27.9.10

Fantasías animadas (Merrie Melodies)



Hay un desfasaje entre las imágenes y la música. Hablo de las imágenes pop y la música "clásica" (particularmente) y popular.
Por ejemplo, la tapa de este simple de Los campesinos!. La foto me parece lindísima, medio "voyeur", es muy linda. Parece tocar un instante, un fragmento de las millones de cámares web que están en el mundo. Aprovecha el brillo intrascendente de la siempre turbia luz de la imagen web. La banda... bueno, la música que tocan no me gusta mucho. Es efectiva, pero no llega a conmoverme.
Hace tiempo que pienso en estas cosas. Uno podría preguntarse por la poesía y la imagen de su comercialización. Pero como la poesía es música antes de la música, puede asociarse el devaneo. Sería interesante pensar en la representación de la poesía, o los poetas (las heráldicas de los minnesinger a las fotos de Ezra Pound, o los beatniks). En fin.
Me encantan las tapas de algunos discos de los años '70/ '80, especialmente los que combinan colores planos con cierta tipografía. Pero desde los '90, ¡por Bizancio!, las tapas fueron poniéndose cada vez más horribles.
Algo en la ópera es irremediablemente kitsch, bizarro. No sé qué pensar. A veces, veo las puestas de óperas (sean las que sean: antiguas, contemporáneas, argentinas, chinas, barrocas, etc.) y me quiero morir.
Podemos ver un cuadro del siglo XV y conmovernos, hasta, tal vez no sé, comprender ciertas líneas de sentido que a la vista se presentan entre los colores, la densidad, la perspectiva (o la asucencia), etc., etc. Muchas veces, los discos vienen ilustrados con cuadros, fragmentos, pinturas de la época en que la obra fue escrita, y todo bien: Brahms con imponentes y sobrios atardeceres protestantes, arcadias para Debussy, iconografía para los rusos... Está bien. Esas portadas son (como dicen acá: "protocolos para la escucha"; además, hay una linda serie de tapas de discos, con una china en calzoncillos y alas de ángel, preciosa...). La explosión de los reproductores digitales estaría, dicen, alterando esta relación. Durante unos veinte años, ¿cómo podría escucharse un disco sin asociarlo a cierta semántica que el arte de tapa ofrecía? El colmo de esa manera de comercializar (también de distribuir) la música llega a las superestrellas pop (Lady Gaga como última frontera, pero también un esperpento que se llama, creo, Tokio Hotel): pensemos que la etiqueta música (y puesta en escena) puede ir de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny a La asesina de Lady Di.
Con la música hay un problema de densidad, intensidad, espesor... poca gente estaría dispuesta a detenerse a escuchar una obra de -qué sé yo, Gesualdo o algo de polifonía renacentista: Hace poco tuve una charla de los más sorda con un joven intérprete de este tipo de música. Daba por sentado que la mayoría del mundo es insensible a las bellezas de esa música que él interpreta y adoptaba un tono condescendiente muy irritante. Podemos ver un cuadro tenebrista y (andanzas del catolicismo) conmovernos por la expresividad de las imágenes, hasta por la simbología, o preguntarnos por asuntos más materiales como qué tipo de pintura o técnica consiguió un rojo tan sanguíneo). Pero un motete, colmado de leves disonancias, armonizado con las oscuras y terribles posibilidades de la voz humana, es despedido muchas veces con un lacónico: "Ah, no, yo de música no sé nada".
Tal vez haya habido un momento de la historia en el que el fantasma coincidió con la imaginación y la música y las imágenes pudieron lograr cierta articulación. Hoy todas las puestas musicales suceden en el límite de la autoparodia o, directamente, la sátira inconsciente. Parecen Tinelli...

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