4.10.10

Un concierto monográfico (rapsodia)


La violinista que el sábado interpretó dos obras cargaba a la salida del concierto ("Panoramas: nuevos músicos y sus maestros") un ramo de flores -algo marchitas, casi tan alto como ella- e iba perdiendo la belleza musical, hecha de tensión, rigurosidad de examen, afinación difícil, y entregaba sus rasgos a la rubia linda pero algo anodina que era.
El altísimo flautista -un verdadero modelo de norteneidad- miraba severamente a todos, hasta a quienes se acercaban a felicitarlo, quizás debido a su estilo de nadador campeón del mundo, agachaban lastimosamente la cabeza (uno, como público, debería saber que el músico de cámara es un ser muy sensible y que su sensibilidad ha afectado otros nervios motores como la modestia o la sociabilidad, el no vestir de negro, etc.) en el saludo.

Hace unos minutos, ellos y un par de jóvenes músicos más ("Ad libitum Ensamble", se hacían llamar) habían interpretado 4 obras de Antonio Tauriello, un compositor de música contemporánea argentino. No me interesa discutir lo que los últimos tres adjetivos suponen, presuponen, dicen y no dicen.
Ayer era un día precioso y tuve la suerte de poder ir a ver/escuchar: ambas cosas, porque ver y escuchar debería ser lo mismo en un concierto. La secularización musical estuvo acorde a su espiritualización romántica, y así se perdió una bella experiencia, que no sólo es posible en el teatro de ópera, ver y escuchar.
La sala oscura mahleriana es una de las posibilidades pero ¡también es parte de la belleza musical la elasticidad de las intérpretes, la severidad de sus músculos, el intento desesperado de permanecer apenas vibrante (¡cómo se mueve un cuerpo tenso!) y alerta al código de la partitura para liberar lo que esa escritura, en última instancia, es: sensualidad, sonido!

El concierto comenzó con una pieza musical (Memoria, de 1958) que se compone de acordes largos en movimiento breves, tensados en los pedales del piano y las resonancias, muy bella; siguió una obra para piano preparado y flauta traversa (Diferencias, de 1969) que explora (¿o exploraba?, ¿cuándo se detiene la escucha?) la apertura de los instrumentos: en este tipo de obras, herederas de la modernidad norteamericana y su máximo profeta (aquel que habla del tiempo porvenir): John Cage, el silencio es como, digamos, una aparición. Ante los pianísimos o las cuerdas pulsadas o la flauta sonando abierta, el silencio toma su lugar. No sé qué es el silencio, apenas conozco su contorno, que en la gran ciudad es un fondo de turbulencias (automóviles, colectivos, motores, con suerte pajaritos) y que en el coqueto espacio de la Biblioteca Nacional era conversaciones en el hall, y un detrás de las paredes muy sutil. Una potestad curiosa es el silencio, nunca viene sola. La exploración "percusiva" de la flauta y el piano dio paso a una obra para violín y piano (Cuatro piezas d'après Alban Berg) inspirada en la música de Alban Berg -que es como decir la poética más snob jamás imaginada-. Fue dramática, lírica y patética. Fragmentos de romanticisimo, melodías y armonías quebradas, temas que no se desarrollaban o lo hacían en una suerte de transfiguración (las notas parecían desplazarse, apenas, para esfumarse en un contorno definido), melodías dodecafónicas, pero a la Berg: con poesía (amanerada y un poco kitsch, como debe ser si se trata del gran maestro vienés).
La última obra tenía un título decididamente programático: "Al menor ruido los pájaros se callan" (1986). Lo he dicho: me asombra cómo mucha música inspirada en los avatares (en las máscaras) del academicismo -esto es la senda órfica y hermética de la "música pura"- vuelve (en el caso de los músicos argentinas es una tradición: buscan su Martín Fierro) a la palabra, a la palabra poética. No creo que se trate de logos, sino que en la exploración de los sonidos hay un momento en donde es necesario, no conceptualizar (la música pura es sólo conceptualización y matemática), sino poetizar: "meridionalizar", diría. La música es severa, es cierto. Posee alguna verdad que ha recibido diversos nombres: diabolo, voluntad, Dionisio, fuga. Pero reclama una imagen, aun los ejercicios ascéticos del "Clave bien temperado", madre de todas las afinaciones.
Las derivadas son belleza y verdad, la poesía belleza y felicidad.

La última pieza ( "Al menor ruido..."), entonces, era para piano, contrabajo y cinta. La cinta es una grabación (no sé en qué condiciones en este caso) que le daba un marco sonoro a los tres instrumetos acústicos, que iban del pizzicato a la melodía, y una envolvente armónica: magia corporal. Le debo a este tipo de obras una plegaria. A los músicxs que
la interpretaron, agradecerles el estudio, la constancia para dotar al aire de la suficiente movilidad para escuchar (tal vez por última vez) estas vibraciones.
Durante la interpretación de la obra, Antonio Tauriello, un hombre mayor, gemía o intentaba dirigir el sonido. Una sala de conciertos, el auditorio de la Biblioteca Nacional, es una cueva, un espacio donde todo, potencialmente, hace resonancia. Fue un momento conmovedor. Jóvenes intentando someterse a la disciplina de la belleza ante la voz (¿la escucharían?) que, en concordancia con la cinta, envolvía la música y la fechaba. Hoy.

Conciertos Monográficos. Panoramas: Nuevos músicos y sus maestros.
Antonio Tauriello
Ad libitum Ensamble
Guillermo Irusta (flauta),
Elena Buchbinder (violín),
Marisa Hurtado (contrabajo),
Alejandro Labastía y Tomás Nine (piano).

¡GRACIAS!

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