16.12.10

¡Ramona!

A medida que crezco, las canciones me parecen una lenta caída hacia la tristeza del estar en el mundo. Pero también, las viejas canciones nos devuelven un destello, en el cual alguna vez apareció el campo de batallas imaginarias que es nuestro cuerpo (los fantasmas de Eros). A veces bailamos, y a veces nos entregamos -o somos raptados- a una melancolía que quisiera vincularla con males medievales (la bilis negra), la acidia, que nos devuelve a la Tierra insensata del enamorado.

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Conocí a dos hermanas que tenían grabada una canción de Frank Black (I heard Ramona sing) todas las veces que entrara en un casete (yo viví en la vieja Unión Soviética). Creo que no podían soportar que un espacio tan íntimo y distante se terminara y las abandonara: no era una canción que pasaran en la radio. ¿Por qué no construir un lugar donde vivir, aunque sea un rato? Al terminar la canción, acababa lo que ellas habían dejado en esa canción. Un amor perezoso.

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En las canciones queda un resto de las correspondencias de Baudelaire (siempre hubo algo de mercancía en ellas) que nos interpela y nos obliga -porque estamos enamorados de esas canciones irresistibles- a cantarle al imán. Somos trovadores provenzales, románticos alemanes, poetas árabes milenarios: marginales que gozaron de la cualidad no articulada del lenguaje. Las canciones brindan la metáfora buena.

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Las canciones son fantasmas.

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