4.12.10

Mi boca quiere pronunciar el silencio


En Winterreise, el célebre ciclo de canciones de Schubert sobre poemas de Wilhelm Müller, hay constantes referencias a las huellas del nombre enamorado: inscripto sobre los portales, los árboles, la nieve, "para que supieras que pensé en tí", "grabé tu nombre en la nieve". Señales que son abandonadas a medida que el ciclo avanza, para adentrarse más en la soledad, la falta y la ausencia. La nieve y sus mil colores blancos.
Winterreise todavía se canta, todavía cantantes y pianistas se someten al encuentro de la lengua con la voz; y el Winterreise nos apela, nos llama, nos dice "he grabado tu nombre sobre mis palabras", y cada tanto volvemos aser enamorados por ese ciclo romántico que, inevitablemente, habló otra lengua. El Winterraise se dirige hacia un sueño -como dice J.L. Nancy de ciertos espacios que -despojados para siempre de los usos que los vieron nacer, pero monumentales-, permanecen en el mundo aunque...
"no cesan de ser ganados por un sueño que no puede adormecerlos del todo ni entregarlos a una libre existencia de ruinas que pueda constituir otra vida, una metamorfosis e incluso una metempsicosis, como sucede cuando la ruina se contenta con fundirse en un paisaje o en otra construcción, sin penetrar en la memoria monumental." (Tumba de sueño, pag. 14)
Barthes prefería los intérpretes (particularmente se refiere a la voz de Charles Panzéra) de quienes no quedan casi testimonios fonográficos (o no quedan testimonios que pudieran ser considerados "miméticos", en tanto buena fidelidad -que a Barthes parece nada importarle); voces apenas registradas. Es una hermosa manera de apropiarse de los fantasmas propuestos por esta música: el cuerpo que cantaba estas canciones no está registrado, sólo por la escritura podemos acceder a alguna idea de cómo cantaba una voz ajena a la representación, que decía "en la voluptuosidad de los significantes". Este es un bello salto musical del texto barthesiano, y su ética: ¿con qué metáfora (porque está obligado a la metáfora) diré lo que no puede ser dicho?.
Donde hay cuerpos, hay música.
En este tiempo de superproducción de archivos sonoros, todavía hay heridas de nuestro cuerpo que son pulsadas por estas canciones. Tal vez sí son un poco más ruina que nuestras (terminadas) formaciones humanistas han dejado en el nuevo paisaje del mundo. No sé cuántas grabaciones puede haber ya del famoso ciclo, y cada grabación se enfrenta a su fantasma: la imagen de lo que ha sido, de lo que fue y de lo que será. En lo que falta de esas canciones, en lo que falta en toda música hay un llamado a hacer algo: es la ilusión de nuestros cuerpos lo que está alojado ahí. ¿Qué haremos con esta voz romántica y burguesa, en tiempos de angustia? ¿Qué haremos con nuestras ruinas más íntimas?
Pienso en la canción de Virus que decía: "un remolino mezcla los besos y la ausencia", Barthes pareciera reclamar esa dulzura (los besos, la materialidad del cuerpo; él habla de los dientes, la lengua) y ese andar de los significantes en la ausencia. La filiación me parece perfecta, pero tal vez no se trate más que de delirios melancólicos de quien escribe.

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