13.1.11

La virgen - Horacio Castillo



Herida por el rayo ardo sólo para mí.
Mi demanda es una demanda de privación.
Mi ofrenda es una ofrenda de plenitud.
La promesa nos mantendrá vivos, la consumación nos destruirá.
Todo conocimiento es conocimiento nupcial. Ese es mi don, el
misterio que me ha sido confiado: mi cuerpo vuelve a cerrarse
como una flor nocturna.
¿La memoria también?
Nada sé.
Gracia de lo nunca poseído, el objeto redentor.
Enséñame a nacer.
Pongo en tu dedo el anillo que se quita del dedo de los muertos.
Enséñame a morir.
Pongo en tu boca el óbolo que se pone en la boca de los vivos.
Sangre de santos hirviendo.
Madre de todas las rosas.
Y una herida cuya sangre hace sanar.
Ya soy libre.
Ya soy sierva.
Mira: muchachas lavan sus muslos en un río inmóvil.
El cuerpo olvida toda caricia, toda sevicia.
El agua deslíe lentamente la púrpura.
El alma olvida toda historia, toda escoria.
Y se ha cerrado el ojo de la paloma.
El misterio se ha cumplido.
Se llama vida.
Y ardo nuevamente para mí y para ti.
¿Hasta el fin?
No hay fin.

5 comentarios:

alejandro mendez dijo...

Bellísimo poema. De una intensidad apabullante.
Gracias.

Anónimo dijo...

viva la fe!

rodrigo

El señor H dijo...

Qué bueno que rescates la poesía de HC, Diego.

diego dijo...

Horacio: El verdadero rescate, para mí, fue el que vos, José Villa, Juan Desiderio y Daniel Durand realizaron con el dossier de la Revista Atmósfera (lo copio para quien no lo leyó: Atmósfera Dossier Castillo).
Así que aprovecho para darte y darles las gracias por haberme dado a conocer a Castillo, quien desde entonces figura entre mis poetas preferidos.
¡Qué bueno verte por acá!

El señor H dijo...

Gracias por tus palabras Diego, te agregué a mi lista bloguera. Abrazo grande.