30.8.11

Vivo en la Unión Soviética de mi espíritu



Luego de la noche de sábado encantadora en la casa de A.M., junto a amigas y amigos (algunos de los cuales hasta entonces, apenas conocía por un intercambio muy amable por éste y algún que otro medio digital), me levanté -mi hígado es muy débil, espina de la carne- tomado por una resaca de dimensiones wagnerianas. Por suerte, hallé en casa a la paciencia y el amor, que me dejaron reponer y respetaron a este león vegetariano que refunfuñaba en su cueva por el esplendor esquivo de una noche ya ida.

Esa misma tarde de domingo me esperaba la presentación de Tristán e Isolda en el Teatro Argentino de la Plata.

Sobre esta obra (que quiso ser La Obra) se ha escrito muchísimo. Yo no la estudié (¡qué va!), ni profundicé en las verdades de sus misterios. Conocía las referencias en Baudelaire ("me parecía que aquella música era la mía", le escribió al compositor) y, claro, su influencia en Nietzsche; ambos resultaron atormentados por la furia deseante de esta "larguísima educación sentimental" contra la cual, el filósofo escribiría para siempre...
En fin. Yo soy un tonto que baila, nomás. Y nunca la había visto.
La noche anterior había bailado música mala y divertida; y ese domingo estaba yendo a ver el telón musical sobre el que se recortó la sombra de la modernidad. Uno de los últimos gestos de la cultura europea (Proust), el plano de los estertores de la voluntad. Antes de entrar a La Plata se puede ver la torre de la central termoeléctrica de Punta Lara, ¿queda algo de la modernidad en Tristán, o su puro artificio es vácuo e inservible? (Me informan que el Chipi Castillo -candidato a vicepresidente por el Frente de Izquierda- tuiteó que había ido a ver la ópera.) Esta obra es una suerte de "talismán" de la política cultural; lo sabían los alemanes del III Reich. Y el pequeño gran teatro de provincias puede presentar su logro para pintarlo de anaranjado.

Para mí, la interpretación de la orquesta fue sostenida e intensa; consiguió esos momentos en los cuales, el cromatismo (musical) se vuelve un color (tal la contaminación sonora de todos los sentidos), y hubo seguridad en los cambios de ritmo endemoniados de ciertos pasajes, por ejemplo. La guerra (porque se trata de guerra) entre los cantantes y la orquesta fue intensa: los leitmotivs fueron tocados con intensidad. La reconciliación en la muerte (ese gran ritornello) y transfiguración final alcanzaron el volumen que piden los tres acordes últimos. Los misterios de la recapitulación y la memoria que deben interpretar los músicos estuvieron en ese lugar donde acontece esta música, que se hace difícil señalar dónde es.

¡Qué difícil poner en escena lo que sería una escena que quiso ser todas las escenas del mundo!, que quiso forzar la verdadera apariencia para dar con la voluntad. La puesta de Marcelo Lombardero se basó en proyecciones sobre un telón entre los músicos y el público en el que se alternaban las diferentes estancias. (Recuerdo y parafraseo a Auden, para quien todas las puestas de ópera, todas las marcaciones teatrales, serían basura arty sin la música.) Esa "nada" de la imagen proyectada -que con sus artilugios podía simular con realismo "cinematográfico" un barco, una costa, un cielo estrellado- es el cuerpo de esta batalla contra el tiempo y la paz: el nihilismo se cuela por todas partes en Tristán e Isolda.

Entiendo a Bertolt Brecht y su oposición hacia esta obra-: ¿quién podría combatir contra las blancas juventudes hitlerianas (cuyos pajaritos amaron a Rilke, a Hölderlin), si fuera arrebatado por estas larguísimas brumas que hieren, lastiman y sanan? En éxtasis de amor, ¿quiénes podríamos agitar Weimar? Si la "antigua protesta de la música" nos promete una vida sin angustia, ¿qué otra protesta estaríamos dispuestos o seríamos capaces de sostener?

La música de Tristán e Isolda sanó finalmente mi resaca; pero no alcanzó a curarme el espíritu. Mi cuerpo se curó, pero mi espíritu quedó lastimado por mis problemas (reales e imaginarios) cotidianos; pero me sentí mejor.
El peso melódico, la recapitulación armónica, nuestro amor por esa princesa que morirá de deseo en la célebre Liebestod (Muerte de amor) - la patética catarsis- nos obliga a desintegrarnos; y aceptaríamos morir, porque estamos felices. Sin embargo, como una humedad incontrolabe, la música o su fantasma inmediato aglutinará el polvo (¡ah, el polvo!) en el que se habrá convertido nuestra vida durante la sostenida (con sus correspondientes sopores y nervios) escucha de esta obra.

En verdad, sólo fuimos sensibilizados por "cositas lamentables y alemanas".
En el camino de regreso, la luz espectral de la torre de la planta termonuclear de Ensenada brillaba opaca sobre el oscurísimo cielo de la llanura pampeana. Pasarán muchos días hasta que pueda recuperarme de esta escucha y de la oscuridad, llena de presagios y leves luces, que vi al costado de la autopista durante el regreso.

1 comentario:

C.E dijo...

Un gusto haberte conocido en persona, fue una gran velada.
Con respecto a la resaca, la evité con Cardo mariano (tintura madre, te la recomiendo)
Y con respecto a la ópera, no la escuché pero leí los fragmentos de Beroul, Thomas y Gottfried Von Strassburg, gran lectura de la literatura medieval.
Pero bueno, admiro tu ánimo con la ópera, reconozco haber fracasado después de El holandés errante y eso que es bastante "ligera"

Un abrazo