tendencia romántica -¿qué sabía yo del romanticismo, sino una glosa muy pobre de revistas de divulgación?- que me llevó a elegir los programas, buscando la presencia de poesía en los contenidos (aunque esto contradijera a los hermanos Schlegel). Demorándome en no sé qué prejuicio, sin prestar atención a una muy pobre metodología de estudio. No fue la única razón, mi malentendida inteligencia: abandoné la carrera un par de veces (entre el 98 y el '01), período en el que me anoté en el profesorado de matemática y en la tecnicatura en jardinería: es que pretendía vivir en un jardín renacentista, ser el Ficino (quien especulaba sobre fármacos y música) o hacer que mi esquiva y pobre inteligencia aprendiera del crecimietno de las plantas, de las bifurcaciones (estaban muy de moda los fractales en esos años) de la matemática especulativa; y en ese jardín imaginario, plagado de largas veladas con amigos a la luz de la luna -por suerte, a veces pasó eso-, poder escribir seria y formal poesía de la expresión más íntima. Con semejantes antecedentes, enseguidita me sentí atraído por el imán del barroco español. Y como me fue bien (porque ya dejaba de ser un joven iletrado, tomando en cuenta cualquier dilatada perspectiva sobre lo que es un joven), intenté acercarme a una cátedra. No me fue muy bien... no sé si no me tomaron en serio o no parecí serio.

Desde fines del '99, pero con más insistencia desde el 2001, empecé a escuchar música clásica, decía. Primero, me maravillé con las voces; por supuesto. Lo que hasta entonces había sido para mí algo "sobreactuado" (¡qué mal que quedan las voces clásicas en el cancionero popular!), en este territorio era estremecimiento e imaginación. Me bastaba escuchar la voz de algún bajo ruso o alguna mezzosoprano especializada en el barroco para temblar de asombro (y cuando uno está asombrado, no puede mentir): olores, nombres, lugares e imágenes comenzaron a danzar delante de cualquier lugar en donde yo estuviera.

En las procelosas aguas del 2001 (la frase es de D. Link), aturdido por males de la razón (económica) y la moral, en largas horas en el colectivo 112 hacia el sur, o como un caminante solitario hacia Constitución para tomar un tren a Adrogué, a través de la zona Sur de la ciudad, caminando sólo para cansarme: en ese recorrido violento y muy solitario, la música me creaba un espacio que enmarcaba de ebriedad lejana la cruel realidad, y la acariciaba de verdad.

Como soy un hombre de letras, busqué libros, revistas de oferta que tuvieran escritos sobre música. ¡Ah, qué belleza leer sobre el Napoles de Pergolesi, debajo de los altos árboles que hay en algunas avenidas de P. Patricios! Es mentira, también. Pero en esas metáforas, en los grabados del jovencísimo autor del Stabat Mater latía una belleza adolescente y atleta, arrebatada de amor divino. Eso era suficiente, en aquel momento en el que debía perderme.

A los escritores barrocos, jamás los abandoné. Sigue intacto mi amor por Góngora, me sigue pareciendo extraordinario el genial (y oscuro) Quevedo (Góngora es la luz, aun la ceguera que el exceso de luz provoca; Quevedo es oscuro y mortuorio).

Debo cierta pasión católica (/tropical) a san Juan de la Cruz, y quisiera poseer la destreza técnica y gracia de Garcilaso -como veréis, todos autores que se enseñan en la academia. La escucha de voces (clásicas, todavía no oigo voces angelicales -salvo, tal vez (eso podría ser un "rescatado": un salvo, tal vez), cuando escucho algunas versiones del Stabat Mater con su levísimo pecado de voluptuosidad operística en rigores sacros) y la atención a los programas me llevó a cursar Lit. del Siglo XX, donde no hay sordos y a intentar una vez más el amor por las letras (y la vida).

Profundicé en la escucha de música aunque, sin amigas ni amigos músicos, a veces me siento muy solo. Es difícil disfrutar de la variación "clásica" sin alguien cerca. Salvo con los muertos, "oigo con los muertos". Sin embargo, como me gusta mucho la música vocal, pude recorrer aquellos oscurísimos sectores urbano, en donde la brillante polifonía de la gran música sacra puede alcanzar al nihilismo triste y derrotado del punki, en la sonoridad de una voz que roza mi oído.
Ese juego imaginativo (juego, en tanto disposición de valores e intensidades vitales) colapsaría frente a la imagen que despliegan, en general (pero aun cuando coincida, ¿qué importa?) las fotos y la representación icónica de la música en teatros, tapas de discos o los vestidos de las cantantes.

Pero la música (frágil, "esta herida no podría lastimar ni a un pajarito", y fascista) puede convencernos de la verdad de la nieve rusa en un agobiante atardecer en el Puente Alsina: tal el delirio que comete sobre los sentidos.

La vida es una mierda, la vida es hermosa. La frase musical puede decir una cosa o la otra.
Hace mucho tiempo que no veo a mis mejores amigos. El invierno me aísla y me cuesta viajar.
Espero al verano y su concierto barroco, las sonoridades fantasiosas de las noches breves, y su espléndida mentira de sonidos. Y buscaré la nieve de la música, en las últimas noches agobiantes del calor subtropical.


MÚSICA

¿Música? ¡No! No así en el mar de bálsamo
Me adormezcas el alma;
no, no la quiero;
no cierres mis heridas -mis sentidos-
Al infinito abiertas,
sangrando anhelo.
Quiero la cruda luz, la que sacude
los hijos del crepúsculo
mortales sueños;
dame los fuertes; a la luz radiante
del lleno medio día
soñar despierto.
¿Música? ¡No! No quiero los fantasmas
Flotantes e indecisos,
sin esqueleto;
los que proyectan sombra y que mi mano
Sus huesos crujir haga,
son los que quiero.
Ese mar de sonidos me adormece
con su cadencia de olas.
el pensamiento,
y le quiero piafando aquí en su establo
con las nerviosas alas,
Pegaso preso,
La música me canta ¡sí! ¡si! me susurra
y en ese sí perdido
mi rumbo pierdo;
dame lo que al decirme ¡no! azuce
mi voluntad volviéndome
todo mi esfuerzo.
La música es reposo y es olvido,
todo en ella se funde
fuera del tiempo;
toda finalidad se ahoga en ella,
la voluntad se duerme
falta de peso.

M. de Unamuno. Reflexiones, amonestaciones y votos.

3 comentarios:

diana bz dijo...

Hace mucho no pasaba por acá y ahora que vuelvo descubro de nuevo cuánto me gusta tu blog.

"La vida es una mierda, la vida es hermosa." Y sí.

Diego dijo...

Gracias, Diana. Pasá más seguido, que nos encanta tu visita.

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=dYZLrAi5n1s&feature=related