27.12.10

Lenta demolición de sí (outlandish)



Cada año es más intenso, cada vez es más devastador.
Cuando voy a la casa de mis padres en Adrogué, sufro y asisto a una suerte de arqueología interior; arqueología a la que me somete cada huella, rastro, ruina y construcción nueva que hay en el lugar.

Me alegra recordar el nacimiento del "hippie bueno", medio budista y oriental, o la que sería la encarnación más humana del aliento divino. El origen de una hermosa historia. Me gusta la voz del evangelio, "individual, suave, amoroso, decadente" (Deleuze) y no tanto el resentido apocalipsis -hasta la versión hölderlineana de Girard, ya que en el marco del maravilloso poeta todo se vuelve suave, delicado, culto; hasta lo arrebatado).

Yo nací en esa misma casa (hace mucho tiempo, mucho, que ni me reconozco en tan larga peripecia; en una fecha de otro siglo, aun considerando al siglo XX "corto") y aunque me vine a vivir a Buenos Aires en una constante mudanza, nunca corté los lazos ni aun cuando no visitaba a mi familia (por los amigos, principalmente).

Es muy extraño ver el lugar donde uno pasó su infancia y seguir visitándolo: las casas están más viejas, agrietadas, o reformadas: lo que en aquellos tiempos era casi todo descampado y borde del Adrogué caro y tradicional, ahora está más nuevo y sofisticado, en una curiosa mezcla de 4x4 y sensibilidad a la Juana Molina; algunas construcciones fueron derribadas o se desmoronaron (la casa de mi abuela y en la que había vivido mi padre era de cartón y madera).

Y cada año todo está más desgastado y mis recuerdos se someten a una distancia muy enmarañada, sutil, que se combina con una aparente cercanía.

A veces, creo que quienes añoran países mediterráneos o las comarcas de Europa central, nuestros hermanos que migran de los países fronterizos, aquellos que pueden realizar viajes de reencuentro familiar y volver a partir, no tienen idea de lo lejos que queda este país infante, preadolescente. Esta cercana lejanía impuesta por las construcciones, las viejas cenicientas, los troncos de ciruelos talados, que me saludan y sonríen con toda la potencia de los secretos de mi futuro (cuando era futuro mi cuerpo). El trazado urbano mantiene los lugares por donde salía y se ponía el sol sólo donde se mantienen de pie las casa o -¡ah, el bosque!- donde quedan los mismos árboles que entonces.

Porque lo más extraño de todo es lo que murmuran las plantas.

La vegetación todavía mantiene el ritmo que conocí en mi niñez: yo las miraba mucho tiempo, durante las vacaciones de verano, me detenía en la textura de las hojas, miraba a los animales que vivían entre sus ramas: avispas negras y amarillas, hormigas, tata dios, pulgones, arañas... A todas las plantas las envolvía o las amenazaba una seda leve, que era una peste y que cuando mi mamá las descuidaba un poco -porque los jardines se montan sobre la áspera vegetación pampeana y sus pastizales- podía volcarlas y dejarlas con un ademán ceniciento y triste.
Algunas de esas plantas mantienen su ciclo de vida de mis ensoñaciones.

En una serie literaria (que no voy a mencionar por pudor) hay una reflexión sobre el cambio que el progreso (para bien, para mal) vuelca sobre la vivencia y que acompaña o no a la experiencia. Ojalá pueda hacer experiencia de esta lejanía que, repito, está tan cerca. La muerte y sus soldados, por supuesto, están haciendo lo suyo. Pero también la misteriosa vida toca con sus maravillas esos lugares.

Al lado de mi casa había un enorme álamo de hojas plateadas. ¡El sonido del aire entre las hojas de un álamo es tan precioso! No sé qué pájaro podría hacer nido en un árbol que acompaña al aire en cada movimiento ("De los álamos vengo, madre..."). Aquel árbol no paraba de crecer y de extender sus poderosas raíces por todas partes. En mi casa había ("hay", en verdad, ahora recuperada para el nieto) una pequeña pileta que disfruté muchos veranos agobiantes. Mi hermana, mi hermano, mis amigos y amigas y los suyos, y yo crecimos y dejamos de usar la pileta. El terco álamo siguió creciendo, y sus raíces llegaron al agua de la pileta donde nadábamos como niños.
Para evitar que el árbol terminara partiendo al medio la vieja pileta, mi papá -que es el progreso- decidió que era tiempo de talar al árbol. Pero con cada talada, el álamo volvía a crecer. Finalmente, lograron derribarlo. Un tiempo después, en el diámetro de las raíces (varios metros), por aquí por allá crecieron pequeños álamos que buscaban recuperar el lugar perdido.

Cada vez que vuelvo a Adrogué me encuentro con algún camino de hormigas carnívoras, un álamo bastante joven que hay en la nueva casa vecina (sé de dónde salió su raíz), una pared que se mantiene en donde viven multitudes de arañas; y la misteriosa cuerda que me une a ese lugar, que cada vez sabe menos de mí, que me olvidará finalmente; cuya melodía me arrebata, y en esa mezcla me ofrece una voz donde desintegrarme. Eso que ocurre en la forma de cierta música, que sostiene una lejanía palpitante. En el peligro de los lazos, en las zozobras de la familiaridad y lo que acontecerá, crece lo que nos salva: las armonías y las disonancias que nos conocen, aunque las hayamos olvidado. Es su silencio el que nos conmueve. Olvidaremos cuando nos olvide ese ritmo; es mejor que así sea.

¿Qué sentimiento habrá que la música no pueda elevar o aquietar?

3 comentarios:

C.E dijo...

Bello. Me pone en palabras experiencia similar de volver a casa de mis padres en el interior. Y del pino que van a talar este año, ¿crecerán otros?

diego dijo...

Gracias, Cecilia.
El árbol busca al árbol. El bosque es una masa que, finalmente, se encontrará; todos los árboles volverán por lo suyo. Y será lejos de casa.

C.E dijo...

Qué bueno, mejor así entonces. Feliz año