1.3.11

Danzas triviales

Ayer me cosí un botón del pantalón. Hacía más de quince años que no lo hacía; y, sin embargo, enhebré la aguja (qué linda palabra es enhebrar; la segunda acepción se parece a este blog) y lo cosí sin problemas. Salvo un error de cálculo (precisamente, debido al cálculo) con el largo del hilo, mi cuerpo realizó los movimientos que había aprendido hace ya mucho tiempo, cuando mi mamá me enseñara ese rudimento como una invitación a la juventud independiente, con toda perfección.

No quise exagerar, no quiero exagerar ahora, pero me sentí satisfecho con la pequeña coreografía, cuyo secreto ya estaba en mi pulso, en mis manos, y que yo no la recordaba.

Si le quisiera poner música a ese momento, sería el andante del Nocturno Nº2 (Op.9) de Chopin. Un rondó, una danza que aquí se desarrolla "tímidamente", que en cada vuelta se sostiene y pareciera que fuera a caer. ¿Quién podría bailar así de lento? Y, especialmente, porque el secreto de esta danza melancólica es que nuestro cuerpo la recibe ya conociéndola. La sabemos aun desde antes de nuestra memoria, nos habita y vive en ciertas cosas del mundo.




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