23.5.11

La música de la mentalidad



Canto castrato es la única novela de la que César Aira pareciera renegar. En varias entrevistas contesta que quiso "hacerse el irónico" y que no le salió. A mí, me gustó mucho. Está llena de falsos brillos; pero que son brillos al fin (Daniel Link la propone como un "un ejemplo anacrónico y precursor (y, por eso mismo, tal vez algo tímido) de 'estilo tardío'").
Además, ¿cómo podría ser una novela cuyo protagonista es un castrado, una estrella de la ópera del siglo XVIII, si no una calculada parafernalia destinada a conmover con artificios y tramoyas? Aira encara las convenciones del best-seller de gusto "elevado" (como El nombre de la rosa) y nos entrega hermosas postales de paisajismo kitsch (o no, no sé; voy a tratar de pensarlo) de Napoles, Viena y San Petesburgo, tras la estela de una voz célibe (o el instrumento hecho de carne tibia que imagina el narrador de Help a él).
Voces divinas.
¿Habrá algo ochentero en esta historia; algo como Duran Duran o Depeche Mode? Eran los años de la película Amadeus y sus pantomimas dieciochescas pro-burguesía (Mozart como el self made man). El cine buscaba en esos años a quién se pareció alguna vez. La novela de Aira tiene más bien gestos que la acercan al siglo XVIII que, por ejemplo, años después la rica Sofía Coppola teñiría con spleen adolescente y anacronismo del siglo XXI.
Pero la novela es mucho mejor, porque su música es totalmente imaginaria. A la música histórica la domina la tiranía de nuestra representaciones. Puede ser música punk, glamorosa, la reproducida por uno de estos ensambles europeos carísimos, las estaciones de Vivaldi dirigidas por algún excéntrico director alemán con una Filarmónica, un ciclo de lieder rusos de vanguardia con poemas de Mandelstam, ¡cualquier cosa!, The National, folk-pop noruego...
La lectura hace la música verbal, brinda el sonido que la semántica arrojará en círculos concéntricos en cuyo centro está nuestra vida: Es la música del cielo de las tardes de verano, de las hojas de los árboles en otoño. La música de nuestra vida.
La ópera contemporánea (la que se escribe ahora, si eso que se escribe hoy puede ser llamado ópera -como una novela no puede ser llamada decimonónica, aunque sobre esto no me atrevo a decir-) es horrible.
Y a veces, mis reconstrucciones mentales de la ópera del siglo XVIII (¡cómo me gusta Glück!) suenan así:



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